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viernes, 02 de noviembre de 2018cermi.es semanal Nº 321

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Cuarto de invitados

Luis Antonio de Villena, escritor

“Tengo miedo de la vida”

Por Esther Peñas

02/11/2018

Imágenes: Jorge Villa

Acostumbra a que su literatura sea una línea más de las que marcan la vida en la mano. Para Luis Antonio de Villena (Madrid, 1951) todo es susceptible de convertirse en materia prima de la palabra si, cual espeleólogo, se profundiza en lo que se cuenta. Mamá (Cabaret Voltaire), su último título, vuelve a confirmarlo. Una narración durísima por momentos, tierna e intensa en la que nuestro dandi más reputado reza, de modo laico, a uno de los amores de su vida, su madre.

Luis Antonio de Villena, escritorEn abril de este mismo año, daba cuenta, a través de un post en su página personal, de su situación de desamparo, no solo por la muerte de su mamá, sino por la mudanza, pérdida de objetos personales, fiascos económicos… ¿Se encuentra ahora en un momento más luminoso?
 
Estoy terminando ese proceso. En realidad, fue una nota de desahogo personal, pero quería avisar a la vez de que hay un tipo de gente que se aprovecha del dolor de los demás. Mi madre era una mujer muy sabia, sabía mucho sobre la vida, era poderosa, tenía gente que trabajaba para ella, tenía un carácter muy dulce y a la vez fuerte, y ella me evitó, quizás hizo mal, la vida cotidiana. No me ocupaba de ella en absoluto. Cuando ella murió me encontré que no sabía nada. Soy hijo único, nieto y sobrino único. 
 
¿No tiene familia?
 
No, bueno, dos primos que no veo hace mil años. Como te iba diciendo, al encontrarme solo, y en ese momento del duelo, la muerte de mi madre la entendí, claro, tenía 91 años, pero al encontrarme solo, sin protección, desamparado, cuando siempre había estado amparado, busqué sitios donde te dicen que te compran las cosas que tú ya no necesitas, y comprobé que esas agencias son auténticas usuras personificadas, saben que necesitas deshacerte de las cosas y te dan precios ínfimos; eso las buenas, las malas se llevaron muchos objetos que vendieron y de los que no vi ni un solo céntimo. Me estafaron. Hablé con una abogada que también se aprovechó de mí. Auténticos usureros a los que en la Edad Media hubieran quemado. Fui víctima de ellos. Los maldigo. Si existe algún dios en el universo tendría que hacer justicia con esas personas que se aprovechan del daño de los demás, que se abaten sobre ti como buitres carroñeros.
 
De ahí esa enorme impotencia…
 
No se podía hacer nada… Gran sinvergüenza la abogada, grandes sinvergüenzas los anticuarios… Está claro que, si no te manejas en la vida práctica, las aves de rapiñas voraces te quitan todo. Por eso escribí ese post, porque fui víctima al ser una persona que está indefensa, por no saber manejarse en la vida cotidiana y además haber perdido a su madre. Al verme solo cayeron sobre mí como aves rapaces, desde la abogada a los anticuarios. Ese post hace de aviso de caminantes para que, cuantos estén en mi situación, sepan que ese tipo de gente no les va a ayudar, sino a esquilmar, bajo la apariencia de que te hacen un favor. Ese post se unía al libro Mamá, en el que hablo de mi situación de orfandad. Siento que he perdido la protección de alguien y que necesitaría tener otra nueva protección. 
 
Aceptar, lo acaba de decir, la muerte de su madre no resultó complicado pero, ¿cómo se convive con la ausencia?
 
Luis Antonio de Villena, escritorLa muerte se encaja bien, al menos en mi caso; acababa de cumplir 91 años, una edad perfectamente normal para morir. Murió, además, como ella quería. Era miembro, como yo, de la Asociación Derecho a Morir Dignamente, así que, cuando  le dio un ictus no la entubaron, la sedaron y se murió durmiendo, tranquila, en una situación estupenda. Nunca había visto morir a nadie.
 
¿Nunca?
 
No, es la protección de la que te hablo, nunca, ni a mis abuelos, ni a mis tías… siempre me quitaban de en medio, y eso que yo ya era mayor, pero pensaba mamá que no tenía por qué verlo; sí, sé que fue una sobreprotección excesiva. 
 
¿Ni a un amigo ha visto morir?
 
No, no se dio la circunstancia… no, no había visto morir a nadie, la primera persona fue mi mamá, pero murió tan dulcemente en su cama, en su casa, que no sentí más que ternura por una persona que murió como ella había querido morir. Y eso es muy bueno, lo pediría para mí, encuentro que eso es excelente. Ahora, después de la muerte empieza un momento difícil… Por aquel entonces tenía un novio, al que mantuve ajeno al problema familiar, pero el tener una compañía, salir a tomar una copa, hablar con alguien, ayuda mucho, por eso inicialmente la muerte, el desamparo, durante un tiempo lo sentí un poco menos, esa compañía mitigó la sensación de soledad. Cuando la relación se terminó, empecé realmente a sentir ese enorme desamparo. Me había quedado solo y nadie me había enseñado a valerme en la vida cotidiana.
 
¿Hasta qué punto no se vale en la vida cotidiana?
 
Por ejemplo, se rompió una persiana, y se me ocurrió, pensarás que es un disparate, llamar al banco para decírselo. Por fortuna, indirectamente acerté, porque la señorita del banco me avisó de que tenía una póliza de seguro de hogar, me explicó cómo llamar al seguro, porque lo cubría, y pude arreglarlo. Cuando se rompió la persiana te juro no tenía la menor idea de qué hacer. Esto ejemplifica de qué modo el excesivo amor es muy bueno, pero también dañino. Un padre o una madre hacen normalmente mucho daño a sus hijos, y eso no se dice. Pero los padres toman decisiones equivocadas sobre sus hijos.
 
Usted colocó algunos límites… Por ejemplo, se negó a la voluntad materna de convertirle en embajador…
 
Es que no me gustaba nada. Ella vivía en un mundo suntuoso y, como tenía por rama paterna un abuelo que lo había sido, pensó que sería una situación ideal para mí. Siempre tuve con ella una sensación peculiar: cuando nos enfadábamos, y tuvimos enfados muy fuertes, sobre todo cuando ella era mayor, nos hacíamos mucho daño, pero había perdón, porque también había mucho amor entre nosotros. Yo terminé siendo el gran motivo de su vida, vivía por y para mí. No quería que me fuera de su casa, pero ahora sé que hay que romper el cordón umbilical, con la madre y la familia en general, porque después de roto la relación materno-filial es muy diferente. Yo nunca lo rompí, por eso la relación con mi madre fue siempre extraña, confusa, con daño y amor, de enorme daño y mucho amor, de dependencia, lleno de situaciones extrañas, de rechazo… pero, viviendo con ella, tenía todo resuelto, tenía ropa sucia y me la devolvían planchada y limpia, llegaba con hambre y me preparaban la comida. Mamá me hubiera arreglado lo de la persiana. Esa comodidad, de hijo único acostumbrado a mimos, al exceso de cariño, esa comodidad me impidió romper el cordón umbilical que debía hacer roto. A toro pasado entiendo que debía haberme independizado mucho antes de lo que lo hice, hubiera sido muchísimo mejor para mí y para ella, que no me hubiera convertido en el objeto de su devoción.
 
El libro es híbrido en cuanto a géneros, biografía, memoria, literatura del yo…
 
Luis Antonio de Villena, escritorEs que mezcla una historia muy compleja, estoy hablando con una madre que ya ha muerto, hay una parte biográfica, una parte de memoria, mucho de ir analizando lo que significa una relación materno-filial, con circunstancias peculiares, con gran dependencia de la madre. Es un libro singular, en España nunca se tratan esos temas, se consideran privados, pueden abordarse en una conversación de familia, pero nunca en un libro. No hay tradición de la literatura del yo, aquí lo que se hace es superficial, no indagar en cuestiones íntimas, delicadas, que son las que conforman lo humano, la estructura de la persona.
 
Pero, ¿cómo se solventa ese pudor de hacer públicas cuestiones tan íntimas como las que se recogen en el libro?
 
Siempre he sido inocentemente impúdico, incluso en otros tipos de escritos míos, he escrito de asuntos íntimos o delicados de una manera inocente, como si fuera normal hacerlo; esa inocencia es importante, y está unida a una innata falta de pudor inocente, siempre me pareció que contar este tipo de cosas es una cosa muy literaria. En España hay muchísimas memorias, lo que pasa es que son superficiales, tienden a contar lo que el libro de Pemán Mis almuerzos con gente importante, y eso es lo de menos. A mí me interesan las memorias íntimas, las que analicen la intimidad, con bastante tradición en literaturas que conozco bien como la francesa o la inglesa. Creo que en España no se hace también por la tradición católica. Mi madre era católica pero no practicaba. Pero, aunque no practiques, has sido educado en eso, existe la confesión, la confesión con un cura, en un confesionario, en un acto íntimo que tiene que ver con la religión, y lo que se le dice al cura no se le cuenta al público. En la tradición protestante se lo dices a los otros, no a nadie en particular. 
 
¿El amor íntimo siempre es turbulento?
 
Sospecho que no es continuamente turbulento, pero tiene ese tipo de momentos. No conozco a ninguna pareja que no haya tenido momentos muy duros, y en las relaciones familiares también hay turbulencias. Se pueden superar, es obvio. Aunque en España no se habla de las turbulencias familiares, se quedan de puertas para dentro, hay algo de sacralidad en ellas. De acuerdo, tus padres te han traído al mundo, pero esa puede ser su primera equivocación, porque tú no has pedido venir. 
 
¿Eso se lo dijo alguna vez a su madre?
 
Luis Antonio de Villena, escritorLas dos cosas peores que le puedes decir a una madre, y yo se las dije, fue que hubieras preferido no venir, y eso le pone la espada en el inicio de todo y no tiene cómo justificarse más que entendiendo que hay un acto de amor detrás, que tú no ves, y decirle que si de saber que te ha hecho daño de manera intencionada no la hubieras vuelto a ver nunca, aunque se hubiese muerto en la calle.
 
¿De veras cree posible desentenderse hasta ese extremo de los padres por muy nefastos que hayan sido en sus actos?
 
Sí. Si me hubieran hecho daño intencionadamente, mi padre o mi madre, cosa que no ocurrió, hubiese renegado de ellos. Si mi padre, por ejemplo, siendo homosexual, me hubiera echado de casa no le hubiera vuelvo a ver nunca más, no hubiera querido saber nada más de él, y si un día me entero de que se ha muerto, pues que si existe dios tenga misericordia con él. Pero me hubiera desvinculado por entero, porque él me ha despreciado y eso es gravísimo, gravísimo, despreciar el propio objeto que han creado, el pecado de ellos, es inenarrablemente terrible. Despreciar a un hijo es cubrirse de basura. No porque le hayan traído al mundo el hijo ha de obedecer a pies juntillas a sus padres; el hijo tiene sus propios criterio, su propia voluntad, sus propias ideas, que el padre debe respetar. Debe educarlo, cuidarlo, llevarlo por un camino bueno, pero respetar la propia originalidad del hijo. Si el padre no lo respeta, ¿por qué va a hacerlo el hijo?
 
El grado de intimidad de las conversaciones que mantenía con su madre es intensísimo…
 
Recuerdo que un verano me mandó a Málaga, a un sitio bien, pero con un régimen un poco de internado. Yo no quería haber ido allí, no me gustaba nada, y ella estaba de viaje con amigos por la Riviera italiana y la Costa Azul. Yo recibía todos los días una postal de ella, cada vez desde un sito distinto y bonito, Niza, Montecarlo… Me decía: “Querido Sito, o Sitín –que era la forma más cariñosa–, espero que estés muy bien, nos vamos mañana a Montecarlo. Muchos besos, mamá”. Ese “Muchos besos, mamá” me hacía mucho daño porque ella estaba pasándolo muy bien, y estaba donde quería estar y yo no, yo quería estar donde estaba ella. Se lo conté con el tiempo, y ella no podía decirme más que lo que me dijo, que no quería hacerme daño, lo contrario, pensó que sería bueno para mí. Me cogió la mano, la besó y me pidió perdón. Había sido un daño involuntario y yo la perdoné. Me pidió el perdón, y yo lo acepté, hubo una petición de perdón, no un olvido. Esas eran nuestras conversaciones, no un ‘te quiero mucho’, sino una historia muy complicada.
 
¿Y su padre?
 
Mi padre me faltó muy pronto, y mis recuerdos de él son bonitos y ligeros; los que aparecen en el libro son recuerdos de mi madre. Mi madre se sintió  violada la noche de bodas, tuvieron que llamar a un médico porque tuvo una hemorragia que no cesaba. Ese tipo de cosas no las cuentan las madres a sus hijos. La mía me lo contó cuando tenía ochenta años y yo cincuenta y muchos. Sí, hablábamos como adultos que éramos, me contaba todo, quería que yo supiera por qué había salido mal el matrimonio con mi padre, y por qué durante un tiempo, cuando él murió, y ella tenía 35 años, era guapa y una mujer bien, quitó todas las fotos de mi padre, no lo quería ni ver; se casó enamoradísima y se desenamoró hasta tenerlo manía o desprecio. Él tenía dos queridas, además. Un día le dije que echaba en falta una foto de papá en su casa. Le pregunté: “¿No le has perdonado todavía?”. Ella me contestó que  perdonarle no, porque hay cosas que no se pueden perdonar, y que él estropeó los mejores años de su vida. “Pero he hecho algo mejor que perdonarlo, lo olvido”, me dijo. 
 
Como Borges, “no hay perdón, hay olvido”… ¿Qué se necesita para poder perdonar?
 
Luis Antonio de Villena, escritorQue estén los dos delante. No le podía perdonar en abstracto. Si mi padre hubiera vivido, indudablemente le hubiera perdonado a él, vivo, pero él era una ausencia, y perdonar en abstracto no tiene sentido. Así que le dio algo que tiene mucho de perdón, el olvido. Un día, al llegar a casa de mamá, ella compró un marco y puso una fotografía de mi padre con ella, una foto bonita –pequeña, todo hay que decirlo–. Pero me demostró, primero, que me escuchó, y después que me hizo caso.
 
Dice en el libro de usted mismo: “Siempre he tenido miedo, miedo sin más”.
 
Sí, viene del niño mimado, que tiene miedo porque vive tan protegido. La realidad le da miedo. Cuando entré en colegio del Pilar mi padre acababa de morir, y yo era un niño acobardado, porque aunque le veía poco me había afectado su muerte, así que era un niño cobarde, calladito, lo contrario de lo que parezco ahora. Y los niños son muy crueles y se metían conmigo, me veían raro, se equivocaban, pero el niño no sabe, es muy cruel pero no sabe, mezcla la maldad y la inocencia, y eso es un combinado explosivo, es terrorífica esa mezcla, una cosa auténticamente brutal y fui víctima de eso. Eso te hace desconfiar del otro, cualquiera que sea el otro, no lo acoges con los brazos abiertos, lo acoges inicialmente con temor y eso me ha quedado: ante el otro siento primero precaución, pienso que el otro, y lo que te he contado al principio da cuenta de que no me equivoco, por lo general, siempre tiene malas intenciones, más o menos leves o no, más o menos ocultas, y no me espero nunca lo bueno del otro.
 
Pero la bondad existe…
 
Sí, siempre me sorprende favorablemente cuando me encuentro con la bondad. Cuando el otro de verdad es bueno no hay nada en el mundo más deslumbrador que la bondad, el corazón limpio, una persona positivamente buena, que no pide nada, que te quiere ayudar, porque su carácter y sus convicciones le llevan ahí. Te lo juro, es resplandeciente y caes de rodillas. Creo ahí en la conversión, ante la imagen de la bondad, pero normalmente las relaciones humanas son ambiguas, turbulentas… El amor va unido con el odio, no en vano el poema de Catulo, odi et amo, odio y amo, van unidos, no son cosas distintas, uno puede amar mucho y odiar con intensidad a la persona que ama. Me gustó como título, y sentí que no fuera mío, el título de uno de los libros de la poeta colombiana María Mercedes Carranza, que se suicidó en 2003: Tengo miedo. Me gustó por la sencillez y rotundidad. De fondo, en general, siempre he tenido miedo, tengo miedo de la vida, la vida me da miedo, todo es lo mismo, exceso de protección, de mimo, de amor... 
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