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viernes, 02 de junio de 2017cermi.es semanal Nº 260

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Cuarto de invitados

Antonio Ortuño, periodista y escritor

“Un escritor se parece a alguien que se quedó sentado en la mesa mientras los demás están bailando”

Por Esther Peñas

02/06/2017

Antonio Ortuño (Guadalajara, Méjico, 1976) pertenece a la conocida como ‘Generación inexistente’. Su obra narrativa está horadada por ráfagas de humor negro, construida por una precisión casi neurótica y transitada por personajes que resultan tan repulsivos como sugerentes. Su último libro, ‘La vaga ambición’ (Páginas de espuma) acaba de recibir el Ribera del Duero, el premio económicamente mejor dotado en cuanto a cuentos se refiere (50.000 euros). En él reflexiona sobre las bondades y los infortunios de la escritura.

Antonio Ortuño, periodista y escritorLa escritura, ¿repara el dolor vivido?
 
No sé si lo repara, pero al menos sí lo emborrona; recordar siempre es borrar y reescribir un poco el pasado, y narrar es seleccionar, mutilar, hacer que el tiempo corra a una velocidad distinta a como lo hacía. Más que sanar o reinterpretar, sirve para emborrar y sobrescribir el pasado y, entendido como recurso literario, creo que tiene mucho que ver la manera en la que se trabaja la memoria, seleccionando, falseando y adulterando.
 
¿Cuánto de mentiroso tiene quien escribe?
 
Todo. Incluso al decir la verdad se miente, porque la modificas, no dices las cosas tal cual son, siempre hay una distancia, el lenguaje es ya una distancia de los hechos, la interpretación es otra distancia y la eficacia narrativa también se cobra su precio. Precio que pago gustoso, porque no me importa la literatura como catarsis o como confesión, lo personal me interesa como combustible para el horno. A veces hay cosas que merece la pena haber vivido solo para escribir sobre ellas luego.
 
Es un libro bastante autobiográfico y, sin embargo, he leído que usted detesta un género muy de moda en España, la bioficción.
 
Me fastidia la autoficción o bioficción al uso, no el tono autobiográfico, que es un recurso, sino la autocondescendencia que implica ese tipo de ficción, justo porque en muchos de los textos de autoficción que conozco se insiste demasiado en el pormenor irrelevante, se trata de dotar a la irrelevancia de un empaque estético y sugestivo que para mí no tiene; la buena ficción se puede alimentar de cualquier cosa: la propia vida, reflexiones, imaginación, documentación rigurosa… por separado e incluso en mezclas puede funcionar, lo que no funciona jamás es la irrelevancia. El peligro del escritor de narrativa siempre tiene que ser el tedio, un narrador no puede encapricharse con pensar que el tedio es una clase de ruptura. La ficción siempre ha de emocionar, no de la misma manera que lo hacen ‘Guerra y Paz’ o ‘El último mohicano’, porque es imposible, pero sí ha de buscar las maneras propias de conseguir eso, lo sugestivo, lo relevante y lo significativo.
 
Parece una obviedad pero, ¿cómo se sabe que hay un mundo mejor?
 
Caray… pues creo que no lo hay, se construye y se inventa, los únicos paraísos posibles son ilusorios, o están en la memoria, en lugares recordados que nos parecen edénicos, pero que visitados y vividos no lo fueron tanto. La gente no se da cuenta de que tuvo una infancia feliz, aunque no es el caso del narrador del libro, pero la recuerda así, feliz, quizás porque después su vida se vuelve oscura y complicada, y como cualquier cosa, mientras sucedía pasaba inadvertida y después cobra esa condición de mundo mejor, refugio u oasis aunque sea mental. Para mí no hay otros paraísos posibles más que los que se construyen escribiendo. Por otro lado, no son paraísos que tienden a la perfección sino espacios que me gusta habitar. Al escribir construyo esos espacios que parecen dignos de ser vividos, por mí, mientras los escribo, y para los lectores, en espera de que los habiten y disfruten. Con disfrutar quiero decir a veces pasársela muy bien pero también inquietarse, irritarse, experimentar, porque la narrativa, sin renunciar a la inteligencia y el rigor, tiene una serie de posibilidades de exploración emotiva que me interesan mucho. 
 
¿Hasta qué punto la escritura es un encierro, como el que se ve sometido por su primo Carlos el protagonista de ‘El caballero de los espejos’?
 
Puede acabar uno encerrado en la escritura y, sobre todo, en las frustraciones que lleva aparejada. En ese primer momento, y el símbolo del encierro para mi tiene mucho que ver con todos esos momentos de aprendizaje literario en los cuales sientes que hay frente a ti una pared y que no puedes escribir, y que lo que escribes no sirve y que no podrás terminar los textos porque te desencantas a medida que los vas escribiendo… para mí eso es el encierro, la incapacidad de seguir adelante, no solo encierro físico, sino la privación del poder continuar con lo que acabas de descubrir, la escritura; el narrador de estas historias tiene que aferrarse a ella pero se le presenta la opción de la renuncia, de destruir los textos porque se burlaron de ellos y los odia después de aquello. 
 
¿Cuándo las palabras son deshonradas y muertas? ¿Cualquiera puede deshonrarlas y darles muerte?
 
Antonio Ortuño, periodista y escritorLas palabras son deshonradas y muertas de muchas formas, desde luego los discursos planos, el discurso de un político, un discurso judicial al uso, secan y matan el lenguaje, le quitan el significado, son estructuras hipócritas y vacías. En lo estrictamente literario, la escritura requiere un grado de convicción y la posibilidad de que uno pueda justificar cada una de las palabras que utiliza y el lugar de cada una de esas palabras en sus textos; se puede discutir, y a lo mejor pierdes, pero sabes por qué has hecho tal cosa. Cuando eso no está, cuando puedes quitar una pieza y el texto se cae completo, habías construido algo endeble. Las palabras son deshonradas y muertas cuando te las arrebatan,  cuando te demuestran que lo que habías escrito no sirve, y tú lo asumes, y eso no  algo objetivo sino que depende de que seas capaz de defender tu escritura y de entender por qué escribes lo que escribes. Soy un fanático de la corrección de textos, tardo más afinando, reescribiendo, que redactándolos, a lo mejor porque me he dedicado al periodismo y puedo escribir congruente y rápidamente, pero no me gusta que los textos se queden a ese nivel específico, casi mecánico de la escritura un poco natural, prefiero torturarlos y corregirlos todo lo necesario para construir capas distintas de muchos puntos de vista diferentes, hasta que llega, al menos de manera ideal, ese punto en el que pueda explicar por qué está ahí cada palabra, cada recurso, cada signo de puntuación, cada paréntesis, cada figura. En ocasiones pueden ser decisiones caprichosas pero trato de que sean razonadas.
 
¿No deja espacio para la improvisación, para el azar?
 
El azar está sobrevalorado, como el automatismo, con los que jugaron algunas vanguardias, me parece; a mí me pasa que, cuando estamos cansados, cuando el lenguaje pasa un poco más automáticamente sobre nosotros, en la charla plana, cuando lees sin prestar mucha atención, en realidad está hablando un poco el ‘clip-art’ por ti, no estás haciendo grandes descubrimiento verbales ni relacionando cosas increíbles sino repitiendo lo que es más fácil de repetir, por eso, mucha gente repite lugares comunes, habla utilizando fósiles del lenguaje, que se nos quedan en la cabeza. El automatismo lo relaciono con pedazos crudos del lenguaje, insignificantes, pregrabados en nosotros. En cambio, entiendo la escritura como un trabajo muy consciente, de limar palabras para que cobren sentido e insuflarlas de vitalidad. Eso minimiza mucho las posibilidades de azar o caos.
 
Entonces, los sueños, ¿son un recurso literario indeseable?
 
Para mí lo son porque van aparejados, siguiendo con tu anterior pregunta, con cierta retórica que me irrita. En los sueños puede pasar cualquier cosa, no hay un control ni una conciencia plena ni una inteligencia y de repente le concedemos, simbólica y estéticamente, un nivel de algo enorme y maravilloso. A lo mejor soy un mal soñador, pero prefiero con mucho los ensueños a los sueños, el pensamiento que imaginas de manera dirigida y voluntaria hacia ciertos terrenos lo aprecio y disfruto más que aquello que ocurre en mi cabeza sin saber muy bien por qué ocurre. Insisto en que tal vez esto me pasa porque mis sueños son una porquería, y hay otra gente que sueña bellísimo pero yo no he tenido esa oportunidad o fortuna, nunca me he despertado de un sueño maravillado, nunca he experimentado en un sueño algo mejor que en la realidad. El sueño me parece una función biológica próxima o similar a tener hambre o cansancio o dolor de cabeza, más eso desde luego que algo sublime o inalcanzable. Quizás soy místico de la conciencia.
 
¿Cuándo escoger las armas, cuándo las letras?
 
Antonio Ortuño, periodista y escritorCaray… nunca he encontrado un momento en que sea mejor elegir la armas, pero debe haberlo, la historia indica muchos. Lo que no he encontrado ha sido un momento para renunciar a las letras, y no es que quisiera desde niño ser escritor, ni mucho menos, mis aspiraciones eran mucho más absurdas (quería ser futbolista, y era malo, también músico, y no soy malo, aunque  reproduzco bien los sonidos pero no soy capaz de imaginarlos). En la literatura me he desenvuelto mucho mejor, leo desde pequeño y escribo y nunca he encontrado un motivo para renunciar a escribir. Me recuerdo a mí mismo escribiendo minutos antes de que nacieran mi hijas, la noche en el hospital con la niña en el cunero y mi esposa dormida, y yo escribiendo, casi todo momento de mi vida lo relaciono con escribir, uno de mis placeres… las armas no. Cuando hice el servicio militar, en Méjico, aprendí a disparar y me resultó desagradable, pero me imagino que hay momentos bisagra en los que no te queda más remedio que hacerlo. En todo caso me gustan los héroes renuentes, los entiendo más que a la gente echada para delante. 
 
¿Qué papel cumple la figura de Aura, la mujer del narrador, Murrai, en el proceso creativo de un escritor?
 
Me parece que el personaje de Aura es fundamental para el narrador, además de su pareja es su lectora, no es escritora, sino una lectora activa; Murrai tiene la maravilla de tener un lector de a bordo que le confronta a muchos niveles. Para el nivel de la construcción de la ficción era indispensable un personaje como Aura y la veneración que tiene Murrai por Aura tiene que ver con el hecho de que lo obliga a seguir ahí, en la trinchera, a no claudicar. Es muy probable que para alguien con la personalidad de este sujeto no tuviera utilidad una Aura que fuera su fan, que le sobara el lomo.
 
¿“Los muertos iluminan la ruta de los vivos”?
 
Sí. La literatura es diálogo entre gente que está mayoritariamente muerta, las tradiciones se construyen así sobre capas de discursos que mantienen vivos con quienes ya no lo están y uno termina la lectura de muchos textos con la plena seguridad de conocer mejor y haber sido profundamente tocado por quien escribió ese libro, que puede llevar años o siglos muertos, que por la mayor parte de las personas que vive a tu alrededor y que no te importan nada; es una de las maravilla de la literatura y, porque a contrapelo de esta obsesión modernista por las  novedades y vanguardias y modas, este casi ansia de inventarnos una literatura digital, esta suerte de nostalgia de futuro, me encanta la literatura como un pasado inabarcable, me encanta que la lengua escrita tenga cinco mil años y me siento más cercano al escriba ignoto que escribió el código de Hamurami que al futuro ignoto. Uno escribe para quienes vendrán después pero mirando hacia quienes estuvieron antes.
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