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viernes, 05 de abril de 2013cermi.es semanal Nº 73

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Cuarto de invitados

Mario Bellatín, escritor

“Desde niño, me he sentido siempre en tránsito”

Por Esther Peñas

01/04/2013

Un escritor al que le falta uno de sus brazos; un monje sufí de mirada turbadora por la hondura; un hombre rapado al cero, con pantalones imposibles -recuerdan al atuendo ninja-, camisas de cuello Mao y botas que oscilan entre el diseño más arriesgado y el austero rasgo marcial. Todo él es Mario Bellatin (Méjico, 1960), un autor de culto que acaba de publicar en España ‘El libro uruguayo de los muertos’ (Sexto Piso), una historia que retrata una peculiar familia: una madre que recoge con perverso primor hormigas para dárselas de comer a sus hijos, un abuelo diabético, con miembros amputados, un fantasma que preside...

Al título lo acompaña una apostilla: “Pequeñas muestras del vicio en el que caigo todos los días”. ¿Cabe virtud en la práctica del vicio?
Según el poeta César Moro, los vicios deben llevarse como si de un manto real se tratara. Quizá hacerlo de esta manera, tener conciencia de ellos hasta ese punto, dejaría de conferirle su calidad de vicio para convertirse en una virtud. En mi libro aparece esa frase no tanto por el contenido de lo que es un vicio, sino por una de sus características, que es la constancia y su presentarse casi siempre de la misma manera. El vicio al que se refiere el libro es la necesidad de escribir a determinado ser -imaginario o no- por la necesidad de ser aceptado por el otro.
 
En cierto modo, en este libro hay ecos, situaciones, incluso frases de casi todos sus anteriores libros (por ejemplo, se repite aquello de lanzar la extensión metálica de su brazo al Ganges o nos reencontramos, de otra manera, con el masajista cuyos fantasmas conocimos). Esa intención totalizadora ¿es influencia de la práctica sufí?
Siempre pretendo escribir el mismo libro, o mejor dicho que cada libro separado forme parte de un solo libro común. Puede ser que el descubrimiento sufí haya puesto las cosas más claras para mí: el hecho de que mi interés es el de sólo practicar una escritura, la mía, despojada muchas veces de contenido –existe, pero pasa casi siempre a un segundo lugar en cuanto a importancia-, y el ejercicio de esta escritura muestra muchas veces que está compuesta siempre de un mecanismo regular, estandarizado, se trata de un sistema, lo que la obliga a mostrar en más de una ocasión muchas de  las marcas que la representan.

Leo en su último libro: “Yo ya casi soy otro”. ¿Uno de veras llega a ser enteramente uno, cualquiera, o siempre está en tránsito de sí mismo?
En mi caso, yo, desde niño, me he sentido siempre en tránsito, asunto que además es verdadero y es en el que estamos todos sumidos, y quizá la escritura, que practico de manera continua desde que era un niño, no sea otra cosa sino la necesidad de dejar ciertas huellas de un proceso semejante.

¿Por qué somos tan reacios a dejar que ficción y realidad se enmarañen, por qué queremos saber, por ejemplo, qué parte de lo que nos cuenta un escritor –usted- es real y cuál fabulada, como si realmente tal distinción fuera necesaria o acaso útil?
Porque estamos acostumbrados a seguir un patrón escolástico -que nos ha sido enseñado casi desde nuestro nacimiento y se ha visto reforzado en el sistema educativo- donde estamos acostumbrados a tomar para aplicar. Pero no a tomar cualquier asunto, sino elementos útiles, que nos sirvan para algo, y configurando cualquier elemento de ficción en realidad se nos hace más fácil sacar una suerte de provecho práctico de nuestras lecturas. Aprendemos a través de las virtudes o de las miserias del otro. No hemos perdido el tiempo leyendo, hemos obtenido un beneficio llevándolo a cabo.

Por cierto, cuando una obra recibe más atenciones que las demás, como sería en su caso ‘El gran vidrio’, ¿uno tiende por defecto a distanciarse de ella o, al contrario, a magnificarla, a depender de ella?
Yo trato de olvidar lo escrito. Ni siquiera soy capaz de mantener la memoria de mi escritura mientras estoy haciendo un mismo libro, de allí mi necesidad de tener siempre durante el proceso de escritura una libreta que me permita saber de qué va el libro que hago en ese momento. Me tienen sin cuidado los libros publicados, principalmente porque ignoro de qué tratan.

Nacer en el seno de una familia tan peculiar como la que describe en ‘El libro uruguayo de los muertos’, con esos retratos confesores, esas hormigas digestivas... ¿confiere un carácter mágico o quebranta inexorablemente la personalidad? 
Imagino que para la voz narrativa, la que aparece en el libro, es importante, pues encuentra a ese acontecimiento un lugar en el libro que, de alguna forma, echa luz sobre diversos aspectos de lo que va describiendo. No sé qué hubiera sucedido conmigo de haber nacido en el seno de una familia tan peculiar. Podría haber sido seguro -o quizá- hasta divertido.

¿Qué le reporta la deformidad, tan presente no sólo en su obra?
Nada. Aunque tal vez mienta, y mientras escribo tenga una vaga conciencia de que ese tema puede ser un elemento de seducción narrativa.

Si en ‘Salón de belleza’ centraba el foco en la expansión del SIDA, del VIH, ¿cuál podría ser en nuestros días la gran epidemia sobre la que deberíamos reflexionar?
En ‘Salón de belleza’ el foco no es el Sida, y quizá sí. No queda definido, tal vez por el tiempo en que fue escrito, si alguien se toma la molestia de contextualizar, pueda hallar algo semejante. No sé sobre qué hay que reflexionar. Tantas cosas están mal -como lo han estado siempre a lo largo de la historia de la humanidad- que creo que cada quien tiene una larga lista para escoger cuál puede ser su tema de reflexión contemporánea o quizá para que le suceda lo contrario: ejercer su derecho a la no-reflexión.

Su hermoso proyecto de ‘Los cien mil hijos de Mario Bellatin’ (que consiste en editar cien libros suyos en formato mínimo y con una tirada de mil ejemplares cada uno), ¿le está dando más satisfacciones o quebraderos de cabeza?
Las dos cosas. Pero las satisfacciones ganan, principalmente porque no me dejan tiempo para ocuparme de los detalles editoriales -todo lo que ocurre después de entregar el manuscrito- de los libros que se mueven dentro del circuito establecido para que se mantengan los libros. Omití adrede utilizar la palabra circulen porque no estoy seguro de si algo así suceda siempre.

Está preparando una ópera basada en un cuento, ‘Bola negra’, que denuncia la violencia. ¿El arte, como decía Celaya hablando de poesía, es realmente un arma cargada de futuro? Es que, en ocasiones, uno tiene la sensación de que quien recibe el mensaje ya está en nuestro bando, de alguna manera...
Puede ser. Por eso he escogido el cine para mencionar de una manera más directa las cosas. Para mostrar lo político que siempre estuvo presente en mis libros, pero no a la manera como se acostumbra que lo político se encuentre presente. La película me sirvió como una suerte de enroque para que lo escrito haga evidente la dirección en la que siempre estuvo alineado. Y eso lo puedo demostrar ahora, cuando ya no me siento escritor, y menos un creador de algún arte. Ahora veo que sí, en efecto, alguna vez fui escritor pero ya no, y eso abre todas las posibilidades para no ser nada en realidad.

Hablando de música, ¿qué banda sonora podría escucharse mientras uno lee a Bellatin?
Ninguna. Cuando uno escribe, escribe. Cuando lee, lee. Cuando escucha música, escucha música. Es por eso que jamás usaría un ipod para utilizarlo mientras camino por las calles, y el motivo por el que mi auto -que me sirve mayormente para recorrer grandes distancias- no cuente con un equipo reproductor de música.

Una última curiosidad: ¿qué tiene la mística sufí que no tenga la mística judía o cristiana?
La revelación directa. El milagro tangible. Un milagro que se puede adquirir e incluso ofrendar a otro. Un milagro que curiosamente es un libro, está lleno de palabras, y se llama Corán.

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