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viernes, 18 de junio de 2021cermi.es semanal Nº 441

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Los raros

Marosa di Giorgio o la ebriedad corporal

Por Esther Peñas

18/06/2021

Marosa di Giorgio, ESCRITORANació en Salto, Uruguay, como en Salto naciera Horacio Quiroga. Taciturna, más atenta a escuchar que a contarse. Era imposible no fijarse en ella, por su combinación de colores al vestir, sus zapatos de tacón y esa mirada de quien pisa suelo firme tan lejos de nosotros que solo un meteorito podría ir en su busca. «Soy de Dios y de sus ángeles». Se cuenta que tomaba el sol en las lápidas de los cementerios. Que se tumbaba desnuda en ellas. Nunca se casó ni tuvo hijos. Lo que sí tuvo fue una palabra siempre presta, como uva centelleante, henchida de deseo. De vida. La que zurció en las mesas del Sorocabana, bar mítico de Montevideo. Se cuenta que siempre estaba allí, tomando té, si de día, güisqui y vino, si de noche. Lautréamont la hubiera amado, si Lautréamont hubiera sido Lautréamont. Se cuenta que evitaba la playa para no pisar la arena, que según ella era la sangre de la Luna. 
 
«Mi alma es un vampiro grueso, granate, aterciopelado. Se alimenta de muchas especies y de solo una. Las busca en la noche, la encuentra, y se la bebe, gota a gota, rubí por rubí. Mi alma tiene miedo y tiene audacia. Es una muñeca grande, con rizos, vestido celeste».
 
María Rosa di Giorgio Médici (Salto, 1932- Montevideo, 2004). Contrajo sus nombres para alumbrar el suyo. 
 
Hay autoras tan extrañas, tan del otro lado, tan inspiradas (¿por qué desconocido céfiro?), tan radicalmente otras en tiempos en los que se conculca el meteorito de Rimbaud (porque yo ya no es otro, yo hoy ya es siempre el mismo, plúmbeo, rancio, palimpsesto de sí) que es imposible no sentir una profunda alegría al leerlas. Nos lleva a Carroll, de algún modo. Acaso por la sutilidad de lo siniestro. Fecundación. Cópula. Fertilidad.  
 
Marosa di Giorgio.
 
Se matriculó en Derecho, pero no fue ni al primer examen. Escribió toda su vida. 
 
Portada de 'Misa', de Marosa di Giorgio«Desprendió los broches. Cayó un manto. Quedó con el celeste radioso igual que el cielo. Miró al Novio así, a ver si se detenía ante algo tan celeste. Pero, no. Cayó el velo ése y el otro negro. Quedaron las tres livianas capas en el piso. Señora Dinorah quedó desnuda. Larga y blanca como una vara, como un manojo. Se le transparentaban los huevos en procesión, los huevos blancos de convento, diáfanos y brillantes como lágrimas». El fragmento pertenece a ‘Hortensias en la misa’, que a su vez está recogido en Misa de amor, la recopilación completa de los relatos eróticos de la uruguya realizada por Wunderkammer, y que contiene Misales, Camino de las pedrerías, Lumínile y Rosa mística.
 
El erotismo de Marosa lo impregna todo, es panteísta, generoso, insaciable. Sus relatos están poblados de niñas que juegan con animales (recuérdese, por ejemplo, en ‘Misal de la Virgen’, que la mujer alumbra lagartos por la pelvis), pero también con vegetales a una rayuela de ternezas y roces excitantes, tan místicos y castos como propios de fragua. Así, eso cuerpos núbiles pueden gozar de los hibiscos, de los higos… No en vano el hilo que pespunta estos textos: misal, que remite al acto litúrgico de la eucaristía. Salvo que la liturgia, en Marosa, es de orden sensual. Una perturbadora liturgia sensual en cuanto mira:
 
«Salió un perro-zorro y vino al ruedo. Tenía el hocico largo, trotó un poco y robó un huevo de los que estaban en las ventanas, de regalo. Lo llevaba entre los dientes sin apretar. Volvió por otro y otro. Lo llevaba y volvía en la hora oscura del alba. Trabajando cautelosamente, con el hocico largo y húmedo y humectante…», leemos en ‘Misa de Pascua’.
 
Hay arrebatamiento, arrobamiento. Y lo más fascinante de estos textos es que es la experiencia carnal, el placer, el gozo lo que lleva a la plenitud máxima. Al éxtasis. Al encuentro con lo superior. Allí donde (parece) no hay falta.
 
Hay algo de estupor en cada punto y final. Algo que nos interpela de un modo inestable, convulso, incómodo, sobre nuestra identidad, porque en estos relatos (¿relatos, plegarias, poemas, fulgores?) lo irrevocable se diluye, y transitamos a cada tanto por el lado más desdentado del tabú, siendo un deseo ciclópeo –un deseo de lujuria, lubricado, sediento sostenidamente- lo que origina la narración para cerrarse en una extraña metamorfosis de unidad de destino en el cuerpo, lo cual intensifica el interés de esta obra que no deja de ser –todo en Marosa- una reivindicación de la ebriedad corporal, en un momento en el que las pantallas, las pandemias y una misantropía del alma nos recluyen en alcobas asépticas, que no admiten más que un arrendatario. 
 
Hay oscuridad y provocación, hay una tentación constante y una disposición abierta a responder. Hay orgías inverosímiles (de insectos, de hongos) y un lirismo bárbaro. Hay un libro que es puro delirio de su feligresía. Misa de amor. 
 
Marosa di Giorgio, ESCRITORAPero hubo otros muchos, porque ella creció recitando. Era como un rezo. Dijo. Recitar es recrear y crear. Así que allí estaba ella, cabalgando esas imágenes castamente impúdicas con su voz aristocrática en las formas, unas formas de cuarta pared y hacia dentro, que al tiempo polinizaban la lengua última de quienes acudían al oficio del poema. «Dentro de la cama yo ofrezco mi ostra, pequeña, oval, ribeteada de coral, por donde Juan lleva y hunde su puñal. Que me parte en dos. Después, yo lo abrazo. Como si no me hubiera querido matar».
 
Su abuela materna es hija de vasco. Rosa Arreseigor. Rosa mística, como Marosa. «El gladiolo es una lanza con el costado lleno de claveles. Es un cuchillo de claveles. Es un fuego errante, nos quema los vestidos, los papeles. Mamá dice que es un muerto que ha resucitado y nombra a su padre y a su madre y empieza a llorar». ¿Desde dónde escribe esta mujer y su corteje de hongos, de liebres, de arbustos? Su abuelo materno fue uno de los fundadores de la masonería en Salto y de la Sociedad Italiana de Fomento. La saga, claro, venía de la Toscana.  
 
Los nombres de sus personajes, ellas, la abundancia de las flores que se mentan, que se invocan, la manera en que hace que todo goce (incluso planetas con humanos, jardines, seres seráficos…) Di Giorgio no se parece a nada. A Nadie. Es como una de esas flores de cactus que se abre y se cierra al placer de la luz. O de su ausencia. 
 
«Eres la abuela, eres mamá, eres Marosa, todo eres, con tu eterna juventud, tu vejez eterna, niña de Comunión, niña de novia, niña de muerte».
 
De Marosa resta decir que es un personaje raro. Raro a la manera que explicó Rubén Darío: “El común de los lectores acostumbrados a los azucarados jarabes de los poetitas sentimentales o solamente de gusto austero y que no aprecian sino la leche y el vino vigoroso de los autores clásicos vale más que no acerquen los labios a las ánforas curiosamente arabescas y gemadas de los cantos ya amorosos ya místicos ya desesperados de este poeta ya que en ellos está contenidos un violento licor que quema y disgusta a quien no está hecho a las fuertes drogas de cierta refinada y excepcional literatura modernísima. Se trata, pues, de un raro”.
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