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viernes, 22 de diciembre de 2017cermi.es semanal Nº 284

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Los raros

Wilhem Reich o el poder del orgasmo

Por Esther Peñas

22/12/2017

Inventor, psicoanalista, médico, psiquiatra… visionario para algunos y estafador e iluso para la mayoría. Creó una teoría propia biológico-sexual que defendió delante del mismísimo Einstein. Discípulo de Freud, expulsado de los círculos comunistas, perseguido por los nazis y juzgado en el sinuoso y perverso entramado conocido como ‘Caza de Brujas’, diagnosticado de una esquizofrenia progresiva… Pero estructuremos su historia, la de austrohúngaro Wilhem Reich (Galitzia, 1897- Pensilvania, 1957).

Wilhem Reich, psicoanalistaNacido en una familia judía no practicante, Reich vivió en un pequeño pueblo rodeado de naturaleza, pero en un hogar cavernoso. Apenas llegaba el aire dentro. Sus primeras relaciones sexuales las mantiene con una de sus institutrices y sorprende, a edad temprana, a su madre manteniendo un idilio con su preceptor, devaneo que le participa al padre quien, incapaz de elaborar el adulterio, se suicida. 
 
Combate en la I Guerra Mundial y en Viena se consagra a sus estudios; su tenacidad lo convierte en uno de los más aventajados y vehementes alumnos de Freud, pero no tardó en matarlo (en sentido freudiano, disculpen la licencia), al no encontrar en él respaldo a su teoría acerca de la relación bioenergética entre el sexo y el trabajo. En palabras de Reich: “la salud mental se puede medir por su potencial orgásmico”.
 
Para Wilhelm, una persona mentalmente sana tiene una vida sexual plena, libre de complejos, de normas, desinhibida, sin traumas. Disfruta en cualquier momento y en cualquier circunstancia, ajeno a los constricciones sociales y morales que encinchan el deseo (léase libido, pues procede).
 
Tanto se empeñó en esta cuestión, que Wilhelm sostuvo haber descubierto un movimiento pélvico irrefrenable e involuntario en la apoteosis del acto sexual (dicho así, lo sé, es antilujurioso). A partir de este hallazgo, muñó el ‘análisis caracteriológico’, que consistía en liberar la tensión muscular de sus pacientes de tal modo que su energía psíquica fluyera como un aguacero en plena sed. ¿Para qué? Volvemos a sus palabras: “La psique y la musculatura voluntaria de una persona son funcionalmente equivalentes”.
 
Esto se traducía en una terapia que exigía gran contacto entre analista y paciente, exiliándose así de la norma de no contacto que impera en el psicoanálisis (fuera de ese otro tipo de vínculo no físico sino emocional llamado transferencia). Los cuerpos de los pacientes de Wilhelm eran retorcidos y estirados con toda su fuerza, hasta producir en ellos el vómito. El vómito relajaba, y se producía entonces un desbloqueo progresivo que permitía una cierta ataraxia de espíritu. Podríamos decir que Reich descubrió para aquella Europa de entreguerras el concepto chino de ‘chi’, esa energía vital que ensambla todo el organismo a través de un caudal denominado ‘meridiano’.
 

Te llaman «Pequeño Hombrecito», «Hombre Común»; dicen que ha empezado una nueva era, «la era del Hombre Común». No eres tú quien lo dice, Pequeño Hombrecito, sino ellos: los vicepresidentes de las grandes naciones, los líderes obreros que han hecho carrera, los hijos arrepentidos de los burgueses, los hombres de Estado y los filósofos. Te dan tu futuro pero no tienen en cuenta tu pasado.

Eres un heredero de un pasado horrible. Tu herencia es un diamante incandescente entre tus manos. Esto es lo que yo te digo.

 
Wilhem Reich, psicoanalistaLa segunda etapa de Reich está marcada por el intento de articular el marxismo dialéctico con el psicoanálisis. Su conclusión, bastante acertada, por otro lado, es que el capitalismo es incompatible con una buena salud mental. Si Freud y las distintas escuelas que de él emanaron trataban de preparar al sujeto para manejarse con sus neurosis, lo que propone Wilhelm es cambiar la sociedad.
 
Como miembro del Partido Comunista de Austria, creó pequeños comités para estimular una política sexual, la Sexpol, que si bien tuvieron una acogida efervescente, lo carbonatado de la propuesta perdió fuelle y finalmente, y pese a su breve –pero intensa- relación epistolar con Trotsky, Reich fue expulsado del partido.
 

ERES TU PROPIO POLICIA. Nadie, nadie excepto tú mismo es responsable de tu esclavitud.

¡Sólo tú, y nadie más!

Te sorprende ¿Verdad? Tus liberadores te cuentan que tus represores son Guillaume,

Nicolás, el Papa Gregorio, Morgan, Krupp o Ford. Y que tus liberadores se llaman Mussolini,

Napoleón, Hitler, Stalin.

Yo te digo: ¡Sólo tú puedes ser tu liberador!

 
Afeado tanto por el Círculo de Viena como por el Partido Comunista, Wilhelm se centra en su descubrimiento de antaño, al que bautizó como ‘orgón’, un acrónimo de organismo y orgasmo. Verán, lo describió en lo fenomenológico: era azul, medible, y omnipresente. El orgón, la energía vital. 
 
Así que ideó una máquina que pudiera cuantificarla que mostró a Einstein. Éste la probó, tanteó sus posibilidades, pero escribió una detallada carta a Wilhelm diciendo que aquel artilugio no servía para nada más allá de un truco de prestidigitación (acaso las palabras del Nobel fueran menos subjetivas). Años después, la FDA, la agencia del gobierno de los Estados Unidos responsable de la regulación de alimentos, medicamentos, cosméticos, aparatos médicos, productos biológicos y derivados sanguíneos, hizo todo tipo de comprobaciones respecto de la máquina de Reich y concluyó eso mismo: que nada. 
 
Entremedias de estas etapas biográficas, los nazis lo persiguen por sospechoso, y él huye a Estados Unidos donde, conocido por todos su talente comunista, fue encerrado acusado de conspiración. Un día antes de apelar su sentencia, murió de un ataque al corazón. 
 
Su Figuera sigue siendo reivindicada por muchos, fuera del psicoanálisis y el marxismo. Sus textos, algunos profundamente delirantes, abren la grieta suficiente para dejar más espacio al pensamiento, eso ya es mucho más de lo que tantos tratan de hacer. El instituto que lleva su nombre mantiene una agenda de actividades y su nombre convoca la dialéctica más estimulante.
 
De Reich resta decir que es un personaje raro. Raro a la manera que explicó Rubén Darío: “El común de los lectores acostumbrados a los azucarados jarabes de los poetitas sentimentales o solamente de gusto austero y que no aprecian sino la leche y el vino vigoroso de los autores clásicos vale más que no acerquen los labios a las ánforas curiosamente arabescas y pomposamente gemadas de los cantos ya amorosos, ya místicos, ya desesperados de este poeta, ya que en ellos está contenido un violento licor que quema y disgusta a quien no está hecho a las fuertes drogas de cierta refinada y excepcional literatura modernísima. Se trata, pues, de un raro”.
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