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viernes, 10 de febrero de 2017cermi.es semanal Nº 245

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Los raros

Arthur Cravan, el ¿caballero? inexistente

Por Esther Peñas

10/02/2017

Imaginen un poeta boxeador. No se pierdan, atentos. Hablaremos de un poeta boxeador que, además, fue estafador, amante urgente, excéntrico obstinado, explorador, putero, sobrino de Óscar Wilde, aspirante a hijo de Óscar Wilde, delirante bailarín, tosco exhibicionista, embustero, dandi a ratos, a rachas marchante de arte, tenaz provocador, campeón semi pesado en Francia, bufón por horas, insensato en su veleidad, sombra de sí mismo, sublime arquetipo de nada, crisol de todo, farsante, escritor maldito, indigente canónico, fuerza motriz del escándalo, desertor convencido, equilibrista de la línea en blanco de una historia que hizo suya. “Mi funesta personalidad”, decía él. La pluralidad de yoes, de la que hablaba Unamuno.

Arthur CravanPesaba 105 kilos y medía uno con noventa metros. Se llamaba Fabián Avenarius Lloyd. Pero se le recuerda como Arthur Cravan. Hasta su nombre era y no.
 
Hay poetas con más poética que versos. Hay poetas que se juegan a cada cosa que hacen. Rimbaud afirmó: “hay que ser absolutamente moderno”. Cravan lo fue, hasta sus últimas consecuencias. A su lado Apollinaire, Duchamp, Picabia, Picasso eran unos tradicionales. También Breton, que lo incluyó en esa placentera antología de humor negro (no apta para todo tipo de personalidades) resultaba a su altura algo anodino. Arthur Cravan. El poeta boxeador.
 
Vivió 31 años. No dejó cadáver hermoso porque no se sabe con exactitud cuándo ni cómo murió. No hubo cuerpo sin vida. Justicia poética. Vivió 31 años y fascinó a todos sus contemporáneos. En él se sitúa el germen del Dadaísmo, aunque no soportaba a Apollinaire, y menos a su pareja, la pintora Marie Laurencin, de quien escribió “He aquí una que necesita que se le levanten las faldas y se le meta un gran… en cierto sitio”. Denunciado por escándalo público, se retractó asegurando que lo que quiso decir con exactitud era que “He aquí una que necesita que se le levanten las faldas y se le meta una gran astronomía en el Teatro de Variedades”. No era machista, era virulento. Cosas peores escribió contra hombres que le resultaban cargantes. Gidé, sin ir más lejos.
 
Arthur CravanDel Nobel dejó escrito que “El señor Gidé no parece un hijo del amor, ni un elefante, ni varios hombres: parece un artista; y solo le haré este cumplido, por lo demás muy desagradable: que su pequeña pluralidad proviene de que se podría tomar muy fácilmente por un cómico de la lengua (…) sus manos son las de un vago (…) en conjunto es de naturaleza pequeña (…) su porte traiciona a un prosista que nunca podrá hacer un verso…”
 
Cravan, el poeta boxeador. Sabemos que fue expulsado del colegio cantonal al que acudía, que llamaba la atención el virtuosismo con el que tocaba el violín, que acaba sus estudios secundarios en Inglaterra, pero que, en plena adolescencia, decide abandonarse hasta el extremo de convertirse en vagabundo, viviendo al modo clásico, bajo un puente. Se le veía con prostitutas, homosexuales, bohemios y rufianes. Está a punto de no salir del ambiente lisérgico, pero lo hace. También escapa del robo que cometió a una joyería en su ciudad natal, Lausana.
 
En 1904 conoce a su primo Vyvyan Holland, hijo de Óscar Wilde. Al conocer que él mismo forma parte de la línea sucesoria de aquel que hablase del amor que no osa decir su nombre, Cravan fantasea con la idea de ser hijo del irlandés universal, y así se presenta en ciertos círculos. Freudiano. Y más allá.
 
Su primera estancia más o menos sosegada la tiene en París cuando, al recibir parte de una herencia, se instala primero en un hotel y después en un piso de la Rue Saint-Jacques, en el barrio latino. 
 
Allí escribió alguno de sus escasos versos: “¿Cuál es esta noche mi error? ¿Que entre tanta tristeza todo me parece bello? (…) Mundano, químico, borracho, músico, obrero, acróbata, actor; viejo, niño, estafador, granuja, ángel y juerguista; millonario, burgués, cactus, jirafa o cuervo; cobarde, héroe, negro, mono, don Juan, lord, campesino, cazador, industrial, fauna y flora: ¡Soy todas las cosas, todos los hombres y todos los animales!”
 
Y razón no le faltaba. No hay fuera y dentro. Cada uno de nosotros somos el mundo en esplendor (¿geométrico?).
 
Arthur CravanHuyendo del reclutamiento que realizaban los países para alimentar las trincheras de la I Guerra Mundial, llega a Barcelona, donde reside casi un año. Allí, en la Plaza de Toros de la Monumental, participa en un combate de boxeo con el campeón del mundo en ciernes, Jack Johnson. 1916. Cravan aguanta apenas diez segundos de pie en la lona. Las crónicas no pudieron ni trenzar un segundo párrafo para dar cuenta del combate casi inexistente. 
 
Troski, en sus diarios, apunta sobre Cravan: “un boxeador y literato ocasional, primo de Oscar Wilde, que confesaba francamente que prefería demoler la mandíbula de los señores yanquis, en un deporte noble, a dejarse hacer pedazos por un alemán”. 
 
Su paso por España deja huella. El pintor Eduardo Arroyo, gran admirador suyo, le pintó y le siguió la pista; la crítica y escritora María Llüisa Borràs compuso, del mejor modo que pudo, una biografía (el personaje es difícil de situar de manera estable en casi cualquier momento de su vida) y organizó una exposición sobre el personaje en el Retiro; Enrique Vila-Matas ha escrito también sobre él, y el cineasta Isaki Lacuesta montó un falso documental sobre su figura. 
 
Cravan se reinventa de nuevo: “Soy lo que soy: el bebé de una época”. Bravo. Edita una revista, ‘Maintenant’, de la que produjo cinco números. Él era toda la plantilla de colaboradores (ya hizo lo propio doña Emilia, condesa de Pardo Bazán, con ‘Nuevo Teatro Crítico’). Es una de las publicaciones más estimulantes, vanguardistas, delirantes y atractivas jamás editadas (hay versión en castellano).
 
Entre tanto, ampliaba su listado de insensateces. Por ejemplo. Anunció que se suicidaría en público, lo cual originó una gran concentración de curiosos a los que acusó de voyeristas y les ofreció, en vez de un suicidio notorio, una disertación sobre la entropía. 
 
Arthur CravanEn Nueva York conoce a la poeta Mina Loy, dama surrealista bien conocida por Bretón, T. S. Eliot, Ezra Pound, William Carlos Williams o Gertrude Stein. Se enamoran. Incluso planean suicidarse juntos dada las estrecheces que pasan. Desestiman la mayor. Persisten. Es más, ella se queda embarazada. Es más, se casan. Deciden viajar a Buenos Aires, en un intento desesperado por ganarse la vida. Por motivos económicos, viajan por separados. Mina llega la primera. 1918. Cravan se embarca, pero nunca más se sabe de él. Unos dicen que su barco naufragó en el peligroso Golfo de Méjico; otros lo sitúan en París, muchos años después de aquel 1918, vendiendo obras de Wilde, y mendigando.
 
“Tenía 34 años y era cigarrillo”, había escrito en una ocasión.
 
De Cravan  resta decir que es un personaje raro. Raro a la manera que explicó Rubén Darío: “El común de los lectores acostumbrados a los azucarados jarabes de los poetitas sentimentales o solamente de gusto austero y que no aprecian sino la leche y el vino vigoroso de los autores clásicos vale más que no acerquen los labios a las ánforas curiosamente arabescas y gemadas de los cantos ya amorosos ya místicos ya desesperados de este poeta ya que en ellos está contenidos un violento licor que quema y disgusta a quien no está hecho a las fuertes drogas de cierta refinada y excepcional literatura modernísima. Se trata, pues, de un raro”.
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