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CERMI.ES semanal el periódico de la discapacidad.

viernes, 20 de noviembre de 2020cermi.es semanal Nº 414

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"3,8 millones de personas con discapacidad,
más de 8.000 asociaciones luchando por sus derechos"

Activista

Manoli Carrión, presidenta de Suppo (Sección de Unidad Progresista de Pensionistas de la ONCE)

Vivir tiene algo especial

20/11/2020

Blanca Abella

En un lugar de La Mancha, en plena llanura, nacía Manoli Carrión hace 69 años. Creció en una familia humilde pero solidaria y feliz, y comenzó a trabajar como maestra a los 19 años aplicando mucha vocación, pero también un espíritu innovador en lo social y generoso. En su trabajo en la escuela buscaba siempre el contacto con la calle, la realidad a golpe de vista, o de tacto, y en su amplia actividad en la ONCE, hasta estos días, cuando más disfruta es en compañía de otros, ayudando, conociendo sus vidas, aprendiendo de todos.

Manoli Carrión, presidenta de SUPPOYa con cuatro años Manoli se molestaba con su familia cuando no la dejaban jugar a juegos de chicos, y tampoco entendía que hubiera diferencias entre su hermano y ella, “lo llevaba fatal desde niña”, afirma con espíritu rebelde. Pero asegura que fue muy feliz y conserva muy buenos recuerdos de esa familia humilde en la que nació. 
 
Sin embargo, el hecho de llevar gafas, pues tenía una miopía magna, fue lo que favoreció que pudiera estudiar una carrera, a diferencia de sus hermanos que no tuvieron la suerte de ir a la universidad. Y aunque el sueño de su vida era aprender idiomas y viajar por Francia e Inglaterra, solo pudo apuntarse a Magisterio, que era lo único que había en Ciudad Real, cerca de su pueblo y de su casa. 
 

Maestra a pie de calle

 
“Pero los niños también me gustaban mucho”, apunta Manoli, que se aplicó en sus estudios, como siempre hacía, incluso ampliando conocimientos en cursos paralelos sobre educación infantil y educación especial. Además, tenía una tendencia muy acentuada desde niña a ayudar a sus compañeros o a quien lo necesitara. Ya con 10/11 años se iba a casa de un compañero que tenía problemas de aprendizaje para ayudarle y durante sus estudios universitarios, en los descansos veraniegos, aprovechaba para enseñar a leer a los que no sabían en su entorno. Dice que lo aprendió en su casa, de su familia: “Mi madre era muy solidaria y mi casa estaba siempre abierta para el que lo necesitaba”.
 
Siendo ya maestra intentaba aplicar lo más novedoso que había visto durante sus estudios y en diferentes visitas a otros centros. De hecho, asegura: “La primera aula de inclusión que hubo en mi pueblo, Manzanares, con niños de educación especial fue la mía”. Y explica que en el pueblo nadie quería abordar esa cuestión de la inclusión, pero se lo propuso el director del colegio y Manoli enseguida se sintió comprometida: “¿Cómo no voy a apostar por eso?”
 
Su carrera profesional empezó con 19 años y siempre ha ejercido de maestra en Ciudad Real, en distintas localidades cercanas a su pueblo, en el que finalmente consiguió también una plaza. “En los pueblos pequeños todo es distinto, se conoce mucho todo el mundo”, asegura Manoli con ilusión. Eso le sirvió sobre todo para ejercer su profesión con un talante muy especial: “Me gustaba mucho la calle, sacar a mis niños para que aprendieran de la experiencia propia, y si en clase les explicaba lo que era un ayuntamiento, luego los llevaba al ayuntamiento del pueblo para que lo vieran, o en otras ocasiones íbamos a la biblioteca, o dábamos un paseo en el tren, les invitaba a que levantaran piedras para ver hormigas…”
 

Un mundo de colores

 
Manoli Carrión, presidenta de SUPPO“Con 46 años lo dejé porque la miopía me afectó de forma importante, se convirtió en un glaucoma de baja tensión; ya había perdido la vista en un ojo nada más matricularme en magisterio, pero el oculista me dijo que podía seguir estudiando, pero a los 46 años se cansó el otro ojo y me dijo que hasta aquí había llegado y se me redujo el campo visual de tal manera que tuve que dejar de trabajar y entonces pude entrar en la ONCE, y para mí fue abrirse un mundo de colores”. 
 
Una vez en la ONCE, Manoli se reactivó, pues nunca tuvo idea de parar, en ningún sentido. Retomó sus estudios y por fin pudo cumplir su sueño: “Me matriculé en la escuela de idiomas e hice los cinco cursos de inglés y francés, porque me encantaba, por fin hice lo que quería desde niña”. Además, se matriculó después en la Uned e hizo la diplomatura de educación especial.
 
Su recorrido en la ONCE, donde lleva más de 20 años, está ligado a su tierra y a las personas que la habitan, porque el contacto con ellas es lo que más le gusta a Manoli. Su trabajo en el consejo territorial de la ONCE en Castilla-La Mancha, sobre todo en la vocalía, fue “precioso”, según propias palabras. También fue vicepresidenta, pero lo que más le gustaba era la cercanía con las personas que son como ella: “Visitar a tanta gente de tu territorio, tantos pueblos, me produjo un gran aprendizaje, aprendes de ellas, o te pones en su lugar, los animas y también me hacía relativizar lo que yo tenía”. 
 
Hace algunos años sufrió un accidente que la obligó a permanecer muchos meses inmovilizada, fue un tiempo difícil, pero también la enseñó a hacerse fuerte ante los problemas: “Desde ese momento, aprendí a valorar y agradecer todo lo que he tenido, por muy elemental que sea, y para mí la vida es algo importantísimo, vivir tiene algo especial, con todas sus aristas”, afirma con pasión.
 
El empuje y el ánimo de Manoli, su fuerza, debía ser tan evidente que en la ONCE siempre han pensado en ella cuando se abría un hueco a su medida. “Donde me han necesitado, he estado siempre”, asegura ella. Así, ha pasado por la comisión de Participación e Igualdad de Unidad Progresista (UP); desde hace 13 años es responsable de la sección de mayores dentro de UP (Supo); hace cinco años, cuando perdió la vista del todo, le propusieron la presidencia de Supo a nivel estatal y, por supuesto, aceptó. Era la primera vez que lo asumía una mujer. Ella lo expresa de una manera especial, pues afirma que es una responsabilidad “que se me ha otorgado desde hace unos años”, y se muestra encantada por “ser referente de todos los mayores de la ONCE, no solo de los 18.000 de Suppo, sino de las más de 44.000 personas mayores de 55 años de la ONCE, ¡qué bonito!”. 
 
Finalmente, en 2002, la ONCE creó el servicio de voluntariado y, cómo no, desde el primer momento Manoli formó parte del mismo. “Y todavía soy voluntaria”, advierte. Eso sí, el voluntariado de Cáritas en el que participaba desde hace años, tuvo que abandonarlo un tiempo después ya que era difícil hacerlo compatible. 
 

Familia y derechos humanos

 
Hoy, con 69 años, con una vida muy natural y sencilla, como dice ella, “ha llegado un momento que para mí los derechos humanos han calado, soy defensora de la igualdad y hablo de personas con discapacidad, de mujer, de niñas, de mujer en el ámbito rural... y las personas que tenemos una situación de vulnerabilidad necesitamos un trato diferenciado para poder ejercitar nuestros derechos, debemos tenerlo porque estamos en un estado social...”. 
 
Por eso continúa en el frente, trabajando sin parar, sobre todo con y por las personas mayores, y más en estos tiempos de pandemia, cuando se han hecho tan evidentes en ellos los problemas de aislamiento, la brecha digital… “Necesitamos que nuestra gente tenga el mejor ánimo, que se sientan valorados y vean que la vida tiene sentido, incluso ahora que no nos podemos tocar, ni abrazar, y eso para nosotros es vital”. 
 
Casi hemos recorrido una hora del reloj en una charla cálida, alegre y sencilla, porque Manoli cuenta su vida sin alarde, con un tono de humildad sincero, a pesar de la gran labor que ha desarrollado en su activismo vital. “Mi vida ha sido muy normal y corriente, cuánta gente hace muchas más cosas en muchos ámbitos”, advierte con insistencia. Además, reconoce sus errores, y los asume y aprovecha: “Los errores que he tenido, que habrán sido muchos, me han servido siempre para aprender”. Y señala, también, la suerte de contar con una buena familia: “Siempre he tenido un apoyo muy grande de mi familia, de mi marido, de mis hijas, mi marido nunca me reprochó que me dedicara a otra cosa, jamás, me dejó crecer, me apoyó, me entendió, siempre me ha escuchado y me escucha, para mí es un puntal muy grande, y él se ha hecho cargo muchas veces de mis niñas, y ellas siempre me han entendido y animado”. 
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