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Cultura

Julia Escobar, escritora y traductora

“La familia es una herida abierta”

16/09/2016

Por Esther Peñas

Rafael Lillo es un enfermo cardíaco. Por momentos pedante, presuntuoso, necio… por momentos tierno, infantil, divertido. Un reaccionario canónico. De los que se hacen querer a pesar suyo. Destila sus reflexiones sobre la enfermedad, el dolor, la espera hospitalaria, el sufrimiento, lo que sostiene, de lo que se huye, lo que sana en la última entrega de la colección ‘Empero’, promovida por el CERMI, ‘San Judas 27 (La catedral del dolor)’, Ediciones Cinca. Su autora, Julia Escobar (Madrid, 1946) vuelve a blandir su estilo incisivo, cómico, exacto.

Julia Escobar, escritora y traductoraLe devuelvo la pregunta del poeta Novalis que sirve de pórtico para el primer capítulo, “¿es la enfermedad un camino, un fenómeno de gran sensibilidad, a punto de transformarse en un poder superior?” ¿Es, la enfermedad, una vía de ascesis?
 
 Sí, sí lo es, definitivamente. La enfermedad te pone a prueba, y la ascesis se consigue a base de pruebas. La enfermedad es una prueba enorme, una desgracia tremenda, digámoslo sin enmascararlo.
 
Este Rafael Lillo, el protagonista de la novela, parece tener las ideas muy claras, para él la asociación es algo siniestro y coercitivo, la democracia deviene en cacocracia, las ONG siempre, pese a su nombre, dependen de los gobiernos… Digamos que no es un tipo fácil…
 
Es un hombre mayor que ha pensado mucho, ha reflexionado mucho, ha vivido mucho, y tiene las ideas claras, en efecto. Es eso que llamaríamos ‘un reaccionario’, una persona que añora modos y estilos que ya son imposibles y que se rebela, reacciona, porque reaccionario es el que reacciona, en definitiva, no sólo el que quiere volver al pasado, sino el que reacciona ante las agresiones del presente.
 
¿Y ahí, en esa reacción contra las agresiones del presente coincide el protagonista con la autora?
 
Un poco sí, pero no de una manera total, date cuenta que cuando construyes un personaje le atribuyes cosas tuyas, la suya es mi experiencia, lo digo en el aviso, es la experiencia de mi enfermedad, he pasado por ello, y Rafael tiene cosas que yo he pensado, pero al construir un personaje, que no eres tú, que es otro (por eso elegí un hombre, para que el extrañamiento fuera aun mayor y no hubiera tanta afinidad), le tienes que arropar porque los personajes tienen vida propia, van pidiendo cosas que no se te habría ocurrido darles, pero que ellos mismos lo requieren, lo necesitan.
 
Vaya, que Julia Escobar y Rafael Lillo se llevan bien…
 
Sí, aunque le doy algún que otro rapapolvo con alguna observación que él hace, por ejemplo cuando dice que se considera sexualmente atractivo…
 
Es muy divertido, sobre todo porque el lector sabe quién está hablando…
 
Claro, él lo piensa, pero no es real, dada su edad y sus patologías. Forma parte del sentido del humor que impregna la novela.
 
Portada del libro San Judas 27 (La catedral del dolor)¿Cómo es un “católico con desencanto”?
 
Alguien que, creyendo y entrando en la vía que le han enseñado, se ha sentido defraudado por la evolución de las cosas que pasan en la iglesia católica; hay muchísimos católicos poco vaticanistas, y poco ortodoxos.
 
¿Está de acuerdo con esa sentencia de su personaje que afirma que “todo lo que rodea a la novela es sucio y triste”?
 
Eso es el personaje el que lo dice, porque es incapaz de escribir una novela y no tiene abuela, se elogia él solo; pero es un frustrado, y esa sentencia es fruto de un arrebato.
 
¿De qué depende que un enfermo prefiera la ignorancia a la consciencia de su enfermedad?
 
De su felicidad, del hecho de encontrar un modo u otro de protegerse. Mi protagonista pone en práctica ‘el egoísmo del cardíaco’, asume que está enfermo, tiene que defenderse y, para ello, tiene que dejar de querer a los demás, porque es lo que él hace, lo intenta, trata de alejarse de todo tipo de afectos, no lo consigue, y le va muy mal. Quienes niegan totalmente la enfermedad y la relegan al olvido intentan también protegerse.
 
Hay enfermedades con mayor prestigio que otras…
 
Hay jerarquías, sí, es verdad, la enfermedad cardíaca es de las más prestigiosas, muy favorecida desde el punto de vista de la percepción de los demás, suscita la querencia de protegerlo, pero no es la peor enfermedad, ni mucho menos, lo digo porque ahora tengo otras enfermedades añadidas y lo puedo decir convencida. 
 
Esto que dice Rafael Lillo de que “todos somos tontos”, ¿se lo aplica él?
 
Sí, sí, y tiene razón, todos somos tontos, claro que unos lo son un poco más… Es verdad, pero no hay nadie tan tonto que no pueda decir una cosa inteligente ni nadie tan inteligente que no pueda decir una tontería.
 
Nadie se considera tonto, el sentido común quizás sea el mejor repartido porque nadie dice adolecer de él…
 
Hay muchos que están pendientes siempre de la estupidez ajena, que se convierten un poco en el policía y el censor de la estupidez, y esa es una actitud muy arrogante porque ¿quién dice que no somos estúpidos? Con la de tonterías que decimos a lo largo de la vida…
 
Explíqueme algo: “En la familia, el amor está en otra parte…”
 
Eso sí que lo pienso yo, es mío, pienso que la familia es una herida abierta, algo terrible… es importantísima, fundamental, necesaria, lo que nos sostiene a todos, pero un amor imposible, cuando la necesitas no está preparada y cuando te necesita tú no estás preparado, hay un desencuentro constante en las relaciones familiares, no digo que no haya excepciones, pero lo ves en todas partes, quiebras, desencuentros, susceptibilidad… y todo ello solo puede entenderse porque hay mucho amor, pero un amor que no se sabe dónde está, esto es algo que me preocupa, me obsesiona, me parece importante destacar.
 
Julia Escobar, escritora y traductoraY sin embargo, hay un tegumento tan fuerte, es tan complicado quebrar esos lazos…
 
Sí, sí, es la única relación perdurable que pasa por encima de todo, del odio, del desencuentro, de las traiciones… solo por su propia fuerza se mantiene. Un amigo te hace una putada (perdona que una señora respetable y mayor hable así), digamos que te hace una faena y cortas con él, pero es difícil cortar con la familia, resulta como amputarse un miembro, siempre hay algo que tira.
 
¿Cuándo conviene quebrar esos lazos, o por lo menos intentarlo?
 
Es imposible… Él lo intenta, pero no está contento con el resultado, no alcanza la felicidad, trata de suplir esa ausencia con la obsesión por el doctor San Judas, pero no es su familia…
 
¿Qué nos enseña el dolor?
 
A comprender mejor el no dolor, la ausencia del dolor, a valorar más los momentos de salud, de descanso, es una manera de revalorizar la vida. No digo que haya que sufrir, pero si sufres esa es la parte positiva…
 
¿Dónde reside la extraordinaria eficacia de la rutina para los enfermos?
 
Es cierto que Rafael Lillo hace un elogio de la disciplina, es parte de la construcción del personaje; él tiene un fondo muy rebelde, muy individualista, y piensa que eso puede ser el origen de sus males, por eso busca la disciplina, algo que le haga sentirse vivo en el sentido de tener referencia, si tiene que hacer una cosa a tal hora es que estará vivo para hacerla, tener que hacerla implica una supervivencia. Ese afán de disciplina la tiene mucha gente muy rebelde, en sus picos de sensatez añoran cierta disciplina, esos psicólogos tan denostados por Lillo hablan de ello. 
 
¿Cuál es peor, el dolor moral o el físico?
 
Esa es la pregunta del millón… debería de decir que el dolor moral, pero no sé qué decirte, son diferentes. El dolor físico entraña también dolor moral, mientras que el dolor moral no necesariamente entraña dolor físico… es quizás la diferencia. El dolor físico es, por tanto, peor, porque entraña ambos. Y desgasta más.
 
Julia Escobar, escritora y traductora¿Crea adicción la enfermedad?
 
Por supuesto, y toda una serie de mañas y artimañas que algunos utilizan de manera negativa intimidando a los demás y chantajeándoles.
 
¿Se puede hablar de amistad sin conocer detalles importantes de la vida del otro, como Rafael y el doctor San Judas?
 
No hay amistad entre ellos, el doctor San Judas le considera un enfermo más, que le cae bien, pero que no lo incorpora a su vida ni hace nada especial excepto tomar café con él; Lillo sí se considera amigo del doctor, pero no hay amistad, hay obsesión. 
 
¿Puede entenderse el suicidio de un ser querido?
 
Difícilmente, no tengo esa experiencia, pero tiene que ser algo que pone en cuestión tu comportamiento con esa persona, y en el caso de un hijo mucho más.
 
¿Qué puede llevar a una persona a tomar esa decisión trágica, irreversible?
 
Depende de la edad, cuando se trata de adolescentes los padres no remontan nunca, se echan la culpa, se consideran culpables por no haber podido brindar a su hijo la felicidad suficiente como para no quitarse la vida, pero eso no vale para todo el mundo. Una persona adulta que toma la decisión tiene otro cariz.
 
Por cierto, ¿cómo conoció a Rafael Lillo?
 
En el hospital… no diré que en la misma habitación, porque él es hombre y yo mujer, lo veía mucho en los pasillos, hablábamos y así pude entenderle…
 
¿Qué ha sido lo más gratificante de escribir esta novela? 
 
Publicarla, porque escribirla me salió del alma, no tuve ninguna dificultad, como en mis anteriores novelas la monté, la organicé, la estructuré… Esta ha estado más conectada con mi experiencia, desde ahí ha sido más fácil, más sencillo hablar de todo esto, y ha facilitado poder transmitir a los demás un tema tan complejo y subjetivo como la enfermedad. 
 
Es curioso que siendo una constante en el ser humano no haya sido un tema muy frecuentado en literatura…
 
Hay excepciones, sin compararme, por supuesto, ‘La montaña mágica’, de Thomas Mann, o ‘Corazones cicatrizados’, de Max Blecher… pero es cierto, no es el tema favorito de los escritores.
 
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