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viernes, 23 de septiembre de 2016cermi.es semanal Nº 227

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Los raros

La sombra de Adelaida García Morales

Por Esther Peñas

23/09/2016

Adelaida García MoralesAdelaida García Morales es la mujer con la mirada más triste del mundo. Esta observación, más propia de un narrador omnisciente decimonónico que de un periodista, acaso pueda ser refutada. Tal vez alcancen a interponerse en su categórica tesis otras miradas en liza. La ‘madre migrante’, Florence Owens, el clásico de Lange. ‘Etant Donnés’, de Duchamp. La Piedad, de Miguel Ángel. Juliette Binoche en 'Camille Claudel'. Se me ocurren. Pero la de Adelaida García Morales siempre ejerció ese poder hipnótico del abismo. Es imposible sustraerse de ella. Al mirarla (en fotos, porque apenas se prodigaba en los mentideros, en los palcos de la intelectualidad, en los mármoles donde se discute el canon de moda, en los medios de comunicación), al mirarla, digo, uno enferma de esa misma melancolía que discurre por ella. Es imposible no sentirse interpelado en lo más íntimo. Esa mirada de mujer antigua (de otra época, de otro espacio) derrama un tormento sin consuelo posible.  
 
Basta leer sus novelas para darse cuenta de la enorme turbación interior de quien escribe. Desde esa hermosísima narración que estremeció en cada línea y que Víctor Erice, su marido, llevó al cine, ‘El Sur’, a otras como ‘La lógica del vampiro’ o ‘El silencio de las sirenas’, quizás su mejor novela. 
 
Poco se sabe de su vida. Poco se supo de ella después de su muerte, tan discreta. Acaba de publicarse una recreación de sus últimos días escrita por Elvira Navarro. A partir de una anécdota real, la ficción. Al parecer, García Morales acudió a la delegación de Igualdad pidiendo cincuenta euros para poder visitar a su hijo en Madrid, el que vivía con su padre, Erice. 
 
Ella vivía en Dos Hermanas. Eso también nos dice algo. 
 
Su prosa, una poética de mínimos, un despojo de recursos, limpia en lo exacto, generosa en lo sugerente, envuelve como ese canto que permitió a Orfeo transitar por el infierno y sobrevivir (de alguna manera) a él. La muerte, el amor absoluto (amor fou, del que hablan los franceses), la pérdida de identidad, las atmósferas claustrofóbicas o la soledad son sus heridas literarias. Escribe desde la memoria, y eso deja huellas.
 
Adelaida García MoralesSiempre hay una fuga en lo que cuenta. La del que cuenta.
 
Apenas diez líneas nos hablan de su vida en Wikipedia. Uno recuerda aquello que escribió Maupassant en su relato ‘La muerta’: “No voy a contar nuestra historia, ya que el amor sólo tiene una historia, que es siempre la misma. Yo la conocí y la amé. Sólo eso.” Como si la biografía de García Morales fuese la misma biografía de siempre. Diez líneas bastan. Diez líneas que proyectan una extensa sombra, sinuosa, a diferencia de la del ciprés, e inquietante. 
 
Nació en Badajoz, en 1945. No se especifica el día.  Sí el de su muerte, 22 de septiembre (cuando comienza el equinoccio de otoño, el tránsito). A los 13 años se trasladó a Sevilla, de donde eran sus padres, donde vivió gran parte de su juventud. Se licenció en Filosofía y Letras en 1970 en Madrid, donde también estudió escritura de guiones en la Escuela Oficial de Cinematografía.
Fue profesora de secundaria de lengua española y filosofía. Fue modelo y actriz (formó parte del grupo de teatro Esperpento, como Alfonso Guerra). También traductora en Argelia.
 
Irrumpió en el mundo literario en 1985, con dos novelas cortitas que Anagrama publicó en un único volumen, ‘El Sur’ y ‘Bene’. La primera de ellas se erigió como un rotundo salmo a la nostalgia, añoranza de esa falta que nos duele a todos. El sur como espacio ausente. Como territorio inaccesible.  
 
‘El silencio de las sirenas’ cosechó el Premio Herralde de Novela. Una historia simbólica en la que la ternura, la entrega que disuelve, la zona errática entre lo real y lo ficticio, entre el sueño y la vigilia, entre la vida y el trance emergen en un continuum. Más tarde recibiría el Premio Ícaro, concedido por Diario 16.
 
Ya está. Uno puede rastrear en internet, ese macrocosmos en el que nadie queda impune de pagar peaje y halla poca cosa… vivía con su hijo mayor, se divorció de Erice, dicen que perdió la cabeza y la mirada (como si esto que llamamos vida no fuera ya con ella), que estaba descontenta con sus últimas entregadas literarias (la acuciaba la falta de dinero, y ella, tan perfeccionista, tan neurótica con las palabras, tan sutil, tuvo que conformarse con dos textos de factura de oficio pero lejos de lo que acostumbraban sus títulos. ‘Una historia perversa’, previsible, con exceso de lugares comunes, y ‘El testamento de Regina’, que parte de supuestos de difícil aceptación que lastran de inverosimilitud el grueso del argumento).
 
Pero nos queda también ‘Las mujeres de Héctor’, ‘La tía Águeda’, ‘El accidente’, ‘El secreto de Elisa’. El suyo es un estilo inconfundible, tan bien construido, tan constante en sus obsesiones, tan obsesivo, que sacude y conmueve, que lastima y repara, que los tropiezos no empañan. Los tropiezos, en los grandes autores, han servido como abono de su exceso de magnitud, si es que algo así existe en este territorio literario que, como el mito, queda exento de verdad y mentira porque simplemente es. 
 
De Adelaida resta decir que es un personaje raro. Raro a la manera que explicó Rubén Darío: “El común de los lectores acostumbrados a los azucarados jarabes de los poetitas sentimentales o solamente de gusto austero y que no aprecian sino la leche y el vino vigoroso de los autores clásicos vale más que no acerquen los labios a las ánforas curiosamente arabescas y gemadas de los cantos ya amorosos ya místicos ya desesperados de este poeta ya que en ellos está contenidos un violento licor que quema y disgusta a quien no está hecho a las fuertes drogas de cierta refinada y excepcional literatura modernísima. Se trata, pues, de un raro”.
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