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viernes, 23 de diciembre de 2011cermi.es semanal Nº 16

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Entrevista

Julián Barriga, periodista

“La sección del tiempo en los telediarios ha roto toda la espiritualidad del hombre de campo”

Por Esther Peñas

19/12/2011

"Calleja del Altozano. Memorias de un lector inexperto” (Beturia Ediciones) recoge retazos de recuerdos, remembranzas campesinas y evocaciones líricas del periodista Julián Barriga (Cáceres, 1943). Unas memorias atípicas, que compaginan vivencias y lecturas, personajes y sabiduría de las cosas. Sorprenden porque no hay ni rastro –se deja entrever, pero poco, casi con pudor- de su faceta profesional, y se descuelgan porque recala en autores y textos de los que emocionan.

Estas memorias se componen a partir de algunas de las anotaciones que ha ido garabateando a lo largo de los años. ¿Ha sido complicado seleccionarlas?
No, hay sido muy placentero desbrozar las libretas; los textos publicados los he elegido un poquito al azar. Podían haber salido diez libros como este. Son anotaciones escritas casi todas ellas en fines de semanas, salvo algún lapso de tiempo, unas vacaciones, un puente…y la selección la hice casi matemáticamente, escogiendo doce o catorce anotaciones por año, tres o cuatro por estación. Me ha supuesto más esfuerzo la reescritura, pero la relectura es lo que más me ha entusiasmado.

¿Qué es lo que más le emocionado de releer esos escritos?
He llegado a la conclusión de lo fuerte y terrible que es el olvido, un fuego que lo arrasa todo. Mientras lees algunas cosas escritas hace muchos años piensas: “¿Cómo es posible que esto lo haya olvidado?”

Cuatro capítulos, correspondientes a las cuatro estaciones. ¿Porque son los instrumentos de medición que rigen el campo?
Dudé en cómo estructurarlo. Pensé en hacerlo por años, pero podría haber resultado un tanto repetitivo, así que sin mayor determinación escogí las estaciones. Más que meteorológicas, aunque también, son emocionales, porque la tierra en la que están escritas procura sentimientos de verano, de primavera, etc.

Por cierto, ¿por qué cada estación lleva como pórtico unos versos del mismo poeta, Juan Ramón Jiménez?
Es uno de los que más huella me han dejado; de los primeros poetas importantes que descubrí fue a Juan Ramón. Es inabarcable. Lo he ido madurando y reinterpretando con los años. Me costó alcanzar el soporte intelectual para comprender en toda su extensión ‘Espacio’. También me gusta mucho Cernuda, Machado, que es más sencillo pero no menos profundo, Claudio Rodríguez…

Vida y literatura, que componen a  partes iguales este libro, ¿acaso no es lo mismo para un lector?
Terminan entrecruzándose, es cierto, a veces dudas de si algo lo has vivido o lo has leído… ocurre.

Vida y literatura. Que se lee poco, nos lo dicen las estadísticas pero, ¿qué tal se vive en España?
No peor que en otras partes, es tan diversa que los placeres son variados y fantásticos todos ellos. Se vive mucho en la calle, en el campo, y en la diversidad y diferencia está el valor y la importancia de las cosas. Alguno somos en esto tan acendrados que nos hemos limitado por aquello de que nos gustaba mucho nuestro reducto campesino.

¿Se ha privado de muchas cosas por disfrutar de su huerta?
Sí, de algunas, por ejemplo me he privado de hacer viajes. Todo el tiempo me parecía poco para gozar de lo que tenía. Pero he aprendido que hay gente muy cosmopolita que no ha salido de la aldea. Otra vertiente bonita de mis observaciones son los tipos que recojo en mis anotaciones, muchos de ellos con una conversación superior a la de cualquier intelectual de ciudad, con un sentido común extraordinario, con una pasmosa erudición de las cosas, una sensatez… Un personaje muy presente en mi dietario, V.C., era un portento de sabiduría e inteligencia sin saber ni escribir ni leer. Mis charlas amistosas con él han sido deliciosas. Si el mundo se destruyera y la Humanidad perdiera su sabiduría, mi amigo V.C. reestablecería la subsistencia al menos, lo sabía todo sobre el campo…

¿Por qué utiliza las iniciales si en un pueblo, sospecho, todo el mundo será capaz de saber de quién se está hablando en cada momento..?
Era una trampa que no lleva a ninguna parte, en efecto, en mi pueblo todos sabrán de quién hablo. He debido de jugar a no poner la inicial correcta, porque no he despistado a  nadie.

¿Qué le ha reportado este libro?
Describo un mundo tan bonito de observar como difícil de comunicar, así que he tenido que romper ese sentimiento de no sincerarme. En el campo, los sentimientos no existen, es decir, no se comunican, ni se comparten. Y es un tabú que he quebrado. He perdido el pudor de contar las cosas hermosas que producen alegría o contento. Hay un pasaje que cuento, y que lo refleja. Estaba una mañana estupenda y bellísima de primavera, con una explosión superior de olores, de colores, de animales, de plantas… estaba con mi amigo el pastor, y estuve tentado de decirle: “¿Te das cuenta de cuánta belleza nos acompaña’”, pero no te atreves, como mucho apuntas: “No está mal la cosa…”

¿Qué echa en falta de la ciudad cuando está en el campo y viceversa?
Como practico esa dualidad, me la fabrico y la ejerzo con tanta frecuencia, no ha lugar echar en falta nada. Disfrutar del campo y de la ciudad con tanta asiduidad es una maravillosa y gran fortuna.

¿La aldea preserva la inocencia que corrompe la ciudad?
No, no, hay romper mitos; el campo es más complicado que lírico, como sus gentes. Las pasiones, las codicias, son iguales o peores que en la ciudad. Las personas somos iguales en todas partes. Por eso insisto tanto exponer de manifiesto la importancia y la suerte de quienes gozamos de esa dualidad ciudad/ campo.

¿Vivir a caballo entre el campo y la ciudad produce jet lag?
Bueno, a mí me basta un cuarto de hora para asimilar el campo y otro cuarto de hora para asimilar la ciudad, son muchos años de esa peripecia vital.

Leo en sus memorias que “en la huerta uno comprende el universo”.
Me refiero a una sensación de sosiego; cuando tu inteligencia está serena tiene más oportunidades de entender las cosas. Quizás por eso, ciertas tareas profesionales complicadas las he hecho en el campo. Otro de los grandes placeres es leer los periódicos en el campo. En verano, durante años, me llevaba mi brazada de periódicos a la sombra de una peña, junto a un manantial que salía de una roca, y mis compañeros en aquella soledad asombrosas eran las perdices, águilas, conejas, liebres…

Son unas memorias atípicas…
Sí, sin duda, es un libro raro, muy contradictoria, muy a contracorriente, no entiendo a quién le puede interesar… a alguien tan chalado como yo mismo…

¿Por qué se calificas como lector inexperto?
Porque no soy un lector académico, he ido leyendo a trompicones, un día veía una recomendación en un suplemento literario y lo compraba para leerlo el fin de semana. ¿Y por qué leía ese libro y no otro? Por impulso. Así he conformado mis apetencias lectoras.

¿En qué derroteros creativos andas zascandileando?
Hoy, por ejemplo, he recibido un libro fantástico, una historia de los escritores, artistas o intelectuales que se han retirado al campo para construir su obra. Probablemente me sirva para un libro que llevo bastante avanzado y cuyo título bien puede ser ‘La tribu de los arcadios’. Analiza aquellos personajes que se han visto impulsados a fabricar su otra vida, casi siempre en el campo, para no tanto seguir construyendo sino para esponjarse, descansar, reparar fuerzas y volver al caudal de su vida ordinaria. El campo, que en el mundo urbano es una referencia de gente entre caciquil y retrasada, también es un recurso intelectual y espiritual.

¿De qué manera el campo ha configurado su personalidad?
La gente en el campo es muy reservada, es interesada, más de lo parece,  no se descubre en una primera intención, ya lo comenta Chèjov. A la gente del campo hay que ganársela, y es complicado. Todo eso marca. El campesino nunca te lanzará su primera idea, espera y, cuando entienda cómo eres, opinará, mientras tanto, escucha. Eso, queda grabado en el inconsciente.

¿Es un lujo el campo?
Sí. Es un lujo al alcance de todos. Un lujo es una casa en el mar, un yate… pero una huerta digamos que es un lujo muy asequible. Además, basta con entender un poco y con tener la sensibilidad suficiente para apreciar ese tesoro y ese disfrute intelectual.

¿De qué sana el campo?
Nos da templaza y serenidad, y no pidamos más… te aporta unas posibilidades de gozo importantísimo, signos que no te da la ciudad. Qué duda cabe que La Fuente del Berro o el Parque del Retiro son bellísimos, pero el patio de una casa de pueblo, una huerta, aparte de diferente, tiene más aspectos sensitivos y lúdicos que la ciudad.

¿Qué es lo que más le gusta de la aldea?
Mujeres mayores de los pueblos, surcadas de arrugas, que han sufrido lo que no está escrito, probablemente más que los hombres. Qué maravilla cuando se abren y te cuentan sus vivencias…

¿Qué empuja a alguien a publicar sus memorias?
En mi caso, el hecho de que personajes como los que he ido conociendo en mi aldea estén desapareciendo. Una de las razones que me animaron a  publicar el libro fue la pérdida de todas estas señas importantes que han venido de una cultura en trance de desaparición con una rapidez enorme; han arrumbado el gusto por la conversación campesina, pero todavía queda, y uno de los grandes placeres, al nivel de Epicuro, es conversar en la huerta, a la sombra de un frutal, comentando lo que ocurre en el mundo y en la naturaleza.

Hoy en día, parece que el turismo rural es un valor en alza…
Sí, se ha puesto de moda la rural, pero a la gente de ciudad que va al campo le ocurre como cuando vamos a otro país, que no entramos en la sociedad como no nos sentemos en casa de una familia turca, por ejemplo. Es decir, que si no trabamos cierta relación con la gente de allí, no nos enteramos de nada.

Un pensamiento palpita a lo largo del libro, la importancia que el periódico, como sustento vital, casi, tiene para usted. ¿Qué le produce saber que es un producto abocado a la extinción?
Tendríamos que discutir si el buen periódico, en el horizonte más inmediato, perderá el soporte en papel… en cualquier caso, lo importante es el contenido. Me apena más que los periódicos actuales están peor construidos que los que a mí me han formado y en los que he hecho vida profesional. Cada vez hay más prisa y menos recursos humanos. Los suplementos literarios, por ejemplo, hasta hace no muchos años los tenían todos los periódicos. Mi vida literaria la he construido leyendo los suplementos literarios..

El mundo rural que nos presenta, que nos transmite, ¿también está en llamado a desaparecer?
Le queda cuarto y mitad, lo que describo en mi libro ya no existe; mi calleja del Altozano ya no es la que he descrito. Queda poco del campo, pero todavía queda. Ten en cuenta que yo he vivido en la Edad Media, lo digo muchas veces, he conocido el arado romano, por ejemplo.

¿Piensa mucho en Dios, la gente del campo?
La mujer campesina es religiosa, el hombre, cuando le sube el grado en sangre, también. El campesino es descreído, cree en el dios que gobierna la atmósfera, los vientos, el pedrisco. Las mujeres van a misa, los hombre se echan un cigarro mientras. Pero el sentimiento de trascendencia lo tienen quizás en mayor dosis los hombres campesinos que los de ciudad, quizás por aquello de que es un dios tornadizo el que gobierna su vida. Aunque quizás esta reflexión, con la llegada de la sección del tiempo, haya cambiado. Desde luego, la sección del tiempo en los telediarios ha roto toda la espiritualidad del hombre de campo.

¿Para cuándo una incursión autobiográfica sobre su etapa de periodista político, usted que has vivido en primera persona la Transición?
Lo que me divertía de escribir este libro era que nadie supiera quién era quien lo escribía. En el campo, apenas si saben a qué me dedico profesionalmente. Ahora estoy con un trabajo precisamente de Transición Política, y en los escenarios del libro me dedico a esas cosas.

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