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viernes, 03 de julio de 2015cermi.es semanal Nº 174

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Cuarto de Invitados

Julia Escobar, traductora y escritora

“Traducir un mal texto es desesperante, pero no eres un cirujano”

Por Esther Peñas

03/07/2015

Imágenes: Jorge Villa

Julia Escobar (Madrid, 1946) estudió Filología Clásica. Se ha dedicado toda su vida a la traducción, especialmente del francés. Ocupó durante años la presidencia de la Asociación Profesional Española de Traductores e Intérpretes (APETI). Es Caballero de la Orden de las Artes y las Letras del Ministerio de Cultura de la República francesa, ha sido crítica literaria de la COPE y profesora-colaboradora del Instituto Universitario de Lenguas Modernas y Traductores de la Complutense. Ha transitado por la novela (‘Nadie dijo que fuera fácil’), la poesía (estupendo su poemario ‘Fluyen permanentes’, que obtuvo el Premio Francisco Quevedo) y el ensayo ("El hombre que sabía demasiado", sobre Orwell, publicado en 1984...) De conversación ágil y sugerente, acude a la retranca cuando procede y siempre a la palabra adecuada en el momento.
 
 
Julia Escobar, traductora y escritora¿Cómo está de valorado el oficio de traductor? Apenas se destaca su labor en las críticas literarias y, fuera de los medios especializados, no existe...
 
Ha pasado casi siempre, es rara la época en la que se ha tenido en cuenta, solo cuando coincidía que quien traducía era una persona famosa, un escritor, por ejemplo, aunque generalmente no son los mejores traductores; el traductor que vive de la traducción, que se ocupa en ello, que su oficio es traducir, es anónimo, y lo tiene que saber, no puede pretender otra cosa porque la gente, igual que cuando vas al cine y oyes el doblaje, no se cuestiona ese tipo de cosas, lo que quiere es entender. Es un oficio que tiene mucho de servil, como decía Ortega y Gasset, es un servicio que prestas, ayudas a quien no entiende un idioma a acceder a él sin que se dé cuenta.
 
Pienso en las traducciones de Cortázar (textos de Poe), o en las de Salinas con ‘En busca del tiempo perdido’, da la sensación de que no escamotean nada pero, ¿siempre se pierde algo por el camino de la traducción?
 
Se pierde y se gana. Se gana en riqueza en la lengua a la que llegas, aportas todas unas ideas, unas historias extranjeras al acervo cultural español; se pierde la frescura, el tono, el ritmo, la musicalidad, el estilo... porque el estilo es el del traductor, el estilo es el recurso de la lengua, y el estilo al que recurre es el de la lengua a la que traduces, no el de la lengua desde la que traduces. 
 
¿Es intraducible la poesía?
 
Es intraducible, pero se traduce, y su traducción es eficaz. Cuánta gente, leyendo la traducción de un poeta, Hölderlin, por ejemplo, ha sufrido un enorme impacto... con eso se justifica la traducción de la poesía. 
 
Verter de un idioma a otro, ¿tiene más de creación o de recreación?
 
De recreación, sin duda, aunque se dan ambas; estás creando, pero a partir de algo que no es tuyo. Sobre todo recreas, cuentas historias de otros con tus propias palabras. 
 
¿Hay mucha injerencia en este oficio?
 
Mucha, muchísima, pero es normal, la gente tiene una idea muy utilitaria de la traducción, y en algunos campos tiene que ser así. Por ejemplo, en una transacción comercial, en pequeñas comunicaciones,  no llamas a un traductor especializado, te basta alguien que sepa traducir, hablamos de algo utilitario, práctico, para salir del paso, hay que entenderlo. Depende de la utilidad y de la urgencia... 
 
Aparte de conocer el idioma, ¿qué otras cualidades se precisan?
 
Conocer bien el idioma, por supuesto, pero además hay que practicarlo, estar inmerso en la cultura de la que traduces; hay gente que sabe muy bien el idioma pero desconoce el cambio lingüístico, no tiene inmersión lingüística, y eso lastra la traducción. Hay que estar muy en contacto con la cultura de la que se traduce, con su evolución, sobre todo si se trabaja con escritores contemporáneos. 
 
Una mala traducción ¿arruina un buen texto o el buen texto prevalece a pesar de una traducción envilecida?
 
Hay las dos cosas, textos tan impresionantes que ni siquiera una mala traducción puede con ellos, como los de Shakespeare o Proust... pero, normalmente, una mala traducción arruina un texto, sobre todo si se trata de un texto frágil. Entiendo por texto frágil un texto contemporáneo, de un autor que acaba de lanzarse. 
 
Con los títulos hay tanta libertad como antiguamente con los nombres de películas (‘Luz de gas’, ‘Luz que agoniza’, etc.)?
 
La traducción del título es prerrogativa del editor, el traductor da su opinión, pero el criterio es editorial, se mueve por cuestiones comerciales, etc. Bien es cierto que, por ejemplo, en la literatura francesa titulan de una manera muy rara para nosotros, muy extraña. “¿Arde París?”. ¿Crees que en España hubiéramos titulado así? Ellos son muy dados a eso. Nosotros somos más descriptivos, más líricos si me apuras. 
 
¿Pesa más, a la hora de traducir, el respeto por el fondo que por la forma?
 
Hay que buscar un equilibrio pero depende del texto; si traduces algo en lo que lo importante es el mensaje, filosofía o ensayo, tienes que transmitir las ideas, es fundamental, por encima del estilo. En otros casos, Rimbaud, por ejemplo, se trata de respetar todo lo que se pueda sus formas. Si no, parecería que estás traduciendo otra cosa... De todo modos, el lector goza de una educación bastante grande, cuando lee una traducción espera cosas distintas, si se parece demasiado al español, si casi parece que lo ha escrito un español, mala cosa... aunque esto no quiere decir que se tenga que torturar el lenguaje. 
 
De todos los autores que ha ido traduciendo a lo largo de su carrera (Julio Verne, Françoise Sagan, António Ramos Rosa, etc.). ¿Cuál le ha resultado el más complejo?
 
La más complicada, sin duda, Colete
 
Qué cosas, parece tan fácil...
 
Parece fácil pero es endiablada. 
 
Julia Escobar, traductora y escritora¿Por qué autor siente predilección? Y, ¿de qué traducción se siente más orgullosa?
 
Predilección, por Rimbaud. Orgullosa, de mis traducciones (sobre todo las últimas que hice) de Michaux.
 
Hace años, resultaba insólito al extraducción, traducir textos españoles a otros idiomas. Hoy en día, uno va por Alemania, por ejemplo, y hay ejemplares de Javier Marías en numerosas librerías, o de Savater en Italia. ¿Qué ha hecho posible revertir esta falta de interés por nuestros autores contemporáneos?
 
Las ferias del libro, sobre todo la de Frankfurt. Cuando trabajada para Mondadori, precisamente en Frankfurt traté de vender a Savater y se me reían. “¿Un filósofo español?” Me decía, como aludiendo a aquello que decía  Baroja de que “pensamiento navarro es una contradicción en los términos”. Años después, Savater se traduce. ¿Por qué? Porque se siguió insistiendo en las ferias. El mundo editorial es también una transacción puramente comercial, un negocio, al fin y al cabo. 
 
¿Hay mucha mafia en este mundo de la traducción?
 
¡Ojalá! Eso nos daría prestigio, pero no da para tanto, tiene que haber en juego mucho dinero para que surjan las mafias, pero es pequeña la parte del león. Es cierto que se la llevan unos más que otros, la editoriales siempre llaman a los mismos, porque trabajan bien, pero los editores nunca están contentos, son nuestros enemigos naturales, junto con los correctores, pero ya nos metemos en una guerra privada... 
 
¿No hay buena comunicación entre corrector y traductor?
 
Ya quisiéramos, pero el corrector suele hacer lo que le da la gana, si lo hay; existe una amplia y dilatada literatura especializada con los correctores, que no saben el idioma, creen que corrigen el español, pero estropean la traducción. Tú te has partido la cabeza para dar con la palabra exacta y luego van ellos y te colocan aquella otra que tú has esquivado conscientemente y que no querías poner...
 
Por cierto, Orwell, con los años, ¿ha ganado peso específico o se ha quedado un tanto trasnochado?
 
Era un visionario. Creo que ‘1984’ y ‘Rebelión en la granja’ siguen siendo grandes fetiches; sus otras novelas no valen gran cosa, salvo un texto suyo sobre Birmania, ‘Matar a un elefante’. Él encontró su voz en las dos fábulas que te he mencionado, nos hace abrir los ojos a los demás a través del cuento. 
 
Como ‘El cuento de nunca acabar’, de Martín Gaite...
 
Maravilloso libro, espléndido.
 
Cuando uno traduce un libro malo, ¿cómo evitar la tentación por mejorarlo?
 
Tengo esa experiencia, un verano me pidieron traducir una novela moderna, ‘Bonjour Tristesse’, de Françoise Sagan, y me recuerdo todas las mañanas, con la fresca, trabajando en esa traducción, chillando: “¡Qué idiota esta mujer!” y mi marido, desde otra habitación, me pregunta: “Traduciendo, ¿no?” Traducir un mal texto es desesperante, pero no eres un cirujano, no puedes enderezar el texto, ni eres quién, ni se lo merece quien escribe mal. 
 
Nadie dijo que fuera fácil pero, ¿siempre hay que intentarlo?
 
Por supuesto, nadie dijo que fuera fácil es lo que me ha supuesto a mí estar fatal, es una condena, yo misma me la he definido, no es fácil ni curarse de una enfermedad, ni acabar con un amor engorroso...
 
Un amor engorroso...
 
Por ejemplo, ni zafarse de un compromiso tonto de los que te lían mucho tiempo, sea laboral, amistoso, etc. Nadie dijo que fuera fácil nada.
 
¿Qué hacemos con el machismo impregnado en el lenguaje? ¿Es importante buscar fórmulas, valga la redundancia, que nos reformulen?
 
Ese debate me parece que habría que zanjarlo, y hacerlo siendo natural. En el último artículo que subí a mi blog afirmo que “entre los escritores contemporáneos la más interesante es doña Emilia Pardo Bazán”. Es una falta de concordancia, dado el sujeto, pero no queda raro. Utilicemos el lenguaje conforme lo necesitemos, nadie nos lo impone, ni siquiera la Academia, es nuestro, lo modificamos nosotros...
 
Julia Escobar, traductora y escritora“Nadie grita, nadie susurra,/ solo el eco distante de la apagada voz/ que nos indica que somos algo, sí,/ pero tan semejante a sí mismo/ que solo la nada puede contener y resumir nuestro momento/ que es sagrado”. De ‘Fruyen permanentes’. ¿Qué es más sagrado, el poema o el momento?
 
El momento en que está escrito, sin ese momento no hay poema. La poesía tiene un componente de toque sobrenatural, aunque parezca una cursilada, de inspiración, no tonta ni arbitraria, no es surrealismo, sin el cual no se hubiera podido escribir el poema que en sí mismo no tiene por qué ser sagrado, depende.
 
Sagrado en cuanto a trascendencia...
 
Eso sin duda...
 
¿Le resulta bobalicona la poesía surrealista?
 
No... a veces, en algunos casos, elogiaban demasiado el acto surrealista, aquello que no tiene sentido, la escritura automática... pero en una errata también hay poesía... Además la escritura automática también está elaborada... 
 
Cuando uno escribe un poema, ¿sabe a dónde va?
 
No, recuerdo lo que decía esta poeta rusa Ana Ajmatova de que la poesía hay que escribirla según te viene, y luego, después, trabajarla. Pero con justo equilibrio.
 
“No la toques más, que así es la rosa”, como apuntaba Juan Ramón...
 
Muy bien citado... eso es.
 
Si “el sol no está hecho para usted” y por tanto “ya no puede entristecerla”. ¿Qué luz persigue su poesía?
 
Me gustaría poder decir algo que sería falso: la verdad. Pero ¿qué es la verdad?
 
...Se preguntaba Machado...
 
Lo que uno quiere creer es que se persigue la verdad sobre cualquier cosa, el dar con la sustancia misma, la presencia real. 
 
Julia Escobar, traductora y escritoraSer poeta ¿es una manera de estar en el mundo?
 
Quizás es un poco pretencioso, no puedes ser poeta a todas horas, salvo Tomás Segovia, es difícil porque te impediría hacer cosas en la vida, como la declaración de la renta. ¿Conoces ‘Agua, azucarillos y aguardientes’?
 
La zarzuela de Chueca...
 
Exacto. Pues en el libreto aparece el personaje de la poetisa Asia, que tiene un diálogo con su madre fantástico. La madre le dice que deje de soñar y de escribir tonterías, “tenemos que pagar facturas”, y ella responde: “qué aburrida es la prosa de la vida”. Esa prosa de la vida te impide ser poeta a tiempo completo. Excepto Vargas Llosa, que escribe todas las mañanas...
 
Quizás ahora ande más liado, cuestión de amor...
 
El amor no le ha alterado su escritura, y no creo que esta señora le regule mucho las horas, pero él sabrá, es cuestión suya...
 
“El mundo ignora cuanto sé de él”. ¿Es un lugar inhóspito, el mundo, para el poeta?
 
Sí, la poesía es un refugio. Te hace sentir resguardado, protegido en tu pequeña cueva. Cura las heridas. 
 
¿A qué idioma le gustaría que se tradujeran sus obras?
 
Al ruso. Me ha fascinado siempre, lo empecé a estudiar en los años 60, pero la señora que lo daba desapareció. Me gusta su sonoridad, su poesía, su cultura...
 
¿Y Putin?
 
No me lo planteo, no entra dentro de mis prioridades...
 
Como orfebre de las palabras, ¿qué palabra define mejor a Julia Escobar?
 
Furia. Julia Furia. 
 
‘Furia’ es un término ambivalente...
 
Sí, todas las Julias somos muy furias, imprime carácter el nombre. Mi alias en Twitter es ‘la hija de Augusto’, que se llamaba Julia, su padre la condenó al exilio por lasciva. Estuve escribiendo en una publicación, ‘Cocodrilo’, en la que firmaba así, eran artículos de humor, satíricos, con mucha, mucha mala baba, muy retorcidas, muy sardónicas.
 
Humor sardónico, cáustico... pienso en los textos que publicó Zapata en su twitter. ¿Dónde se sitúa la línea limítrofe entre el humor y otra cosa?
 
En el buen gusto. Pero si eres un hijo de puta que escribes cosas así,  estás en tu derecho. Debería de haber una ley parecida a la del Holocausto, que prohíbe frivolizar sobre él, relativa a las víctimas del terrorismo. ¿Por qué ‘Charlie Hebdo’ puede meterse con Mahoma, con el Papa? ¿Todos somos 'Charlie Hebdo'? Yo no, desde luego. Se trata de ser o no ser un hijo de puta.
 
¿Es fácil convertirse en un hijo de puta?
 
Con mucha facilidad, si te dejas llevar un poco por la ira, por el descontrol, por hacer un chiste...
 
¿Por la furia?
 
Por la furia, pero hay que tener cuidado, tacto, talento, buen gusto, educación y, en último instancia, respeto a la ley. 
 
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