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viernes, 02 de marzo de 2018cermi.es semanal Nº 292

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Cuarto de invitados

Antonio Carvajal, poeta

“Tenemos una cierta dificultad para contar la alegría en verso”

Por Esther Peñas

02/03/2018

Fue titular de métrica en la Universidad de Granada. Titular de métrica es un oficio (acaso una vocación) casi extinto. Pero sin métrica no hay poema, ni estrofa. Es necesario mantener el compás, del verso y de la vida. Así, Antonio Carvajal (Albolote, Granada, 1943), un feligrés de la poesía barroca, un sofista poético en forma y fondo. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía y el Nacional de la Crítica, entre otros. Creador de una extensa estirpe de títulos, siempre dirige con precisión las bridas de la retórica, huyendo del verso libre.

Antonio Carvajal, poetaPor cierto, ¿por qué está tan feliz de estar jubilado?
 
Porque por fin puedo hacer lo que me apetece y cuando me apetece. He estado toda la vida trabajando, “llorando sin fruto y suspirando en vano”, como decía el poeta; he tenido una conciencia clarísima de que toda mi vida, salvo excepciones, he estado explotado, y ahora con la edad y la jubilación puedo disponer de todo mi tiempo para hacer lo que siempre me ha apetecido, que es absolutamente nada.
 
¿Se ha sentido explotado?
 
No sabe uno por qué, como decía el poeta Paul Valery, nos alimentamos de los otros, y lo mismo que uno se alimenta de los otros, es normal y esperable que los otros se alimenten de uno, pero a veces uno ve cómo determinados poetas utilizan sus versos o incluso sus textos en prosa, incluso los de desarrollo teórico sin citarlo a uno. Una vez que se publica, en la obra literaria hay mucho de pérdida de control sobre la propiedad, y si se escribe es para darse a los demás, no para explotar beneficios económicos, aunque en lo artístico no me he sentido explotado. 
 
En su último poemario, ‘El girasol flotante’, habla de nuevo de la importancia de la amistad. ¿Eso es lo que nos sostiene, los afectos, los vínculos?
 
Los vínculos manteniéndolos con lealtad absoluta nos hacen la vida más agradable, más llevadera en los momentos más difíciles y mucho más plena en los momentos de felicidad. Lo sostengo, pero no en mi último libro, que no es ‘El girasol flotante’, como usted menciona sino ‘El fuego en mi poder’, publicado el pasado año en Hiperión –por cierto, somos colegas de catálogo-.
 
El tono de su poesía, aun siendo comprometida, no pierde la sonrisa en el verso.
 
La primera vez que hablé de que estábamos dominados por la prostitución moral más repugnante lo dije desde la contracubierta de mi segundo libro, ‘Serenata y navaja’, en 1973. Aparecía sonriendo en la foto, la misma que en el anterior, ‘Tigres en el jardín’, así que debo ser de los pocos poetas que se ríe en la contracubierta de un libro. Lo que quería decir con eso es que siendo la situación que denunciaba bastante trágica no había por qué perder la alegría de vivir. Se puede ser muy alegre viviendo y muy consciente también del mundo que nos rodea. Posteriormente, publiqué un libro, sin mucha repercusión, ‘Siesta en el mirador’, de 1979, donde entre otras cosas decía que estábamos inmersos en un mar de hombres como trapos. Y mientras que todo el mundo decía que estaba encantado con la vida yo nunca me encanté porque miraba alrededor y desgraciadamente tenía la lucidez o la conciencia suficiente para darme cuenta de la pesadilla en la que estábamos, me di cuenta de que por un lado iban las palabras y por otros los hechos, y eso es muy malo, esa esquizofrenia social es muy mala y claro, empezamos con una deslealtad y una permisividad de pérdida de valores que nos ha traído a esta situación, donde la espuma de la sociedad no puede ser más sucia. Menos mal que son los españoles muy limpios todavía.
 
Ya entonces hablaba usted de su preocupación por la ‘falta de moral cívica’. Años después, ¿se ha cronificado esa esa inquietud?
 
La gente que asume su responsabilidad en la vida, que tiene un compromiso vital y cumple, que tiene un proyecto de futuro por desgracia no elimina esta jaula de grillos que nos ensordece y nos trae como marionetas de un sitio para otro. Deberíamos no sólo apagar los televisores y las radios sino también apagar los parlamentos y rehacer todo este error continuo que venimos desarrollando desde hace casi cuarenta años. Desde el momento en que la gente se pasa la Constitución por donde le apetece -y que no suelen ser los sitios más limpios- la convivencia se ha roto. ¿A qué estamos jugando? Y cuando hablo de saltarse la Constitución lo hago en todos los sentidos, desde que no se cumplen los mandatos inmediatos de procurar el bienestar social, porque promovemos el bienestar de una elite que vive a costa del sufrimiento del resto de millones de personas, a los otros disparates en los que no entro por no darles publicidad a esa manada de insensatos.
 
Leer poesía, ¿nos hace buenos?
 
¿Qué tipo de poesía se lee? Hay que leer, y leer, y aceptar lo sagrado de un libro, de acuerdo, no hay cosa que me irrite más que la quema de una biblioteca pero, ¿qué libros se leen? Si tuviéramos la certeza de que se va a leer siempre lo mejor, esas lecturas nos haría mejores en todos los sentidos. Siempre he considerado que entender a Góngora mejora la inteligencia y el espíritu humano, que entender a Quevedo mejora la inteligencia y el espíritu humano, lo mismo que leer a Lorca, a Alexandre, a nuestros inmediatos modelos nos hace mejores. Ahora, leer otras cosas, dudo de que nos haga mejores. Estamos hablando de unos poetas ejemplares, pero hay poetas a los que más vale no acercarse y que no pienso ni mencionar. 
 
“Amor mío te ofrezco mi cabeza en un plato: desayuna”. ¿Por qué cosas merece la pena perder la cabeza?
 
Ese poema que cita me surge de la historia de Salomé y el Bautista, cuando le llevan a ella la cabeza en una bandeja de plata. Vale la pena perder la cabeza por mantener uno su integridad, caso del Bautista. No me corte usted la cabeza, yo se la doy. En definitiva, ese poema es la negación de la violencia en la relación de pareja. Habla de entrega, sí. Te ofrezco mi cabeza para que la devores. 
 
¿Cuánto de capricho, de azar, tiene el poema?
 
Mucho. Me acuerdo de que, en la primera visita que hice a Vicente Alexandre, me pidió que le llevara poemas, y le leí unos cuantos. Al terminar de leerle uno de ellos, me preguntó por qué había hecho tal cosa y le respondí que me parecía lógico haberlo hecho. Él me respondió que el poema me estaba llevando por un sitio y yo, por razones lógicas, destruí el poema. “No te ates”, me aconsejó. Mientras que se está escribiendo, por lo menos es mi experiencia, parece que toda la capacidad mental se dirige a un punto y hay palabras que no se me ocurren, porque no son necesarias, todo se focaliza en un punto de atención y, al tiempo, de ese punto de atención emana la fuerza o sugerencia que uno racionalmente nunca hubiera pensado. Yo, que suelo controlar mucho la elaboración del poema, desde ese consejo de Alexandre de que no me atara a prejuicios ni a lógicas, creo que desarrollé mi poesía con más libertad y más verdad.
 
“Vente conmigo a esta caliente fosa/ al hueco en que un arcángel nunca anida”. La poesía ¿gusta más de la sombra que de lo luminoso?
 
Ese poema trata de desarrollar el tema del amor constante más allá de la muerte. En general, y esto también lo he comprobado en una experiencia muy triste, la gente es muy solidaria en el dolor, pero parece que envidia o rechaza la felicidad cuando la ve en los otros. Todo el mundo está dispuesto a responder, casi todo el mundo, ante la desgracia, hay un resorte que nos empuja hacia los otros cuando los vemos en una situación de apuro o sufrimiento; sin embargo, la sensación de placer, de gozo, de bienestar, parece que provoca recelo. Me acuerdo de aquellos años terribles de mi infancia y juventud cuando aquella moral terrible de época hacia que si una pareja se estaba besando en la calle alguien se pusiera a vociferar que era un asco, pero si alguien se ponía a llorar todo el mundo corría solícito con un pañuelo. También es cierto que la gente se cree que los poemas se hacen fundamentalmente con sentimiento en vez de con palabras, y las palabras son vehículos de ideas; los sentimientos más fácilmente visibles son los negativos. Es cierto, tenemos una cierta dificultad para contar la alegría en verso.
 
“Deshojar un recuerdo se convierte en un trabajo lleno de rocío”. ¿Hay más melancolía o deseo cuando uno escribe?
 
Cuando uno escribe, como decía el poeta Diego Jesús Jiménez, lo único que se está experimentando no son las palabras sino que se experimenta el poema; lo otro depende de muchas variables, y esto que usted me pregunta es algo muy difícil, porque no conozco a nadie, empezando por mí mismo, que sea capaz de reconstruir la situación en la que escribe un poema. Lo que he comprobado es que cuando las cosas se dicen bien, las cosas parecen más verdaderas. Así que el control de la palabra, el control artístico, es lo que hace que un poema parezca más verdad que otro. 
 
El endecasílabo entronizado por Garcilaso, ¿es el verso canónico por excelencia?
 
No, hay versos maravillosos de todo tipo, lo que pasa es que para entender el fenómeno del endecasílabo hay que ver el funcionamiento de los otros versos; el endecasílabo en relación al resto de los versos sería como el órgano en relación con los otros instrumentos de la orquesta. Tiene una flexibilidad, una capacidad de adaptación, tiene una extensión tan justa que incluso admite, por lo menos, tres ideas con facilidad dentro de una estructura mínima de once sílabas. Cuando empezó la moda esta de los microrrelatos, cogí un verso de Garcilaso y le puse un título larguísimo, algo así como ‘Historia verdadera del soldado de fortuna que se enroló con los tercios imperiales…’, es decir, la historia de ese soldado que se cree que se va a hacer rico y termina en esa situación penosa que los clásicos describen tan bien, la de los soldados llenos de plumas por fuera y sin un céntimo en los bolsillos. Bien, el verso de Garcilaso hecho microrrelato es este: “gran paga, poco arcén, largo camino”. Cuando se tiene esa herramienta en la mano, se puede hacer un verso endecasílabo con una idea completa, o simplemente, como quería Juan Larrea, que el verso sea una sucesión de sonidos llamados a esplendor.
 
Juan Larrea, magnífico poeta, tan poco convocado…
 
Larrea era estupendo… pero, ¿a quién conocemos ahora, realmente? Nuestros planes de estudios son un desastre, la universidad no lo mejora, ha parcelado tanto las Letras que la ignorancia se ha hecho mucho mayor, esa política de especialización de los departamentos produce una parcelación de los conocimientos que deviene en cortijillos, como sucede en política, salvo que lo que se reparte aquí son parcelas de conocimientos. ¿Cómo es posible que este poeta no se lea? ¿Cómo es posible que Fernando de Herrera no esté en el canon literario, cuando ha sido uno lo de los grandes creadores y enriquecedores de la poesía española?
 
Quizás porque hemos perdido el respeto y el interés por lo sagrado, y Fernando de Herrara, usted lo sabe, se apodaba ‘El Divino’…
 
Jajaja, pues habría que recuperarlo, y también el sentido de lo sagrado, no en tanto que religioso, sino como respeto a la vida y a los demás. 
 
“Me cerró las heridas su boca que enamora/ y abrazado mi cuerpo transitado a su labio/ me dijo: “eres hermoso” y se fue con la aurora”. ¿La palabra es tan real como lo que acontece?
 
Si no nombramos las cosas, si no las presentamos a la contemplación de los demás, de alguna manera no existen; lo que no se dice no vive. No voy a decir que la palabra sea tan real como aquello que nombra, pero sin palabra no hay realidad o no hay comprobación de la realidad. De ahí la lucha de los poetas, la de tener la palabra exacta y justa para decir las cosas con una plenitud que las hagan presentes y vivideras, desde el “Yo sé un himno gigante y extraño”, de Bécquer, a la invocación de Juan Ramón: “Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas”. Por otro lado, si el amor no se dice, si solamente se practica guiándose por otro tipo de percepciones sensoriales, no sé en qué nos diferenciamos de una pareja de monos, de perros o pajaritos. El amor hay que decirlo, también. 
 
Cuando un poema se música, como han sido musicados sus versos, ¿qué gana?
 
Gana que a lo que otro artista ha hecho le incorpora unos nuevos elementos enriquecedores, una interpretación o una recreación que le añade matices. El poeta tiene la recompensa de recibir una respuesta a su poesía que la enriquece, sea en el terreno que sea. He tenido esa suerte con compositores clásico, vivos, como Anton García Abril, Jesús Torres, Juan Durán o Alberto García Demestres, entre otros, también cantautores como Rosa León, gente del flamenco, como Alfredo Arrebola… 
 
Por cierto, ¿ha encontrado a alguien que recite mejor que usted el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías?
 
Desde que murió Paco Rabal, no. Es que he tenido la suerte de convivir con muy buenos decidores, como me gusta llamarlos, que me han ayudado mucho y me han enseñado. La primera vez que fui a Velintonia a ver a Vicente Aleixandre, me pidió que le leyera un poema y, ya a la mitad de la segunda estrofa, gritó: “¡Qué horror!”, así que le pidió al amigo que me acompañaba, Carlos Villareal, que me enseñara a leer, y desde entonces me apliqué. Cultivé para ello la memoria del poema, pero para ello es necesario primero enterarse de lo que el poema dice, porque muchos leen sin saber qué dice, y leen como las maquinas: “Su tabaco, gracias…”
 
¿Qué está leyendo ahora?
 
Algo de prosa, de Francisco Silvela, una novelita maravillosa con unos recursos en los que se demuestra que la división prosa/verso no deja de ser una barbaridad, un disparate. No todo lo que hay en un verso es poesía, y hay poesía en la prosa, pero seguimos empeñados en dividir. Silvela es un gran lector de Gabriel Miró, otro gran prosista.
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