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viernes, 19 de mayo de 2017cermi.es semanal Nº 258

"3,8 millones de personas con discapacidad, más de 7.000 asociaciones luchando por sus derechos"

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Opinión

60 años de la Unión Europea, ¿madurez o desgaste del proyecto europeo?

19/05/2017

Por Maria Tussy-Flores, Jefa de la Unidad de Programas Europeos de la Fundación ONCE

Maria Tussy-Flores, Jefa de la Unidad de Programas Europeos de la Fundación ONCECinco años después de una devastadora guerra mundial y con las profundas heridas aun abiertas, el entonces Ministro francés de Asuntos Exteriores, Robert Schuman, pronunciando el 9 de mayo de 1950 la Declaración que lleva su nombre, puso la primera piedra a lo que constituye hoy el edificio común europeo. 
 
En ella proponía someter a una Alta Autoridad Común la producción franco-alemana del carbón y del acero, en una organización abierta a los demás países de Europa, como primera etapa de la federación europea que, en sus propias palabras “cambiará el destino de esas regiones, que durante tanto tiempo se han dedicado a la fabricación de armas, de las que ellas mismas han sido las primeras víctimas”. 
 
Nacía así la primera de las Comunidades Europeas, que años más tarde se convertiría en la Comunidad Económica Europea, con la firma de los Tratados de Roma cuyo 60 aniversario celebramos en este año 2017. 
 
Desde entonces hasta nuestro días, son muchos acontecimientos los que ha vivido nuestra sabia, que no vieja Europa. Desde aquel proyecto inicial de los años 50, formado por 6 Estados, Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo, hasta nuestros días, hemos celebrado y superado diversos acontecimientos, siempre juntos; una guerra fría, levantamientos en el bloque del Este, adhesiones de nuevos estados, el primer gran trance y riesgo de desaparición de la CEE con la llamada “crisis de la silla vacía” cuando el paso del voto por unanimidad a la mayoría cualificada provocó que Francia, presidida por Charles de Gaulle, abandonase el Consejo y no asistiese a las principales votaciones durante seis meses para manifestar su oposición al cambio de método en la toma de decisiones. 
 
Hemos asistido a un aumento creciente de la influencia del Parlamento Europeo, por tanto de la democracia en la toma de decisiones en el seno de la Unión, al nacimiento de las democracias como la española y la portuguesa y sus adhesiones al proyecto común europeo y sin duda, al vuelco más significativo de nuestra historia reciente con la caída del muro de Berlín y con él, la unificación de las dos Alemanias y el acercamiento con los hasta entonces desconocidos países de la Europa Central y Oriental, que poco a poco, iban recuperando sus derechos con la desaparición de los regímenes totalitarios. 
 
Se inicia así la década de los 90, que marcó un punto de inflexión y un camino sin retorno en una Unión que empezaba a ir más allá de los meros intercambios económicos. En 1993 culmina la creación del mercado único con las "cuatro libertades" de circulación: mercancías, servicios, personas y capitales. La década de 1990 es también la de dos nuevos tratados: el de Maastricht, con el que nace la Unión Europea en 1993 y el de Ámsterdam en 1999, en el que por primera vez se proclaman los principios de no discriminación e igualdad de trato por, entre otros motivos la discapacidad. Poco a poco se van derribando las fronteras físicas, los ciudadanos europeos podemos circular libremente sin pasaporte con los acuerdos de Schengen, millones de jóvenes estudian en otros países con ayuda de la UE a través del programa Erasmus, se estrecha la cohesión social entre los Estados miembro mediante la mejora de las infraestructuras y de la formación y el empleo gracias a los Fondos Estructurales y se habla de una Unión Europea más social.
 
Y así entramos en el cambio de siglo con otro hecho relevante como fue la adopción de la moneda única, la entrada de más Estados, destacando los del antiguo bloque del Este con los que se saldaba así una deuda histórica de su abandono tras la segunda guerra mundial y se adoptaba un nuevo tratado en Lisboa, que aportó instituciones más modernas y métodos de trabajo más eficientes para la Unión. 
 
Sin embargo, la última década está marcada por la incertidumbre: la crisis económica mundial, el incremento de los ataques terroristas y del extremismo religioso en Oriente Próximo y en diversos países y regiones de todo el mundo que están dando lugar a revueltas y guerras que llevan a muchas personas a huir de sus hogares y buscar refugio en Europa, sin que por ahora sepamos muy bien cómo atenderlos. 
 
Ante esta realidad, la Unión Europea precisa reinventarse, no puede quedarse anclada en el pasado, ha de incrementar la defensa de los derechos sociales, dedicar los Fondos Europeos a derribar barreras y seguir fomentando la igualdad, a crear más y mejores empleos, a luchar contra el cambio climático. Debe escuchar más a su razón de ser, que somos los ciudadanos y ciudadanas que la integramos y no debe sumergirse en la burocracia. Pero desde luego no es destruyéndola como seremos más felices, ni tampoco escuchando exaltados cantos de sirena propios de otras épocas de infausto recuerdo. Un paso atrás sería un fracaso y no deberíamos esperar a perder lo que con tanto esfuerzo hemos logrado, para valorar lo que teníamos. 
 
Recientemente el edificio construido por los padres fundadores de lo que es hoy en día la Unión Europea, se tambaleó con el Brexit, aunque es cierto que Reino Unido nunca se sintió parte realmente de la familia Europea. La salida deberá hacerse, pero sin que las personas que no han participado en la toma de esa decisión pierdan uno solo de sus derechos. 
 
Pero las recientes elecciones en Francia, tras unas semanas de inquietud, confirmaron a las 8 de la tarde y un segundo que la ciudadanía seguía queriendo una Europa unida. En nuestra memoria colectiva quedará para siempre la entrada triunfal en el Carrousel del Louvre, del nuevo Presidente de la República de Francia al son de la Oda a la Alegría, el Himno de Europa, escrita y compuesta por dos alemanes. De nuevo, el símbolo de la unión entre los dos Estados que con el fin de sus hostilidades originaron la Unión de Paz en nuestro continente. Esas elecciones las ganamos un poco todos los que apoyamos el proyecto común europeo. 
 
Son muchas las amenazas que nos acechan, como la crisis económica, el terrorismo, el envejecimiento de la población, el medioambiente y tenemos por delante diversos retos, como practicar una política digna de acogida a los refugiados, atender a las personas más vulnerables o con mayor riesgo de exclusión social como pueden ser las Personas con Discapacidad y lograr su plena igualdad.
 
Pero nunca olvidemos que vivimos en un espacio común de prosperidad, de derechos, de principios, de riqueza idiomática e histórica. Compartimos unos valores comunes, hemos alcanzado cotas de libertad y autonomía inimaginables en otras regiones del planeta, donde gestos y actividades tan cotidianos hoy en día para nosotros como pueden ser viajar sin fronteras, estudiar o trabajar en otro país como si fuera el nuestro, ir en transporte público o pasear una mujer sola por la calle cuando ha caído la noche, es algo inimaginable. 
 
Por eso en este 60 aniversario, celebremos unidos que Europa sigue siendo sin duda la más hermosa idea del ser humano puesta al servicio de la paz.
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