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viernes, 17 de mayo de 2019cermi.es semanal Nº 346

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Cuarto de invitados

Ramón del Castillo, profesor de Filosofía contemporánea y Estudios culturales en la UNED

“El contacto con una supuesta naturaleza pura es en sí mismo un acto de consumo y un artículo de lujo”

Por Esther Peñas

17/05/2019

El jardín de los delirios (Turner). Con este sugerente título, Ramón del Castillo (Madrid, 1964), profesor de Filosofía contemporánea y Estudios Culturales de la UNED, pasea por una naturaleza nada inocente: desde el negocio que el propio sistema ha montado alrededor de ella, a los feligreses más fundamentalistas en su defensa, pasando por los desequilibrios y torsiones –con sus diferentes grados- de las ruinas, los espacios verdes, el paseo, lo bucólico de una vida campestre, el ecologismo, la psicogeografía… Atentos.

Ramón del Castillo, profesor de Filosofía contemporánea y Estudios culturales en la UNEDAl final, el capitalismo, ¿lo engulle todo?  
 
¡Esperemos que no! En muchos lugares tiene un poder de asimilación arrollador, pero al absorber tantas cosas, el sistema también se vuelve un poco loco (esto ya lo explico Baudrillard muy bien). En asuntos de ecología, es claro que lo natural, lo bio y lo verde son etiquetas de un mercado en sí mismo, a la vez que una marca con la que envolver otros mercados. Justamente por eso, la ecología social puede ser una fuerza política decisiva, porque atañe a las condiciones básicas de la vida. Rebeca Solnit escribió en 2012 un artículo que no paro de citar, “Revolutionary Plots”, en el que afirmó que plantar un huerto urbano no es sinónimo de plantar cara al poder, y que cultivar un jardín muchas veces no sirve para cuidar de este mundo, sino para evadirse de él. En mi libro intento abundar en esa ambivalencia de la ecología popular, llena de buenas intenciones, pero muchas veces evasiva. No basta con predicar a favor de una economía sostenible, ni reformar las prácticas de consumo... Como decía ella: “necesitamos abordar directamente las causas de raíz. No es causal que la palabra radical proceda del término latino "raíz"; el jardinero revolucionario no se preocupa de cultivar solo la superficie, sino que llega hasta las últimas causas (rooted causes) de la situación”. Lo importante, con todo, es que si se es radical, entonces no solo se tiene que luchar contra el negacionismo en debates de cambio climático o contra grandes empresas (Solnit ponía el ejemplo de Monsanto), sino contra la propia ecología popular que –según lo veo yo- reduce el problema a un simple asunto de conciencia ambiental y de buenas prácticas. En esta ecología popular, además, el cambio de actitud ante los problemas se hace depender de un nuevo pacto o alianza con la madre naturaleza, una especie de experiencia de reconciliación. Pero ahí está el problema: el sistema sabe muy bien cómo mercadear con esos sentimientos, y convierte a la naturaleza en “proveedora de servicios afectivos”. La industria ecológica no consiste solo en el desarrollo de mercados supuestamente sostenibles, sino en una industria de sentimientos verdes. 
 
¿Cuánto tiene el naturalismo, el ecologismo cool, de impostura o falsedad? Porque ‘necesitamos’ la naturaleza, pero la disfrutamos en casas rurales perfectamente equipadas, con ropa de marca, comemos en restaurantes carísimos… Es casi como si ‘visitáramos’ un decorado que se parece mucho a la naturaleza… 
 
Sí, es así, en el libro cuento muchas historias sobre esa ambigüedad. Por un lado, el cuerpo nos pide volver al campo porque llevamos una vida de mierda.  Pero cuando buscamos aire libre, en realidad salimos en busca de un campo idealizado, y de una naturaleza armoniosa. No queremos ver ni la dureza del campo, ni la crudeza del medio natural. Lo interesante es cómo esta idealización de la naturaleza ha corrido paralela al proceso de modernización y de industrialización. Cuanto más se vivió en ciudades, más fantasiosa fue la imagen de lo rural y de la naturaleza. Por eso, una historia del caminar al aire libre como la de la propia Solnit, es paralela a una historia de las ilusiones del naturalismo. En el libro he intentado fusionar las dos historias, insistiendo más en las ilusiones que genera el paseante ansioso de encontrar en la naturaleza lo que la sociedad le niega.
 
Nos inoculan la idea de que hay que respetar el campo, disfrutar de él, respirar en él… pero lo que quiere el sistema es que vayamos equipados perfectamente para ello y sigamos comprando. En otras palabras ¿cómo saber si nos colocamos del lado de la naturaleza, que es una opción sincera, y no inducida por el capital?
 
Esta pregunta es muy interesante, pero demasiado compleja. Nos hacen consumir un ecologismo rentable, conectado con la industria del turismo rural y con políticas de regeneración del paisaje, patrimonialistas y conservacionistas. El contacto con una supuesta naturaleza pura, poco humanizada o domesticada, poco contaminada… todo eso es en sí mismo un objeto de consumo y un artículo de lujo (dependiendo del grado de “pureza”). También es un mecanismo de distracción y compensación: si somos testigos de la existencia de  santuarios naturales, nos lavamos un poquito la conciencia. Mientras existan lugares sagrados en la naturaleza, podemos seguir pecando en la ciudad. Con todo, hay prácticas donde se aprende no a acceder a paraísos vírgenes, ejemplos de lo que deberíamos conservar o recuperar. Más bien, se enseña a experimentar de otra forma entornos nada idílicos, ni románticos, espacios nada grandiosos pero accesibles a la experiencia diaria que se pueden disfrutar de una forma más plena. No se trata de conformarse con una pseudonaturaleza, sino de romper con la lógica de la pureza.
 
“La ecología es un lodazal de biologismo y teología”. ¿Por qué no hay que fiarse de los feligreses de la Naturaleza?
 
Bueno, esa frase es de Alain Roger en su Breve tratado del paisaje. Pero hay que entender el contexto. A Roger le preocupaba que el arte paisajístico perdiera libertad y se volviera esclavo del moralismo ecologista. Roger ataca lo que él llama “verdolatría”, una veneración a lo verde, a lo vegetal, a la vida. Le pone de los nervios que un paisaje tenga que ser “una gran lechuga, o una sopa de acederas o un caldo vegetal”. En mi libro parto de algo parecido, critico la corrección política verde, pero a diferencia de Roger, antepongo la política al arte. Me preocupa que lo verde, “la verdificación”, sea un mecanismo de distracción social y no sólo un modo de censura artística. La ecología es también un lodazal de teología cuando alimenta un tipo de emociones parecidas a las que antes inspiraba Dios. Roger dice, citando a Shopenhauer, que la filosofía no debe llevar el agua al molino de los curas. Yo digo que la ecología no debe llevar aire al molinillo de una economía supuestamente sostenible. Lo irónico de todo es que el culto a la naturaleza ha crecido conforme se ha perdido la fe en la humanidad. Primero se creyó en Dios, luego se mató a Dios y se creyó en la Humanidad, pero como ahora parece que la Humanidad va a destruir el planeta y a aniquilarse a sí misma, como parece que no sabe darse a sí misma normas, entonces se busca una reconciliación con la Naturaleza. Gracias al contacto con ella, gracias a una nueva simbiosis de lo humano y lo natura, nuestros sentimientos cambiarán, y gracias a esa reforma afectiva, seremos mejores personas y saldremos del atolladero en el que nos hemos metido. En otras palabras: debemos rendir culto a la naturaleza con la misma devoción y el mismo respeto que antes merecía Dios. Solo la Naturaleza puede salvarnos. Esto es delirante, claro. Lo que pone de manifiesto es la incapacidad para darnos  normas a nosotros mismos, y sobre todo, para desarrollar formas de vida social menos crueles y más razonables. En otras palabras, manifiesta el miedo social y los límites de la imaginación política.
 
Portada de 'El jardín de los delirios', de Ramón del CastilloAfortunadamente, desde hace tiempo hay quienes creen que la ecología no necesita estar basada en la existencia de la Naturaleza (una especie de madre a cuyo seno deberíamos volver). O más aún: no es sólo que no necesite esa creencia, sino que a la ecología le iría mejor si dejará esa creencia atrás. Por eso, en  ocasiones doy a entender que el anti-naturalismo es un equivalente del ateísmo. Si nuestra sociedad quisiera ser verdaderamente ecologista, debería dejar de creer en la fantasía de una entidad llamada Naturaleza de la que nos hemos escindido y con la que deberíamos volver a reunirnos. En esa fantasía, la Naturaleza no es hecatombe, ni cataclismo, ni caos… sino solo armonía y equilibrio. Pero ¿quién ha dicho que sea así? Irónicamente, para no matar el planeta habría que empezar por matar la  fantasía de una Naturaleza armónica, fantasía que la ciencia, todo sea dicho, ayuda a desmoronar. Si nuestra sociedad quiere realmente salir del atolladero ecológico, tendrá que actuar con la ecología como antes lo hizo con la religión. No es verdad, por lo demás, que este ecologismo social sea una expresión de egoísmo humano. Se puede dejar de creer en la ficción de La Naturaleza y ser cuidadoso con el medio ambiente, a la vez que con el entorno social. Puede que esto se considere otro gesto de una modernidad irrespetuosa con ciertos sistemas de creencias, un gesto de racionalismo sin sensibilidad. Pero no es así: los no creyentes no carecemos de emociones. Los creyentes que sienten tanto amor por la naturaleza, tendrán que tolerar nuestras emociones… y también, nuestras razones para afrontar el problema de una forma distinta. Por otro lado, también se deberá admitir que el amor a la Naturaleza, no es la única forma de sentirse unidos a ella (en caso de que realmente podamos distinguir una supuesta Naturaleza al margen de la cultura).
 
¿Por qué el respeto a la naturaleza delata nuestra incapacidad para embarcarnos en una discusión política sobre el capitalismo?
 
Porque el propio capitalismo daña las bases de la vida humana, necesita alimentar la fantasía de que, aunque nuestras propias vidas sean una mierda, nuestro estilo de vida y modo de producción económico es respetuoso con la naturaleza. No es causal que las reservas naturales se califiquen tan a menudo de lugares sagrados (como los parques nacionales de Estados Unidos). Con todo, aunque en el libro insisto en distintas trampas de la ética verde, hay muchas experiencias en las que ese “respeto a la naturaleza” no está disociado sino, al revés, entrelazado con un enfrentamiento al capitalismo de la devastación. En esos casos, en vez de hablar abstractamente de respeto a La Naturaleza se prefiere hablar de cosas más concretas, de procesos naturales concretos y de entornos y de situaciones históricas. 
 
El libro también se detiene en las ruinas, pero no en las simbólicas, sino en las que han dejado los distintos pelotazos urbanísticos, mucho menos poéticas…  
 
Sí, dedico mucho espacio a las ruinas en el libro, pero a las de ahora, a los restos de fracasos anunciados, inmobiliarios y urbanísticos. Las ruinas ya no son testimonios de un pasado admirable venido a menos, sino residuos de un progreso imposible. La ruina simboliza el desarrollo que no llega y no la decadencia del desarrollo. Lo irónico del todo es que ya hay turismo en torno a estos desastres del sistema. Se pueden organizar excursiones por autopistas inacabadas, por carreteras que no llegaron a usarse, o por aeropuertos fallidos. 
 
¿Somos conscientes de hasta qué punto es importante la psicogeografía en nuestra vida? 
 
Los efectos del espacio en la psique humana son descritos y estudiados de muchos modos: en la literatura, en las artes audiovisuales, en las ciencias sociales, en el urbanismo, el paisajismo, la ecología… Hoy día, como en muchos otros ámbitos, empieza a imperar el análisis neurocientífico de los efectos de los ambientes en el cerebro, pero a veces estos  estudios llegan a conclusiones de Perogrullo. En el libro explico las dos cosas: cómo la neurociencia coloniza el estudio del espacio, y cómo siguen vivas las ideas de surrealistas y situacionistas en la actualidad. Con todo, pese a que critique más a los neurocientíficos que a los activistas, creo que gracias a sus ideas ha calado en la población la idea de que la calidad de vida no tiene que ver solo con cosas como la toxicidad del aire o del agua, o con la contaminación acústica, sino con muchas otras  que no se miden ni se calculan tan fácilmente: la ordenación del territorio, el diseño de espacios públicos, la libertad y el control del movimiento peatonal y del tráfico rodado, la construcción de residencias privadas, el trazado urbano, las comunicaciones y la presencia de zonas verdes. En el libro ataco la “ecología positiva” de una forma parecida a como algunos colegas míos atacan la “psicología positiva”. Mis amigos Edgar Cabanas y Eva Illouz acaban de lanzar con su libro Happycracia una campaña internacional contra el mercado de la felicidad. De algún modo, en mi libro lanzo otra campaña paralela contra la industria del amor a la naturaleza, o contra la verdocracia, si se quiere decir así.
 
Si caminar es una apertura al mundo, ¿es posible caminar en una ciudad como Madrid, entregarse a una deriva?
 
Sí, es posible, en Madrid, en Barcelona, en Bilbao, en Sevilla, en Vigo, en muchas ciudades, por qué no. El problema es que los grupos que la practican a veces siguen las reglas de siempre y caen en lugares comunes. Es fácil derivar por una ciudad y reproducir con ligeras variaciones métodos y tópicos que pusieron de moda los surrealistas en los 50, los situacionistas desde los 60, o las tácticas de la psicogeografía británica de los últimos años. Algunos escritores de viajes también hacen circular sus propios métodos. Sea como sea, hay que admitir que la deriva ya no es una arte exquisito, ni un acto subversivo, sino otra forma de turistear. En mis cursos, uso el ejemplo de la revista de moda y belleza Harper’ss Bazar, que publicó un artículo sobre cómo derivar por las ciudades. Leerlo no tiene desperdicio. Distintas asociaciones y movimientos sociales fomentan formas de caminar que intentan ser menos superficiales. Se practican, no para evadirse de la vida diaria, sino al revés, para sumergirse mucho más en ella, de todas sus dimensiones. El espacio urbano también cambia gracias a estas prácticas: no me refiero a la percepción o relación emocional con él, sino a algo más sencillo: se adquiere otro conocimiento de las situaciones sociales de distintos barrios y zonas. Hay derivas que sirven para adquirir más conciencia política, pero no de forma abstracta, sino literalmente, a pie de calle. Supongo que la antropología urbana está estudiando a grupos dedicados a caminar (muy distintos)  igual que ya ha estudiado a los grupos que cultivan huertos. Si no lo está haciendo… que lo haga… porque hay mucho que aprender. Un problema de la psicogeografía es que enfatice demasiado los efectos del espacio en la psique y el cuerpo individuales, en la experiencia particular, cuando en realidad tiene que ver con lo colectivo, con el “cuerpo social”.
 
¿De qué modo, al igual que el paseo situacionista, podemos convertirnos en amantes de la naturaleza subversivos?
 
Esta idea es muy interesante. Hay un tipo de paseo por la naturaleza que puede funcionar de manera parecida a como opera el paseo urbano situacionista. Por ejemplo, en vez de buscar una fusión pasiva con el entorno, o respetar los ideales conservacionistas, se podrían crear desviaciones o equívocos (detournements) o interacciones más delirantes. El land art encontró distintas forma de intervenir y resignificar espacios naturales, pero desde entonces han surgido muchas otras formas en las que el arte y la ecología se han mezclado. Se pueden hacer marchas colectivas por el campo, a medio camino entre las performances y las manifestaciones políticas, y también hay muchas otras acciones que consiguen poner de manifiesto las múltiples relaciones que tenemos con el ambiente, algo mucho más complejo que el “amor por la naturaleza” al que tanta publicidad se le da.
 
En el libro hablo mucho de los paseos por el campo, pero critico la idea de que el paseo al aire libre serene y que el contacto con la naturaleza solo inspire buenos sentimientos. Esto es otra idealización que también le sirve al mercado. ¿Quién ha dicho que la Naturaleza es siempre bella? Ni el propio Romanticismo, que puso de moda el paseo al aire libre desde el siglo XIX, se redujo a eso; también hablo de lo sublime, y hasta de lo siniestro. Hoy día, la dimensión terrible y aterradora del paseo se ha olvidado. Parece ser que el campo se ha reducido a un espacio sanador, reanimador, revigorizador. Se ha olvidado su dimensión intrigante y misteriosa. En el campo también nos podemos perder, no solo física, sino mentalmente. El paseo no solo sirve para conectar con el interior, con lo que está dentro de sí. También puede colocarte fuera de sí.  La naturaleza altera, no solo serena; produce extrañamiento, no solo reconocimiento. Puede, además, excitar los sueños más raros y contener ella misma pesadillas. También un tipo de belleza rara, extraña. 
 
¿Cuáles son los lugares verdes más auténticos para usted? 
 
Ha,ha,ha... Después de lo que expongo en el libro, la respuesta sería que la palabra “autenticidad” es parte del problema, sobre todo, cuando con “auténtico” se quiere decir “puro”, “no contaminado”. No deberíamos preguntarnos qué lugares nos parecen más auténticos, sino por qué hemos acabado convencidos de que la autenticidad es algo deseable. La búsqueda de lo auténtico es una trampa. Y sería interesante preguntarse quién sale beneficiado de ella. Pero si por “auténticos” te refieres a “reales”, entonces el debate es otro. Hay lugares que no son simples proyecciones de fantasías, que no están hechos a imagen de ellas. Lo más probable es que las descubramos por casualidad, o que se produzcan de forma caótica. Pueden ser temporales y frecuentemente desaparecen. Serían algo así como “zonas verdes temporalmente autónomas”, aunque este idea suena demasiado a ecología anarquista cuando en realidad –como pone de manifiesto el libro- he aprendido a pensar sobre estos problemas de mano de muchos marxistas, y a veces –ya se sabe-- los marxistas critican a los anarquistas, pero esta discusión la dejamos para otro rato… ¿te parece?
 
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