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CERMI.ES semanal el periódico de la discapacidad.

viernes, 15 de marzo de 2019cermi.es semanal Nº 338

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"3,8 millones de personas con discapacidad,
más de 8.000 asociaciones luchando por sus derechos"

Opinión

Si no hablamos de reformar el sistema educativo, ¿entonces de qué hablamos?

Mateo San Segundo. Presidente de Down España

15/03/2019

El avance legal que significó el reconocimiento del derecho a una educación de carácter inclusivo para todas las personas se queda en retórica vacía si las reacciones a un cambio profundo del sistema educativo se imponen. Luchar por los derechos de las personas con discapacidad implica enfrentarse al reto de mejorar nuestra sociedad, no de limitarse a gestionarla para quedarse igual. Las organizaciones de discapacidad tendrán que plantearse qué papel social cumplen si se ausentan de las obligaciones que conlleva el cumplimiento de la Convención de Derechos (Humanos) de Personas con Discapacidad (CDPD).

Mateo San Segundo. Presidente de Down España.No es casual que haya sido el debate sobre la aplicación de la CDPD al ámbito educativo el que haya generado una mayor controversia y resistencia a su puesta en marcha. La educación y su sistema pasan por todos nosotros, afectan a nuestros hijos e hijas, impulsan nuestras convicciones y conllevan que todos tengamos una opinión sobre ello. Es difícil encontrar algo tan profundo y tan transversal que nos afecte a todos por igual y por tanto tiempo.
 
Sin embargo, se ha planteado como un debate de conflicto que algunas instituciones y familias han querido orientar hacia el mantenimiento sin mejoras de un sistema escolar muy consolidado que, de facto, deja a muchas personas con discapacidad en situación de debilidad y de desatención educativa, y que facilita la inacción y la falta de compromiso con la discapacidad de la gran mayoría de colegios y de educadores en nuestro país. Evidentemente, siempre será más fácil, simple y obvio generar soluciones que separen “a las personas difíciles y complicadas” de la sociedad, y siempre habrá defensores que bendigan las ventajas de un sistema educativo que atienda de forma especializada y separada a las personas que se salen de la norma general. El que la escuela sea la primera herramienta de socialización (tal vez la segunda si contamos con la TV y los videos de 'youtubers') no debe ser importante para que no deba ejercitarse en igualdad y convivencia…
 
El futuro no está en las inercias al inmovilismo o en la mentalidad regresiva que se deduce de ello. El fondo del debate se centra en si pensamos de verdad que es posible construir una sociedad mejor, que esté dispuesta a asumir retos de cambio de la escuela tal y como la tenemos configurada ahora mismo. No tiene sentido llenarnos la boca y la cabeza de discursos de dignidad, plenitud e inclusión de las personas con discapacidad, si automáticamente decidimos conformarnos con lo que ya tenemos porque la magnitud del reto de transformación (para mejor) de nuestras escuelas nos asusta o nos genera miedo. Todo lo conseguido por el sector de la discapacidad en los últimos 40 años en España no se hizo con un guión trazado de antemano o sin saltos en el vacío o sin correr riesgos. Parece como si el equipaje de lo conseguido en estos años nos haya vuelto excesivamente cobardes o conservadores.
 
El reto es construir una escuela que incluya en su seno a las personas con discapacidad y es un reto de tal magnitud que es normal que haya educadores que duden sobre su capacidad para impulsar una pedagogía inclusiva en sus colegios (aunque hay algunos que ya han optado y demostrado con éxito que es posible), que se apele continuamente a la falta de recursos para ello o que los políticos que administran y crean las leyes educativas tiemblen ante las dificultades y complicaciones que conlleva este compromiso (el liderazgo político no está precisamente hoy en sus horas más altas, visto lo visto). El problema mayor no estriba en el tiempo que nos llevará conseguir una transformación inclusiva, en el dinero que haya que proporcionar de nuestros impuestos para hacerla posible o en la formación de los educadores que deban realizarla. No es así. Realmente el primer asunto clave es el primer paso: ¿queremos hacer ese cambio por la inclusión en nuestro sistema educativo? Porque ahí radica el origen de todo: si uno quiere cambiar algo, es posible que llegue a suceder. Si no se quiere, todo serán facilidades, argumentos o decisiones para que nada se mueva.
 
Las familias y las organizaciones de discapacidad se enfrentan, por mor del debate de la educación inclusiva, a una encrucijada en la que habrá un antes y un después. No es un debate menor y sinceramente, no parece en este momento que la visión más transformadora y renovadora de la discapacidad vaya a salir triunfante. Y no es un debate teórico: son las familias más pobres, las de menos recursos y las de menos formación, las que están más sometidas a una oferta educativa tipo “esto es lo que hay”, sin capacidad de elección, donde se les presiona y deriva fácilmente a un sistema segregado cuando la docencia se hace más difícil y donde la “calidad” de una atención especializada de buen nivel no aparece precisamente. Quizás es en estas familias en quienes debiéramos pensar más a menudo y entender por qué merece la pena abogar por una escuela nueva que crea que es posible “no dejar a nadie detrás” y que luche por hacer real este deseo…. Porque como dijo Tito Livio: “El sol no se ha puesto aún por última vez”. 
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