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viernes, 16 de junio de 2017cermi.es semanal Nº 262

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Los raros

Lloyd, el buen ciudadano

Por Esther Peñas

16/06/2017

Como si se activase un oculto resorte, el nombre de Harold Lloyd nos iza la sonrisa. En sus más de doscientas películas lo hemos visto correr desesperado, trepar por un edificio en pleno corazón de la ciudad, tratar de ralentizar, cuando no de frenar, el avance irremediable del tiempo y, sobre todo, mantener el gesto casi mimético ante las contingencias (muchas, insólitas, desproporcionadas) que surgían en el transcurso de sus historias. Junto con Chaplin y Keaton, Lloyd fue uno de los grandes cómicos del cine mudo.

Harold LloydSi Chaplin encarna a un personaje en los márgenes, columpiándose entre lo sentimental y lo delicado, si Keaton resultaba el hombre del rostro impasible, mitad atleta, mitad trapecista del ingenio, Lloyd es un hombre común. Ni su indumentaria es desaliñada, ni tiene querencia por los uniformes. Enfundado en un traje de corte ramplón, con su canotier ajustado y sus gafas (sin cristales) de carey, Lloyd representa, como años después haría Gary Cooper en ‘Juan Nadie’, al americano medio. Ni muy guapo, ni muy feo, ni muy simpático, ni muy arisco, ocurrente, pero sin excesos extravagantes, propicio al capitalismo incipiente, romántico, con aspiraciones pero sin incurrir en trampas ni atajos sospechosos o ladinos. Harold Lloyd (Nebraska 1893-California, 1971).
 
Su padre era un tipo inquieto, quizás de él adoptó esa actitud que hoy diagnosticarían como TDH. La madre, en cambio, era dominante, y sometía a juicio incontestable cada actuación de su hijo. Los caracteres de los progenitores, tan antagónicos (él, un disperso, ella, una neurótica del centro) los llevó a la firma de un divorcio cuyo principal efecto fue que Harold quedase bajo custodia paterna.
 
Sin demasiada querencia por los estudios (algo que alentaba, de alguna manera, la vida nómada ejercida por su padre), encontró a los doce años un trabajo de acomodador en el teatro ‘Orpheum de Omaha’, donde conoce a John Lane, un famoso actor de la época, que le ofrece pequeños papeles de extra (un niño cojo, un piel roja…)
 
Con veinte años se cuela en los estudios Universal haciéndose pasar por figurante. Su carácter extrovertido, su seductora sonrisa y sus maneras divertidas y cercanas le propician hablar con Farrel McDonald, un director muy conocido en ese momento, que le facilita un pequeño papel en un serial. Por esa época traba una amistad que perduraría toda su vida con Hal Roach, otro aspirante a actor que recibió una contundente herencia, lo que le permitió rodar sus propias películas con Lloyd de protagonista. No les fue mal, pero Lloyd no era por aquel entonces Lloyd sino un emulador de Chaplin. En 1919 se disputaba con éste el trono del Parnaso.
 
Harold LloydEse mismo año, en una sesión de fotos promocional, una bomba (sí, leyeron bien, una bomba, estos cómicos no se andaban con truquitos de chamarilero) le estalló en las manos y le arrancó dos dedos, el índice y el pulgar de la derecha. También perdió la vista, pero tras un tratamiento intensivo, después de meses la recuperó.
 
Cuando pudo volver a trabajar, tomó una decisión de enorme alcance: ser él mismo, no persistir en la imitación del maestro. Esto molestó mucho a su amigo Roach, que dejó de producirle las películas. No tardó mucho en hacerse un nombre: ‘El hombre de las gafas’.
 
Lloyd reía, y contraía el rostro, y siempre andaba enredado en algún trasunto amoroso del que tras ciertas (y divertidísimas) vicisitudes, salía triunfante e ileso. En 1923 se estrena una de sus obras maestras, ‘El hombre mosca’ (Safety last! en inglés, cuya traducción significa ‘La seguridad es lo último’, parodiando el lema ‘la seguridad es lo primero’, tan en boga en los primeros años de los felices 20). De este filme es la espléndida secuencia en la que vemos a Lloyd colgado de las manecillas de un reloj, en lo alto de un edificio. Toda una metáfora del ascenso social que encendía el deseo de los americanos. El tiempo es el otro protagonista de la historia. Desde la primera escena. 
 
Después vendrían muchas otras, ‘¡Venga, alegría!’, en la que protagoniza a un hipocondriaco convertido muy a su pesar en revolucionario (y que sirvió de inspiración a Woody Allen para su película ‘Bananas’), ‘Casado y con suegra’, ‘Relámpago’…
 
Con la irrupción del cine sonoro, como tantas otras estrellas, Lloyd no consiguió remontar. Además, llegaba el relevo, los hermanos Marx, Mae West, Eddie Cantor… La gente quiso escuchar la voz de Lloyd en su primera intervención hablada, ‘¡Ay, que me caigo!’, que resultó un éxito de taquilla (no así de crítica), pero que se fue desinflando en los sucesivos títulos. De 1936 es su último intento de asentarse en el sonoro, con ‘La Vía Láctea’. No fue posible. Así que se dedicó a sus cosas, a viajar por todo el mundo, a pintar, a criar perros, a fotografiar a actrices (con querencia a los desnudos, especialmente de una jovencísima M. Monroe), a jugar al balonmano y a decorar una y otra vez su mansión. Esto le pudo haber llevado la vida (44 habitaciones, 26 baños, 12 fuentes, 12 jardines, campo de golf y varias canchas despliegan un camino del exceso apabullante).
 
Harold LloydEn 1953 recibió un Óscar honorífico, por su aportación al cine pero también, y este ‘mérito’ quedó recalcado en la entrega del galardón, por “ser un buen ciudadano” (como si tuviera mucho que ver la condición cívica con la de creador, a ejemplos como Celine o Rousseau me remito). Este decoro del “buen ciudadano” tenía retranca, era una alusión directa a Chaplin, sospechoso de actividades comunistas. Como Groucho, o Harpo, o Chico.
 
Lloyd falleció de un cáncer de próstata en 1971. Toda su vida ejerció de bon vivant. En el momento de su muerte, Lloyd se había convertido en un desconocido para el gran público, ya que fue uno de los escasos actores que se hizo con los derechos de todas sus películas, y que se negó a ceder a las cadenas de televisión para que las proyectaran por considerar que interrumpir la historia con publicidad era un atentado a la obra. Y no le falta razón. De esto habla un documental sugerente, ‘Cineastas contra magnates’, pero esta es otra película.
 
Unos años después de su deceso, su hijo consiente en emitir los filmes de su padre por televisión, y así se comienza a reivindicar esas maneras tan suyas, tan cómicas, tan vigentes y universales que hicieron de él un tipo que colocaba un artefacto en los labios llamado sonrisa como topos del ánimo.
 
De Lloyd  resta decir que es un personaje raro. Raro a la manera que explicó Rubén Darío: “El común de los lectores acostumbrados a los azucarados jarabes de los poetitas sentimentales o solamente de gusto austero y que no aprecian sino la leche y el vino vigoroso de los autores clásicos vale más que no acerquen los labios a las ánforas curiosamente arabescas y pomposamente gemadas de los cantos ya amorosos, ya místicos, ya desesperados de este poeta, ya que en ellos está contenido un violento licor que quema y disgusta a quien no está hecho a las fuertes drogas de cierta refinada y excepcional literatura modernísima. Se trata, pues, de un raro”.
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