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viernes, 21 de abril de 2017cermi.es semanal Nº 254

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Cuarto de invitados

Marta Sanz, escritora

“El dolor ha de ser público”

21/04/2017

Fotos: Jorge Villa

Por Esther Peñas

Su primer libro, ‘El frío’, lo publicó en 1995. Hace más de veinte años. Es una historia de amor o locura (la ‘o’, en este caso, es conjuntiva, une, enlaza, hermana, iguala; el amor, la locura). Por entre sus más de dieciséis libros, poco a poco llegaron los premios (Ojo Crítico de Narrativa, 2001, Finalista del Herralde en 2009, Cálamo, 2013, Herralde de Novela, 2015…) La suya ha sido una carrera literaria fructífera pero de reconocimiento lento. Ahora, Marta Sanz (Madrid, 1967) es un nombre de cita necesaria cuando se habla de literatura. Su último libro (o texto híbrido, o collage, o mosaico), ‘Clavícula’ (Anagrama) reflexiona sobre el dolor físico o psíquico (de nuevo, o conjuntiva).

Marta Sanz, escritora‘Farándula’, su penúltima novela. Ahora, ‘Clavícula’. ¿Qué tal se lleva con las esdrújulas?
 
Muy bien… Esto me lo hicieron ver muchos amigos. No fui consciente de que los dos libros se titulaban con esdrújulas. ‘Farándula’ es una palabra muy, muy eufónica, que tenía esa mezcla que se da en el mundo del espectáculo entre esa parte popular, frívola, de lentejuelas y esa parte un poco más seria, artística, fascinante. Me encanta la palabra. En el caso de ‘clavícula’ también me resulta una palabra muy bonita, por el esdrújulo, por las eles, y además quería homenajear un libro que se llama ‘El astrágalo’, de Albertine Sarrazin, donde también es muy importante el cuerpo de la mujer contado desde una fractura que se produce en el pie de la escritora.
 
La portada es hermosísima…
 
Estaba muy clara desde el principio, no quería otra portada antropomórfica, primero por cansancio, llevaba muchas portadas con un cuerpo, por lo general de mujer, desnudo, vestido, porque la temática de mis textos se presta a este tipo de imágenes; he estado muy contenta con todas las portadas pero estaba un poco saturada con las de ese tipo. En este libro es muy importante el cuerpo de las mujeres, las fracturas, las enfermedades, pero también el lenguaje para contar todo eso y la dificultad para nombrar los dolores y las enfermedades misteriosas que todavía no han sido catalogadas. Me gustaba la metáfora de una clave de sol que, de alguna manera, está expresando esa parte del lenguaje musical que, a través del ritmo, va  produciendo una impresión, acercando una idea, intentado encontrar esa palabra que no existe, haciendo variaciones, jugando con la repetición. Quería una clave de sol. Pero intervino mi padre y me dijo que una clave de sol es una imagen llena de connotaciones muy positivas; esa parte positiva está en el libro, pero enraiza las enfermedades sociales, públicas, con las neuralgias íntimas, y propuso por eso acabar la clave de sol con una punta de flecha. Es una imagen muy elegante, certera y creo que es la metáfora que mejor expresa el contenido del libro.
 
“Voy leyendo un libro (…) con el que procuro distraerme del ruido de mi propio cuerpo”. El cuerpo es un elemento ambivalente en esta sociedad, por un lado lo adornamos, lo vendemos, pero, por otro, tratamos de ‘vivir’ con la ilusión de que no nos hace falta, todo es en diferido, con distancia cibernética, como si el cuerpo no existiera…
 
Marta Sanz, escritoraEstamos en una sociedad en la que los cuerpos saludables y fotogénicos no molestan nunca, los cuerpos de la publicidad, que se pueden convertir en eslóganes para vender patatas fritas bajas en calorías o bonitos esmaltes de uñas funcionan, pero cuando el cuerpo se convierte en carne y materia y es el lugar en el que pueden brotar las enfermedades y es el sitio donde comienza la decrepitud, la vejez o la conciencia de la precariedad y la muerte es otra cosa. Entonces el cuerpo resulta molesto y se tiende a retirar de la escena literaria, de la escena pública porque estamos en una sociedad en la que la decrepitud, asociada fundamentalmente al cuerpo de las mujeres, o la falta de salud nos convierte en culpable y no interesa mostrarlo, somos eternamente jóvenes, bellos y pasamos por los filtros de la cosmética y comemos muchos cereales para ir al cuarto de baño; pero la realidad, lo tangible de ese cuerpo, las cosas sucias, las máculas, tanto del cuerpo íntimo como social se camuflan, se nos hace culpable de ellas. Hay un sustrato que comunica ‘Farándula’ con ‘Clavícula’, siendo libros muy distintos, que es la idea de que en este mundo la fragilidad está estigmatizada, porque todos tenemos que ser fuertes, resilientes, competitivos y parece que quejarse es una cosa de cobardes y algo que no debemos hacer porque siempre hay gente que está peor que nosotros. A mí eso me molesta, todos tenemos derecho a la queja pero también hay que quejarse a veces por los demás, por la gente débil que pierde la voz. No pretendo usurpar la voz a nadie pero no admito que nadie me arrebate mi propio derecho de queja.
 
Escuchando tu respuesta me vienen a la cabeza todas esas fotografías de lo distinto de Diane Arbus…
 
Está bien que lo saques a colación. Hay gente que puede no entender por qué en un momento dado de ‘Clavícula’ inserto el poema de la niña de Manila, por qué hablo de Quiapo. Contando parte del viaje a Filipinas ratifico que hay una parte de la escritura que tiene que ver con el ojo sucio, con la capacidad para ver cosas que quedan fuera del ángulo, esas cosas que no son fotogénicas, como el cuerpo de la mujer menopáusica, etc. Me niego a caer en esa especie de retórica de la hermosura del pobre, de hermosear el pobre. De lo feo hay que hablar feo, por eso en mi libro no se rehúye la escatología ni determinadas palabras que para ciertos lectores acostumbrados a un cierto lenguaje literario más estereotipado en la belleza o la música pueden resultar rechinantes.
 
¿Qué produce la inflexión de lo malo?
 
Esa es muy buena pregunta… en mi caso, más que autoficción me gusta hablar de autobiografía, porque este es un libro que surge de un cansancio de la ficción, de sentirme deshonesta con las ficciones, de no querer ponerme las máscaras de la ficción para hablar de mí misma y preferir utilizar el lenguaje como instrumento para expresar  lo que puede haber de auténtico en las experiencias que vivimos. En ese sentido hay más lenguaje poético que novelesco, en lo que la novela puede tener de novelesco. En este libro ese punto de inflexión surge de la conciencia del privilegio: empiezo a dolerme cuando tengo miedo a perder cosas, es entonces cuando empiezo a experimentar mi fragilidad, desde un punto de vista psicológico y físico, cuando me doy cuenta de que estoy viviendo una etapa dulce de mi vida, privilegiada en el terreno afectivo, con una pareja que me hace feliz, que tengo unos padres que aún me cuidan y protejo cuando lo necesito y cuando debería ser al contrario, recogiendo los frutos de una larguísima carrera literaria visible desde hace poco tiempo. Con la conciencia de que todo va bien surge el miedo a no poder disfrutar a todas esas cosas buenas. La conciencia del privilegio muta en una especie de dolor y coincide con el miedo que nos meten en el cuerpo hacia el porvenir, un porvenir que asocio a cosas malas tanto por el devenir de la biología (todos moriremos), por la menopausia, pero también con la precariedad en el ámbito económico y social, y la incerteza de no saber qué pasará cuando seamos mayores y estemos más solos y no encontremos amparo en una sociedad que es injusta y hostil. Ese es el punto de inflexión en el que tomo conciencia de que mis neuralgias íntimas y mis incertezas íntimas conectan con las incertidumbres y neuralgias de las víctimas del capitalismo avanzado. La novela hace que la autobiografía deje de ser un género vanidoso y onanista para convertirse en una suerte de género social.
 
Pienso en las veces que la protagonista rompe a llorar. ¿Se llora siempre por más cosas de las que uno cree, por cosas antiguas, de alguna manera por acumulación?
 
Marta Sanz, escritoraPues seguramente tienes razón, no me lo había planteado… cuando el llanto explota llevas una carga que en algún momento tiene que reventar, el llanto es una experiencia liberadora, ‘Clavícula’ también es la reivindicación de que todo lo que haga que las cosas que tienes dentro y que te hacen daño salgan hacia fuera, eso a mí me parece positivo. 
 
Otro de los asuntos del libro es el espacio público como ámbito en el que mostrar el dolor íntimo. Salvando las distancias, me recordaba al debate a propósito de si era lícito, estético, ético que Juan Pablo II mostrase públicamente no solo su enfermedad, párkinson, sino su desarrollo.
 
Es que creo que el dolor ha de ser público, me parece bueno que así sea, es la única manera que tenemos de aliviarlo, y estoy hablando tanto de un punto de vista de una patología psicológica, como desde el punto de vista político-social. ‘Clavícula’ es una autobiografía donde el individualismo para lo que sirve es para reflejar la necesidad de recuperar el concepto de fraternidad.
 
Nuestro tiempo es el tiempo en el que los sentimientos básicos (la inquietud y nerviosismo de los niños, el dolor de cualquier pérdida, la tristeza) se palian con medicamentos…
 
Tengo sentimientos contradictorios. Por una parte, no debemos sacralizar la naturaleza o lo natural, nos llevaría a renunciar a cosas como la anestesia, pero, por otra, tampoco deberíamos sacralizar todo tipo de soluciones civilizatorias ni aceptar cualquier farmacopeas pensando que la solución siempre está en una pastilla, tendríamos que encontrar un punto de equilibrio. No quiero ser más papista que el papa. Es cierto que estamos en una sociedad hipermedicalizada porque están prevaleciendo los intereses de unas industrias farmacéuticas muy poderosas. Esto es algo que pulula por toda la masa sumergida del iceberg de ‘Clavícula’, al igual que la idea de las enfermedades femeninas. Como el patrón para describir enfermedades es fundamentalmente masculino, hay enfermedades femeninas o sintomatologías de las mujeres que quedan en una especie de territorio de lo mágico y de lo mágico pasamos a lo psicopatológico y de ahí a ansiedades e histerias, cuando estos dolores tienen una raíz física. Hay un delgadísimo límite entre los dolores que provienen de una patología física, psíquica, moral, de presión social. Todo se combina de forma especialmente maligna en el caso de las mujeres. La escritora y amiga Sara Mesa me comentó que Hilary Mantel, una magnífica escritora, casi muere de una endometriosis. Nadie se la diagnosticaba y fue ella quien lo descubrió. Hasta entonces la trataron de hipersensible, loca, achacando todo a su condición femenina y de escritora. Este libro genera empatía con mujeres que padecen dolores misteriosos que luego no lo fueron tanto y con hombres que se están familiarizando con asuntos desconocidos sobre los que quieren saber.
 
‘Clavícula’ tiene un ritmo desquiciado, por momentos parece no saber cómo ni hacia dónde moverse, avanza a trompicones… ¿es el ritmo de la enfermedad?
 
Marta Sanz, escritoraEstá muy bien visto por tu parte y esto es algo muy importante para mí, porque relaciona el fuera del texto con el texto. Quiero que un lector, cuando lea este libro, le sirva para salir del texto, que el propio lenguaje remita a fuera del texto. Por eso todas las formas estilísticas, lingüísticas, formales, la manera de contar que elegí para este libro tratan de generar la necesidad  de mirar fuera del libro para que el lector se fije en esos dolores que están más allá de lo literario. Para conseguir eso lo que necesité estructuralmente fue fracturar la obra. De ahí la condición híbrida de la obra, donde hay narración, relatos, poemas…
 
Y fotos…
 
Sí, fotos de pies, parte desestructurada del cuerpo, y pies no mirados de una manera fetichista y erótica sino pies castigados por el viaje, por unos zapatos que hacen daño. Quería que esa desestructuración de la novela reflejara la desestructuración que produce en el cuerpo real la experiencia del dolor, como si las decisiones estilísticas, estructurales y literarias fueran el espejo de lo que pasaba en la carne. En esta novela he querido sustituir la metáfora de la máscara por la metáfora de la carne. El libro surge de una pulsión de creer con optimismo que la escritura nos sirve para poner orden en aquello que no podemos entender. Este libro surge de la experiencia del dolor. Para paliar nuestro dolor, la escritura va surgiendo así, por eso hay capítulos discursivos, líricos, humorísticos, un poema… la Marta que se duele y se duele cómicamente ha acabado de producir sus fragmentos para encontrarse con la Marta escritora que construye y da un orden. Este libro surge de la convicción de que las palabras pueden servir para visibilizar el dolor y paliar las neuralgias íntimas y sociales. 
 
Hay fármacos, pero los auténticos analgésicos son el humor, tu pareja, tus padres, la literatura y los amigos.
 
Los amigos son fundamentales, y no aparecen tantas veces en este tipo de reflexiones literarias. Los amigos me dan la medida no sólo de lo necesario de una ayuda externa que te saque de tu bola de pelusa, de tu cotidianidad, de tu cápsula del mundo de lo íntimo; los amigos están para ayudar y te ayudan, te das cuenta de lo analgésico de las historias ajenas. Yo cuento mi dolor para curarme, pero los relatos de los otros, la experiencia compartida de dolores que han padecido también sirven para aliviarme. La fraternidad y la comunicación me permiten darme cuenta de que el dolor ha de ser público para que produzca el consuelo y bienestar que nos merecemos todos. Hay veces que los materiales autobiográficos parten del resentimiento o de la necesidad de ajustar cuentas. No es el caso de ‘Clavícula’. Si existe necesidad de ajustar cuentas no es con los seres individuales sino con una organización colectiva injusta que nos hace muy infelices.
 
El ‘Comité invisible’, ese grupo anónimo francés de resistencia e intervención, resume que “no es que el capitalismo esté en crisis, sino que es la crisis misma”.
 
Marta Sanz, escritoraEstoy de acuerdo, creo que no se podría decir de una manera más concisa y más exacta. Los escritores diagnosticamos los síntomas de las enfermedades que nos produce el capitalismo avanzado; lo que sería hermoso por parte de la literatura y de la política y de los ciudadanos en general sería ser capaces de desarrollar una imaginación política de todo esto que damos por supuesto. Existe la idea de que los elementos de la ficción que hacen que sea valorada por la sociedad, en concreto la verosimilitud, han pasado al plano de la vida cotidiana para limitar nuestras posibilidades de cambio. Parece que lo único verosímil es que busquemos soluciones para mejorar o hacer más social el capitalismo, pero esto impide discutir el capitalismo mismo. 
 
Tiene que ver con los relatos que damos por buenos y, por tanto, asumimos inconscientemente como inevitables... 
 
Claro que sí. La realidad alimenta los relatos no solo desde un punto de vista temático, también retórico, y los relatos alimentan la realidad. Por eso quise escribir un libro donde no salieran conejos de la chistera, en el que la credibilidad del lector tuviera que ver con experimentar un sentimiento auténtico, no con que fuera creíble lo que le estuviera contando, sino con el deseo de compartir una idea de la autenticidad.
 
Por cierto, ¿qué tiene en contra de los abrazos?
 
Nada, digo eso en el libro porque tengo la percepción de que cuando era más joven nos abrazábamos más, nos tocábamos más, ahora respetamos demasiado esa distancia de seguridad. Me di cuenta al viajar a Latinoamérica, sobre todo en Brasil, era como un palo ante los abrazos de otras personas. ¿Por qué nos protegemos, por qué nos da miedo el vínculo fuerte? Otro de los temas fundamentales de ‘Clavícula’ es cómo hemos confundido la sensibilidad con la sensiblería.
 
Es un libro mosaico no sólo en lo formal sino también en lo temático.
 
Me gustan los textos de difícil calificación, me interesa esa incertidumbre genérica porque suscita pregunta en el lector. Estuve hace poco en la librería Muga, en Vallecas, con mi amigo Juan Vila, que es también un personaje de ‘Clavícula’, y allí Juan reivindicaba mucho el que hablase de este libro como una novela porque para él no hacerlo suponía restringir el concepto de novela y circunscribirlo a esas novelas donde lo más importante es la trama, la sorpresa permanente, etc. Esta es una novela. No una novela convencional, pero hay que rescatar ese poder omnívoro y polimórfico de las novelas no convencionales que suscitan preguntas.
 
La literatura es impura o no es.
 
¡Cómo me gusta eso! Por favor, no lo omitas. Es impura e imperfecta.
 
“Me importan más la mueca que el lenguaje que la adecenta”. ¿Qué encuentra en la mueca uno?
 
Marta Sanz, escritoraEn la mueca, en la pose, en la contractura el observador encuentra un fragmento de verdad, de autenticidad, igual que en las pequeñas cosas. Un tema que me importa mucho es el de reivindicar la legitimación literaria de las cosas comunes y vulgares, sabiendo que todos en algún momento hemos jugado a que lo único que tenía entidad literaria era la aventura, lo grande, lo excepcional. Más allá de eso, la mueca, la máscara de las ficciones incluso tienen interés en la medida en que son capaces de arañar en lo que cada uno tenemos de auténtico o de verdadero.
 
Me sobrecoge el estupor que tiene que sentir una escritora que maneja las palabras, que se constituye gracias a las palabras, de algún modo, y que sin embargo es incapaz de encontrar las palabras justas para describir su dolor. Cómo el lenguaje es al tiempo un terreno fértil y fecundo y, de pronto, lábil y sinuoso, casi imposible.
 
Toda la literatura es al tiempo un proceso de conocimiento, quienes escribimos, mientras escribimos, aprendemos cosas, también de nosotros mismos como parte de la comunidad a la que pertenecemos, el límite entre el yo y el nosotros es difuso. La literatura es una herramienta de conocimiento pero también de comunicación. Para que la comunicación sea satisfactoria y no se vea perturbada por interferencias que la malbaraten lo que tenemos que intentar es dar con el interlocutor adecuado.
 
Tengo que convocar en este momento justo a Martín Gaite, quien hizo de la búsqueda del interlocutor su Ítaca particular…
 
Es  muy difícil dar con el interlocutor adecuado. Para que haya conversación verdadera, interacción entre el emisor y receptor de los textos literarios, hay que ser cuidadoso a la hora de elegir un interlocutor. Un escritor tiene que tener conciencia de que el interlocutor existe. No me creo a quienes dicen que cuando escriben no están pensando en nadie, siempre se tiene conciencia de que al otro lado hay las personas a las que diriges tu discurso, y tienes que hacer concesiones para no hablarte a ti mismo, y hacer que tu magma sentimental o ideológico pueda llegar a los demás; esa es la esencia de la manipulación literaria o de literatura como artefacto. El hecho de tener conciencia de interlocutor no significa abaratar tu propuesta para que sea ultracomercial, no hay que confundir la conciencia imprescindible del interlocutor con el hecho de escribir cosas para llegar a todo el mundo y ganar mucho dinero, de buscar el lector-cliente. Para que mi literatura pueda ser una conversación busco un interlocutor inteligente e intrépido, que no tenga miedo de no salir transformado del proceso de lectura de un libro, de un buen libro o de un libro no tan bueno, incluso malo. Busco un lector que sepa que de los libros no se sale indemne. Eso define la eficacia del proceso comunicativo. 
 
Dígame un libro malo que le haya gustado.
 
Marta Sanz, escritora¡Jajaja, esta pregunta es muy difícil, Esther! He leído libros horrorosos que me han encantado, pero cuando un libro malo te gusta lo justificas para sacarlo de la categoría de libros malos, aunque te toque el cuerpo de una manera ilegítima… No es que no quiera contestarte, es que si he conseguido racionalizar por qué un libro malo me gusta se convierte en buen libro. Me plantea una paradoja irresoluble. Pero si se me ocurre alguno, te lo diré.
 
“El público es el auténtico enemigo”, dice, con socarronería, en la novela…
 
Sí, en clave paródica. Digo eso porque te confrontas midiéndote con los otros, entregas un autorretrato muy desnudo, muy honesto y no sabes hasta qué punto la retroalimentación que recibirás será piadosa, compresiva, empática, hay una sensación de vértigo, de miedo… es como dar un salto sin saber si te vas a dar un morrón o si unos brazos amorosos te recogerán. Pero sin los lectores, tal y como entiendo la literatura, como un proceso de comunicación, no tendría sentido ninguno.
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