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viernes, 06 de junio de 2014cermi.es semanal Nº 126

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Cuarto de invitados

Gabriel Albiac, filósofo y escritor

“No se puede escribir más que en el desarraigo absoluto”

Por Esther Peñas

02/06/2014

Imágenes: Jorge Villa

Dos adjetivos le definen en esencia: materialista y heterodoxo. A partir de ellos, ustedes mismos juzguen. Él se califica como un ‘comunista muerto’, lo cual ya es decir aún más. Próximo a Althusser, Foucault y Negri, comulga con el movimiento de antiglobalizacion y defiende la legitimidad del Estado de Israel tanto como su política defensiva. Gabriel Albiac (Valencia, 1950) es colaborador habitual de los medios de comunicación, además de catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense. A su Premio Nacional de Ensayo se añaden el González Ruano de Periodismo y el Samuel Hadás, entre otros. Ahora se acaba de reeditar, veinticinco años después, su gran obra, ‘La sinagoga vacía’ (Tecnos), una aproximación minuciosa y pulcra a la figura de un filósofo que trastocó el orden de las cosas, Baruch de Espinosa.

Gabriel Albiac, filósofo y escritorEn 2013 ocurrieron dos hechos literarios asombrosos. Uno, que ‘Biografía del silencio’, una reflexión de un sacerdote católico, Pablo d’Ors, se encaramase en la lista de los libros más vendidos. Dos, la reedición de ‘La sinagoga vacía’, veinticinco años después. ¿Algo está cambiando en la pauta de lectura de los españoles?
 
No podría responder a eso… para mí ha sido una sorpresa la buena acogida del libro, que ya la tuvo en 1987, aunque entonces estuvo limitada al ámbito del mundo académico, a pesar del Premio Nacional de Ensayo. Sí, fue una sorpresa el deseo de reeditarlo por parte de Tecnos; se hizo una edición francesa en 1992, actualizada en parte, pero no me hacía idea de que más allá del uso de bibliotecas hubiera un factor de atracción hacia el libro. Me ha sorprendido lo que ha sucedido después, que se haya vendido extraordinariamente bien, que se agotase en un par de meses la primera tirada, porque se trata de un libro que no es fácil, no es un libro cómodo, es una obra muy técnica, muy erudita, con muchísimos años de trabajo detrás. Esta nueva edición actualiza muchísimo la de 1987, porque ‘La sinagoga vacía’ abrió ese campo de investigación en que, a partir de entonces, ha habido una gran cantidad de aportaciones, tanto en Europa como en Estados Unidos. 
 
Veinticinco años después, ¿uno se reconoce más en lo que dijo, en cómo lo dijo o se siente un extranjero de sí mismo ante el texto?
 
Lo más saludable es verte como otro; eso a lo que llamamos identidad es una fortísima ficción que nos es imprescindible para ir tirando, de lo contrario nos volveríamos locos, pero hacia la que debemos proyectar siempre una grandísima sospecha. Hay que saber que de aquel que fuimos somos en buena parte deudores, pero no lo somos ya. El hombre que empezó a escribir ‘La sinagoga vacía’ tenía 29 años; hoy voy a cumplir 64. Sería un perfecto imbécil si me enfrentase a esto como lo que yo soy. ‘La sinagoga vacía’ es para mí el rastro de lo que fue el origen de mi vida madura, en buena parte cada vez tengo la impresión de que mi vida es ese libro, al que he dedicado muchísimos años, más allá de los años específicamente dedicados a él, significa el mundo que se abría con él, el mundo de los raros del XVII, de las heterodoxias, que es lo único que me interesa seriamente.
 
Es decir, que “uno se enfrenta a su juventud en vano”. ¿De qué cura la edad?
 
De nada. La edad mata. De lo que se trata es de que uno se haya matado dignamente…
 
Déjeme citar parte del ‘herem’, la condena pública que recibió Espinosa: “Con la intención de los ángeles y la palabra de los santos, excluimos, expulsamos, maldecimos y execramos a Baruch de Espinosa…” Vive Dios que si la maldición está acorde con la herejía, ésta debió de ser supina…
 
Esa es la fórmula del ‘herem’, liturgizada, no es cualquier ‘herem’, sino la formulación más alta. ‘Herem’ se traduce como ‘excomunión’, pero es otra cosa distinta, es el mecanismo litúrgico de exclusión de un miembro de la comunidad judía. La fórmula es extremadamente dura, al igual que las consecuencias, no se trata solo de retórica. Una vez que sobre alguien ha caído este ‘herem’ se produce una aniquilación del sujeto, deja de existir. La fórmula final, “que Dios lo borre de su libro”, es literal. Para un judío holandés del XVII, supone la separación completa de su familia, amigos, de su medio; todos recibían la prohibición de permanecer en un mismo espacio con él, de hablar con él… es borrado por completo, con todas las consecuencias materiales. Afortunadamente, Espinoza es un personaje de segunda generación, ha nacido en Amsterdam y tiene una vida holandesa. Su lengua de origen ha sido simultáneamente el hispanoportugués de su familia y el neerlandés en la ciudad en la que vive, y ha desarrollado su vida comercial. La expulsión implica abandonar los negocios familiares, a lo que se ha dedicado hasta ese momento, y la pérdida de los medios afectivos. Espinosa era un personaje muy duro, muy fuerte, y lo que hace es cambiar completamente de vida, comienza a vivir de su habilitad de tallador de lentes ópticas. Termina instalándose finalmente en La Haya. 
 
Pero ¿qué mueve a una condena tan rotunda y despiadada? 
 
La comunidad judía tenía sus problemas, se había instalado en Ámsterdam desde final del siglo XVI, había sido legalizada rápidamente porque Ámsterdam era el paraíso en materia de libertad religiosa, eso no existía en ningún otro lugar del mundo, una sociedad que se asienta sobre el principio de la completa tolerancia a toda corriente de religión que no excluya a otras corrientes. Cuando los judíos españoles llegan allí, inicialmente no se lo creen, piensan que es una leyenda y que más vale ser discretos; son legalizados por accidente, porque las autoridades de Ámsterdam acaban sospechando que lo que hay en esa comunidad son agentes del rey de España, así que la fuerza armada irrumpe cuando celebran el Yom Kipur, la festividad del perdón, buscando crucifijos y se encuentran a un rabino con los rollos de la Torá. Se dan cuenta entonces de que son judíos, no espías, ¿y qué le dice el oficial al rabino? “Rueguen ustedes a su dios por mi”. Eso hace que la comunidad se instale de manera natural, que participe en la ciudad, en su economía, y que respeten las normas del juego. Una de las normas era evitar a los ateos y epicúreos, que por aquel entonces eran sinónimos. No olvidemos que el siglo XVI había sido el gran siglo lucreciano y de su gran obra ‘De rerum natura’ (‘Sobre la naturaleza de las cosas’). La comunidad ha tenido un primer problema con un miembro cercano al epicureismo, Uriel da Costa, y el resultado del asunto fue catastrófico para la comunidad, no sólo porque Uriel se suicida, sino porque deja un texto dramático que a todo el mundo ha preocupado. En 1656 se trata de evitar que Espinosa y Juan de Prado, los dos personajes arquetipo de la incredulidad dentro de la comunidad, puedan generar conflictos de orden administrativo. Hay un documento precioso, las declaraciones de un fraile y un militar español, Fray Tomás Solano y Robles y el capitán Maltranilla, al volver de Ámsterdam a Madrid, donde denuncian a la Inquisición a esos dos judíos, los más raros de todos, esos dos, que eran judíos de nacimiento pero que habían abandonado su creencia y que no creían en nada, y que hablaban de dios por modo filosofal. Ésa es la clave. Hablar de dios solo por modo filosofal en el XVII en Ámsterdam no suponía más que la condena y la separación de la comunidad; en cualquier otro punto de Europa hubiera supuesto la hoguera.
 
¿Ha sentido usted, en alguna ocasión, algo parecido al ‘herem’?
 
El ‘herem’, en el límite, es una bendición, sin el ‘herem’ Espinosa no hubiera podido dedicarse con libertad a la elaboración de su obra; sin el ‘herem’ Espinosa hubiera tenido que dedicarse al negocio familiar; sin el ‘herem’ Espinosa tal vez se hubiera planteado no haber creado esos disgustos a su familia o a sus amigos. El ‘herem’ como arquetipo, la exclusión si quieres, es la condición del escritor, no se puede escribir más que en el desarraigo absoluto. Quien pretenda escribir en el arraigo, como algún imbécil ha escrito, para que le quieran, mejor que se dedique a otra cosa. 
 
¿Los españoles, acaso el ser humano, nos perdemos siempre en cuestiones bizantinas, como la grafía del filósofo, y perdemos fuelle cuando llega lo importante?Gabriel Albiac, filósofo y escritor
 
Jajaja… lo de la grafía tiene su relevancia en el siglo XVII, porque no hay una ortografía fijada en castellano hasta el Primer Diccionario de Autoridades (por cierto, un diccionario maravilloso, el mejor que se ha hecho, siempre lo utilizo). Hasta el XVIII no hay fijación ortográfica con Espinosa. En los manuscritos encuentras todas las ortografías posibles: Spinoza, Espinoza, Espinoça… pasa con todo el mundo. ¿Por qué finalmente queda fijada Spinoza? Porque es la ortografía que utilizan los primeros editores holandeses. La edición de la obra de Espinosa es póstuma, la efectúan  sus amigos muy poco después de su muerte, y el que utiliza es el criterio latinizante. La primera edición ni siquiera lleva nombre, sólo las siglas BDS. Pero no es relevante. He utilizado ‘Espinosa’ porque en los manuscritos, que es lo que manejo, es la forma más habitual. Pero las ediciones canónicas prefieren la grafía latina. 
 
Pienso en ese personaje fascinante que aparece en el libro, Sabataní Zeví, que se convierte al Islam, conculcando todas las costumbres adquiridas. ¿Cómo sabe un cuándo merece la pena y ha de traspasar eso que los modernos denominan líneas rojas, cómo saber que es el momento de saltarse una norma, una ley?
 
Ah…la lección de Espinosa es que las normas las cruza siempre la razón ateniéndose al único criterio de la analítica de la multiplicidad de determinaciones. Y que en eso no hay ni miedo, ni esperanza, ni búsqueda alguna de finalidad. Zeví es el planteamiento contrario, por eso ese estallido y Apocalipsis que acaba en escena risible en su historia trágica y que es, de algún modo, un prolegómeno; después del punto de locura al cual ha llevado el mesianismo Zeví, lo que se impone es una crítica estricta, rigurosa, fría, absoluta del finalismo. Romper con toda tentación de Teleología. Sintetizando, Zeví es el último gran avatar mesiánico; hablamos del año 1666, año que está marcado en el mundo europeo por las tentaciones apocalípticas, por la reaparición del 666, número de la bestia. Zeví se proclama mesías en Esmirna, de un modo extraño, ligado a la tradición gnóstica y al llevar al límite un pensamiento de carácter paradójico. Zeví, el mesías, debe violar todas las normas para que haya hecho el recorrido completo de los pecados de los hombres y pueda entrar y centrarse en el mundo de la salvación. 
 
Pero Espinosa quiebra la Teleología …
 
En efecto. Al inicio del Apéndice de la Parte Primera la ‘Ética’, Espinosa dice algo muy elemental en lo que cabe todo su planteamiento metodológico: “que todos, todos los prejuicios que distorsionan el pensamiento de los hombres, todos, proceden de uno solo, la suposición de que las cosas tienen finalidad”. Es la clave de su pensamiento, la demolición definitiva del sustrato teórico del concepto de finalidad. Hoy lo vemos con cierta facilidad, pero lo que caracteriza el pensamiento de los últimos siglos es la reflexión acerca de las distorsiones y monstruosidades que proyecta sobre la realidad, y en particular sobre la historia, el suponer que las cosas tienen finalidades, que las cosas tienen sentido. Cuando Espinosa plantea eso, el principio asentado por Aristóteles en el libro segundo de la ‘Física’, conforme al cual la causa final rige la dinámica del conjunto de las causas, es una verdad incuestionable. Que de pronto alguien diga no sólo que eso no se sostiene sino que esa es la base de todos los engaños humanos  supone dar el trastueque completo a la historia del pensamiento. Cuando yo hablo del materialismo espinosiano me refiero a eso, porque el término materialismo puede ser ambiguo en su uso. La idea de un sistema de pensar que construya la descripción de lo real en términos de redes determinativas múltiples sin finalidades es un acontecimiento de tal novedad... y Espinosa de eso es consciente, por eso cuida tanto definir cada término que usa. Y por eso es tan cauto en preservarlo, por eso no publica la ‘Ética’ en vida. Leibniz quiere publicarlo, al igual que algunos de sus amigos, pero Espinosa rechaza la idea. Plantear que no hay finalidades en el orden y que el hombre es una cosa entre las cosas y debe ser concebido en los mismos términos de determinación causal en que se describe la existencia de cada cosa es un planteamiento de consecuencias feroces…
Gabriel Albiac, filósofo y escritor
¿Es extraño que España, un país oficialmente católico, sienta esa animadversión hacia lo judío?
 
El antisemitismo o la judeofobia española es muy distinto al del resto de Europa, porque el antisemitismo español se produce in absentia. A diferencia de lo que sucede en Europa, lo judío desaparece en 1492, y desaparece interiorizándose, lo cual genera una presencia que es materialmente inexistente y fantasmáticamente obsesiva, porque si lo judío desaparece puede estar en todas partes. La búsqueda de la pureza de la sangre ha sido una maldición que se ha comido dos siglos, la obsesión por la identidad en el pensamiento español, a día de hoy vigente, sólo se puede producir en la cabeza de un pueblo que teme ser de aquellos a los que ha excluido como demoníacos. La paradoja ahí es espantosa y al tiempo rentable. Lo explicaré de un modo muy bestia. En ‘Los verdugos voluntarios de Hitler’, Goldhagen explica el exterminio judío en pequeñas localidades, antes de los campos de concentración y de los grandes desplazamientos, las pequeñas matanzas locales. Los alemanes que las practicaron se quejaban de que, al matar judíos, les salpicaba la sangre y, a veces, si disparaban mal, las esquirlas de los huesos que saltaban se les clavaban. El antisemitismo español es rentable porque no tiene coste; durante tres siglos lo judío ha operado como un fantasma de lo diabólico cuya sangre no salpicaba y no había peligro de que las esquirlas de hueso se nos clavasen, pero explicaba cualquier acontecimiento espantoso que sucediese. Lo judío está detrás de todo lo horrible. Ahí tienes el ejemplo de clérigos, como el padre Torrejoncillo, que, como no los tenía delante, afirmaba que los judíos tenían rabo y menstruaban como castigo por haber vertido la sangre de Cristo.
 
¿Cómo podía creer nadie eso?
 
¿Por qué no? La especie humana se ha creído tantas cosas… Haz un repaso de lo que toda Europa se ha creído, por ejemplo ‘Los protocolos de los sabios de Sión’, disparate más grande que ese… 
 
Seguro que en el Parnaso sí, pero me da la sensación de que Espinosa no ha calado en España, un país que parece dedicarle cierto desafecto, pese a las raíces españolas del filósofo…
 
No solo raíces, su biblioteca está llena de libros españoles, nos es conocida porque tenemos el acta notarial a su muerte de las propiedades que posee, muy pocas, pero cuenta con una bibliotequita, para lo que son las bibliotecas personales, muy interesante, en la que prima en literatura española, sobre todo Cervantes, Lope, Quevedo y Góngora. Espinosa durante dos siglos ha sido un autor raro, rarísimo, todos los grandes a su muerte dan vueltas entorno a él como una monstruosidad. Pierre Weil en su diccionario hace referencias continuas a Espinosa y forja ese arquetipo del ateo honorable, del ateo de sistema, que reaparece en el XVIII y el que forja la idea de lo impensable. El de Espinosa es un sistema de una coherencia extrema pero absolutamente impensable, lo cual es una gran paradoja. Todos dan vueltas sobre eso, Malebranche y Lamy pretende hacer una refutación de Espinosa, y cuando empiezan a hacerla se dan cuenta de que no hay manera de refutarlo. Así que el XVIII vive con extraña obsesión de que algo clave se ha producido en ese libro tan raro que es la ‘Ética’ pero no hay manera de entenderlo. Dalembert lo dice: en realidad todo lo importante está en la ‘Ética’ de Espinosa, el problema es que no hay manera de leerlo. Con extraordinario esfuerzo, el XVIII logra leer la parte primera de la ‘Ética’ y asienta la convicción equívoca y falsa de que la ‘Ética’ es una Teología. Un autor de cierto nivel no es idiota, si la llama ‘Ética’ es que es una ‘Ética’, no una teología.
 
Pero eso, en el XVII, supone no sé si un abismo, pero desde luego un cambio de paradigma…
 
Por supuesto. No es que la parte primera de la ‘Ética’ dé una visión extraña de dios, no. Entender la ‘Ética’ es darse cuenta de que la parte primera no habla de dios, habla de la teoría de las causas, es una Etiología. Una causalidad múltiple, en red, que rompe con la tradición anterior, porque rompe con la secuencia lineal de las causas, porque incorpora lo que la física galileica había puesto en movimiento, es decir, la causalidad como composición múltiple de vectores con movimiento de fuerza y que, con ello, evacua para siempre en el ámbito del pensamiento teórico la idea de sentido, de finalidad. Una vez esa ruptura, entendido lo concreto en términos de composición de fuerza y que no hay sentido final de las cosas, es cuando puedes pasar a analizar cómo se componen las fuerzas que articulan la cosa a la cual llamamos hombre y cuál es el modo en que la imaginación humana trastueca en valores lo que no son más que composiciones de conatos de fuerza que, al desdoblarse en imagen, construyen la esfera del deseo determinativa del comportamiento humano. Esa cosa terrible que formulará Espinosa, terrible para los lectores, de “miren, no queremos, anhelamos o deseamos algo porque sea bueno, lo llamamos bueno porque lo queremos, anhelamos, deseamos”. Durante dos siglos no ha habido manera de entender eso. Fichte, en 1792, para condenar a Espinosa pone el dedo en lo importante, y sabe que lo que se estaba jugando era una concepción materialista de la subjetividad, eso es la ‘Ética’, una teoría de la libertad como necesidad absoluta, que excluye la posibilidad ni siquiera de utilizar la expresión ‘voluntad libre’, contradicción de términos, porque si es voluntad es libre, voluntad significa volición, querencia, y por tanto está determinada por otra cosa, y por lo tanto no es libre. Pero si hablamos de libertad solo podemos hablar de una necesidad autocompositiva, es decir, un infinito en el cual nada puede ser querido. A partir del último decenio del XVIII, Fichte primero, luego Hegel y Shelling, éste sobre todo, chocan con el muro. Shelling lo plantea siendo muy joven, en ‘Cartas sobre el dogmatismo y el criticismo’: o no sujeto y objeto absoluto, o no objeto y sujeto absoluto. La primera opción es lo defendía el materialismo, y la segunda es el gran proyecto que habría programáticamente puesto en funcionamiento Fichte. En Shelling es interesante ver cómo acaba en el ‘Tratado de la esencia de la libertad humana’, escrito con menos de treinta años, que se cierra sobre la constatación de un fracaso. Miren, no hay más alternativa racional que el espinosismo, y si queremos superarlo tenemos que salir de eso, porque si no, se acabó. Tenemos, dice Shelling, que saltar hacia algo que no esté en el ámbito de la pura racionalidad, y ese es el momento en el Shelling inicia el gran movimiento del romanticismo alemán a la mística. Hacia la mística especulativa, con consecuencias trágicas para el idealismo alemán, porque la proyección realmente de la mística en el ámbito de la filosofía no es controlable. En cuanto al rechazo o desafecto español hacia Espinosa, es más bien ausencia. El nacimiento del interés hacia Espinosa en España está ligado a la gran renovación de los estudios europeos de los años sesenta del XX. Gabriel Albiac, filósofo y escritor
 
De ahí la dedicatoria de su libro al filósofo francés Louis Althusser…
 
La dedicatoria de mi libro está ligada a eso, así es. Todos los que nos hemos dedicado a Espinosa provenimos del ámbito de la izquierda maoísta de los años 60. Me formé con Althusser, quien dirigía mi trabajo de tesis en esos años sobre ‘El capital’, de Marx. Althusser, no sé hasta qué punto con plena consciencia de lo que estaba pasando, percibió muy pronto que la maldición a la que podía verse abocado el pensamiento marxista radical entorno al 68, y sobre todo post-68, era retrotraerse a una visión finalística de la historia, volver a convocar los tópicos de la culminación de los tiempos, confundir aquel concepto tan confuso de revolución y hacerlo revertir hacia una especie de religión de suplencia, sabiendo que las religiones de suplencia acarrean catástrofes. A la vista las consecuencia trágicas que había tenido el stalinismo, todo su esfuerzo de Althusser fue derivarnos hacia la lectura de Espinosa, para meternos en la cabeza que solo podríamos ser materialistas cuando arrancásemos de nuestra imaginación la menor tentación de finalidad. Esa  es la gran deuda que tenemos con Althusser. Con independencia de nuestras trayectorias, sería de imbéciles no ser consciente de lo que le debemos. 
 
Por utilizar una frase suya referida al Mayo del 68. ¿Cómo evitar que las ruinas no sean solo ruinas?
 
Cuando uno pasea por Delfos o por Olimpia, lo que tiene delante son ruinas. Puede enfrentarse a ellas de dos modos, despreciándolas, ignorándolas, o puede saber que todo lo que de valioso, de bello, de rememorable queda en nosotros, en nuestra memoria están esas ruinas, y saber que el deber de conocimiento y belleza hacia esas ruinas es absoluto. Mi recuerdo del 68 es conmovedor. Supuso el fin de una época. Hay que saber también cuándo una época acaba, y uno tiene que saber cuándo uno muere, aunque siga andando, saber que en la épica que nos mató hay un esencial componente de inteligencia y belleza. Una de mis novelas empieza con esa fórmula: “No fue nuestra estupidez, siendo muy grande, la que nos perdió, fue nuestra inteligencia”… Es necesario saber que esa generación se perdió, pero que lo que nos perdió fue el habernos empeñado en no ser totalmente imbéciles, y por lo tanto tiene que enfrentarse uno a esa aniquilación como un privilegio. Si lo sabes, si no lo sabes, estás jodido. 
 
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