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CERMI.ES semanal el periódico de la discapacidad.

viernes, 15 de mayo de 2020cermi.es semanal Nº 391

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"3,8 millones de personas con discapacidad,
más de 8.000 asociaciones luchando por sus derechos"

Opinión

La percepción social de la discapacidad

Por Tom Martín Benítez, periodista

15/05/2020

Tom Martín Benítez, periodista (imagen de Canal Sur)Durante la infancia a veces se aprenden lecciones que duran toda la vida. En la mía quedó registrado un episodio, imborrable, porque lo conserva el cariño y la nostalgia, que me ha acompañado siempre y me ha ayudado a comprender a las personas con discapacidad.
 
Cuando yo era chico, comienzo de los sesenta, tenía como vecina en mi pueblo a una niña de mi edad a quien todos llamaban “la muda”.  Todavía recuerdo mis esfuerzos por encontrar un lenguaje común, por hallar la forma de darme a entender y comprender a aquella insustituible compañera de juegos. Rosario no era muda, ni lo es; ni su discapacidad auditiva la convertía en una enferma, pero era “la muda”. A otros se les llamaba subnormales, retrasados, minusválidos, locos. Habrá que convenir que el lenguaje nunca ha sido neutral: con el lenguaje se integra o se margina y a mi amiga le había tocado cargar con aquel impropio apelativo. El recuerdo de Rosario me ha guiado siempre en mi posición ideológica y mi conducta profesional a la hora de defender la visibilidad, la justicia y la igualdad de trato que merece toda persona.
 
La discapacidad ha existido siempre y se puede seguir su huella a través de la historia de la humanidad. Desde la prehistoria a la actualidad hay múltiples muestras de rechazo a los diferentes. En Esparta, en la antigua Grecia, todo nacido que no fuera útil para la milicia era arrojado al vacío en una sima del monte Taigeto. En la Edad Media, la Inquisición se encarga de hacer desaparecer a quienes eran considerados “hijos del pecado y del demonio”. La Edad Moderna, el Renacimiento, trae el Humanismo y se producen importantes avances científicos, progresa el estudio de la estructura y la función del cuerpo humano y con ello, y el correr el tiempo, se constata una mejora del trato a estos seres, en principio como consecuencia de un propósito de caridad. 
 
De modo que la primera reacción fue deshacerse de las personas distintas para luego invisibilizarlas, encerrándolas en instituciones alejadas de la vista de los demás. La discapacidad ha soportado durante siglos, una mirada inspirada en la lástima, la compasión, la marginación y la tragedia. 
 
La lenta lucha por los derechos tardó mucho en arrancar. En España hay que esperar al siglo XIX (1802) para ver la creación del Colegio Nacional de Sordomudos. En 1820 nace en Barcelona otra institución novedosa, la primera escuela para personas ciegas de España. En 1878 se reconoce el método Braille como sistema de enseñanza para las personas ciegas. En 1914 se abre paso el Patronato Nacional de Anormales que pone en marcha, tres años después, las escuelas para “anormales” y en 1938 se crea la ONCE. El mundo de la discapacidad encontró aquí la palanca para remover y cambiar verdaderamente las cosas. Pero nada mejoró de un día para otro.
 
El periodista y escritor José Julián Barriga, ante cuyo compromiso, tesón e integridad me descubro, como ante tantas y tantos otros que han contribuido al impulso de este proceso, habla de cuatro etapas en la evolución de la imagen social de la discapacidad.
 
Una primera, que denomina “Compasiva o filantrópica”, arranca en el primer cuarto del siglo XX y, con la interrupción de la guerra civil, se extiende durante la primera mitad de la centuria. Con la segunda fase, que alcanza hasta la década de los ochenta, se inicia una activa fase de reivindicación y reconocimiento de derechos que se consolida en un tercer periodo (Etapa de Integración) con la promulgación de la LISMI (Ley de Integración Social del Minusválido, 1982) que actúa, a la vez, de palanca para el desarrollo de un rico, plural y pujante movimiento asociativo que despliega una extraordinaria actividad y que habría de tomar el músculo, influencia y verdadera presencia social con la creación del CERMI, una institución que agrupa a más de 7000 asociaciones representativas del movimiento de la discapacidad. Se produce, a la vez, una explosión informativa que abandera la agencia de noticias SERVIMEDIA, líder en información social, indiscutible referente nacional, que ofrece un servicio integral, profesional, de alta calidad y excelencia, incorporando en su redacción –solo vale el ejemplo- a un 50% de personas con discapacidad. Paralelamente, y con el impulso de la ONCE y el grupo FUNDOSA, se desarrollan nuevos modelos de gestión en la integración laboral. 
 
El año 2003 es proclamado como el Año Europeo de la Discapacidad y esta iniciativa del Parlamento Europeo se convierte en un acontecimiento mediático que favorece decisivamente el avance de la imagen social del colectivo. Las reivindicaciones del sector reciben un gran  impulso y encuentran una mayor aceptación social: ahí se abre una etapa de mayor visibilidad, integración e igualdad. España recorta distancias con Europa.
 

El acercamiento a los medios

 
Resulta de todo punto natural que cualquier colectivo que tiene una reivindicación y un déficit de visibilidad, trate de acercarse, para salvar esa barrera, a los medios de comunicación. Esa tarea fue inmediatamente identificada por el colectivo de representantes de la discapacidad que, no obstante, reconocen una cierta espontaneidad y voluntarismo en el desempeño de los primeros pasos. Quizá algunos se vieron tentados por la sensación de que esa labor la podía asumir, quizá más eficazmente, la publicidad. Error. 
 
En los comienzos tampoco se encuentra mucha ayuda en las empresas periodísticas y en los profesionales de la información que, con distancia y un evidente desconocimiento inicial, no acaban de abordar un reto que parecen despachar con una justificación basada en un claro prejuicio: “la discapacidad no vende”. 
 
Voy a referir un ejemplo bien reciente. En 2017, la profesora de la Universidad Complutense de Madrid, Mabel Sánchez Calvo, realiza un “Estudio sobre la realidad televisiva de la discapacidad”, en la que analiza los casi 800 reportajes del programa Informe Semanal emitidos durante los años 1990 a 2015. Las conclusiones recogen datos de la escasa presencia de noticias sobre discapacidad y la casi nula aparición de protagonistas reales de historias reales. Su última conclusión es un mazazo: “Sin drama no hay reportaje”, asegura. O sea, manda el mercado, la audiencia. Esto, como sociedad, merece una seria reflexión y tendríamos que hacérnoslo mirar.
 
Pero este es un proceso dinámico y el hecho cierto es que la imagen social y el tratamiento de la discapacidad en los medios ha sido objeto de investigación y estudio en las últimas décadas. Y podemos adelantar que la atención mediática ha mejorado cualitativa y cuantitativamente. Pero el trato no es, al decir de los representantes de las asociaciones representativas del sector, ni bueno ni satisfactorio. Hay todavía mucho camino por recorrer.
 
En la fotografía valorativa de este proceso, que tanto está costando modificar, se observan carencias y quejas relacionadas con:
 
  • una atención escasa a las noticias sobre discapacidad.
  • su ubicación preferentemente en la sección de sociedad (demasiadas veces con la consideración de suceso) o en la de salud (confundiendo, en demasiadas ocasiones enfermedad y discapacidad).
  • con una imagen espectacularizada, a veces incluso sensacionalista, que busca el impacto del titular.
  • una visión sesgada (que subraya los rasgos diferenciadores)
  • estereotipada (que muestra a personas con problemas, que constituyen una carga, ligadas a la dependencia),
  • parcial (sin que aparezcan en el contexto de acciones ordinarias de su vida cotidiana)
  • institucionalizada (las fuentes informativas suelen ser instituciones o representantes públicos)
  • con poca presencia, en suma, de protagonistas reales
 
Ante esta realidad, tan insatisfactoria, el movimiento asociativo de la discapacidad reflexiona y parece concluir: “Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña”. Y pone en marcha una iniciativa que consiste en la publicación de guías de estilo con recomendaciones para la mejora del tratamiento informativo de las noticias que les afectan. 
 
La decisión se apoya en la certeza de que los medios de comunicación, como intérpretes de la realidad, crean opinión, transforman valores y son –por tanto- un instrumento valiosísimo para transformar esa realidad. Hay otra razón: la multiplicación de canales, la extraordinaria diversidad de emisores y los receptores que se dan en el actual panorama de la comunicación, a través de medios convencionales y las redes, hacen muy difícil compatibilizar los códigos. Y lo cierto es que del uso de esos códigos, o sea de los conceptos, del lenguaje, de la imagen que elijamos en cualquier información (que no son neutrales porque “integran o marginan”), va a depender finalmente el sentido del mensaje. Y ese es el verdadero poder de estas guías de estilo sobre discapacidad para profesionales de los medios de comunicación. 
 
Esta iniciativa, que surge del CERMI, es replicada por otras instituciones (Real Patronato sobre Discapacidad del Gobierno de España, la Consejería de Igualdad de la Junta de Andalucía, el Consejo Audiovisual de Andalucía entre otros) y se acaba mostrando como una acción inteligente, práctica y eficaz. 
 
¿Y qué dicen esas guías? Pues reclaman respeto y verdad, lenguaje adecuado e imágenes ajustadas a la realidad. Piden voz para los protagonistas, inclusión, diversidad, visibilidad, o sea: igualdad.
 
En concreto reclaman:
 
  • que se usen los términos persona con discapacidad, que quiere decir persona con habilidades, algunas diferentes, no necesariamente todas, como cualquier otro ciudadano, pero con los mismos derechos.
  • En consecuencia, fuera vocablos impropios y vejatorios (minusválido, incapacitado, retrasado, inválido)
  • Huir de la asociación discapacidad-enfermedad (no son, evidentemente, sinónimos)
  • No usar expresiones para amortiguar la discapacidad (personas especiales, etc.)
  • A cada realidad su concepto: persona con discapacidad, persona sorda, persona usuaria de silla de ruedas, persona en situación de dependencia.
  • Nada de verbos negativos (padece, sufre…)
  • Piden una imagen activa de las personas con discapacidad (que se les vea haciendo lo que hacen cada día, lo que saben hacer)
  • No frivolizar con curaciones mágicas sin evidencias científicas.
 
Y entre otras muchas recomendaciones, que conviene consultar en estas guías a disposición de los profesionales, un concepto transversal clave: el de inclusión en vez de integración. Veamos. Se integra a alguien que esta fuera de un ámbito, es decir desintegrado. Se incluye a quien (con alguna distinción, que no diferencia) es igual en derechos. Al integrar se saca a alguien de donde estaba para incorporarlo (como si fuera un acto graciable). Al incluir se coloca a todos en igualdad y en situación de reciprocidad. De modo que: inclusión.
 
Pero hay más, hay un nuevo debate en marcha. La comprensión de la discapacidad ha surgido hasta nuestros días y surge en la actualidad (en los términos del discurso dominante en vigor) de un proceso activo, perfectible y –por tanto- cambiante. De modo que el discurso ya asentado o tradicional convive, por definición, con un discurso emergente que es, a la vez, cambiante. 
 
Esta nueva sensibilidad, que alcanza ya a los medios de comunicación, parece atisbar una nueva comprensión de la discapacidad. Esta propuesta vendría a romper un discurso de la discapacidad que arrancando del conflicto y la diferencia apuesta por la integración; y un segundo discurso de la discapacidad que arrancando de la diversidad (la discapacidad forma parte de la vida) apuesta por la normalización.
 
En el estudio denominado “Precepción de la imagen de las personas con discapacidad por los profesionales de los medios de comunicación” que dirigió el profesor Mariano Cebrián y publicó en 2010 la Fundación ONCE, el también profesor de la Universidad Complutense, Juan Benavides, aborda esta convivencia de discursos contrapuestos que se dan en la actualidad. 
 
Dice Benavides que “esta nueva sensibilidad vendría a romper el discurso convencional apoyado en la ideología naturalista tan propio del pensamiento científico del siglo XX. Ese discurso se fundamenta en la tradición mecanicista y neopositivista que venía a entender la normalidad como un valor derivado y expresión del mundo natural”. ”Desde esta perspectiva (y la construcción social que se deriva de ella) la discapacidad solo puede ser entendida como una distorsión de esa normalidad. En cambio, la nueva sensibilidad, presente en el discurso emergente de la discapacidad, conduce –según esta visión- a una percepción de la discapacidad mucho más real y humana. Una apercepción que es ajena a la dicotomía normalidad/anormalidad y se formula como una expresión de la diversidad de la realidad”. Este segundo discurso, que parece proponer la continuación del debate sobre una nueva comprensión de la discapacidad, se apoya, pues, en la diversidad de la realidad para terminar apostando por la normalización. Que siga el debate, el objetivo será siempre la igualdad real y urge alcanzarlo ya, cuanto antes.
 
Sevilla, mayo de 2020
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