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viernes, 28 de febrero de 2014cermi.es semanal Nº 113

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Los raros

Schumann o el descargo del amor

Por Esther Peñas

26/02/2014

A su música, como a todo lo importante, las palabras apenas si la rozan en el reflejo. Sólo su pieza ‘Concierto para violonchelo’ es ya una muestra de genialidad silenciosa, sin luces de neón ni alaridos sofisticados como advertencias. El violonchelo marca el paso, claro. La orquesta le sigue de lejos, discreta. No hay conversación entre uno y otra...

...El solista despliega los contrapuntos del diálogo. Pero habla con él, se rebate a sí mismo. Por eso se utiliza un violonchelo alto y otro bajo. Y el resultado es emocionante. Aunque nunca dio la partitura por cerrada. Le obsesionó toda su vida. Incluso internado de manera definitiva en el asilo de Endenich, seguía modulando notas, del mismo modo que esa música revoloteaba en su cabeza sin corporeidad alguna, puesto que nunca escuchó una interpretación de ese concierto.
 
Hablamos de otro raro. De un romántico alemán. De Robert Shumann (Zwickau, 1810 - Endenich, Bonn 1856). Robert Shumann, músico
 
Tenía alucinaciones. Escuchaba ángeles, o seres volátiles, que le dictaban ciertas composiciones; en ocasiones, creía ver incluso a sus mentores marcándole el ritmo adecuado. Y, por encima de las voces, siempre, con pasmosa nitidez, la nota ‘la’. Chopin, a quien conoció hacia el final de su vida, juraba por carta a su doctor que, a menudo, cuando componía, unos seres liliputienses encaramados al frontal del piano, le distraían. Cada temperamento artístico tiene sus fallas. 
 
La obra de Schumann se puede dividir –si se permite la ligereza- en música para piano y música para orquesta y cámara. La primera, dedicada casi por entero a su esposa, es la más conocida y poética, y su naturaleza es pura fantasía. La segunda, más enzarzada, nos revela un compositor capaz de las mayores audacias musicales, ágil, brillante, tempestuoso e impetuoso.
 
Quiso ser músico desde muy pequeño. Sentía devoción, una devoción de misal y oración descarnada, por Paganini, a quien escuchó en Fráncfort en la Semana Santa de 1830, y Liszt. Se afanó en forjarse como pianista, pero una grave lesión en su mano derecha le llevó al borde del precipicio de la claudicación. Finalmente, deformó su sueño, pero no lo aniquiló. 
 
Mucho se ha especulado sobre ese menoscabo completo de su tercer dedo y parcial del índice, registrado, junto a su miopía y su acentuado vértigo, en el certificado médico que le eximió del servicio militar. Al parecer, su incapacidad pudo habérsela provocado él mismo, al utilizar en exceso un dispositivo casero para someter al dedo más fuerte de la mano, de modo que el resto pudiere operar con mayor independencia, lo que le reportaría una práctica más presta y personal. Pero sólo son sospechas más o menos fundadas. Hay otras suposiciones, como la que apunta una cirugía fallida.
 
De Shumann, aparte de sus oscilantes composiciones, uno conoce el amor que le unió a la hija de su maestro, Friedrich Wieck. Clara. Una niña prodigio capaz de arrebolar las teclas del piano, colmándolas de gráciles melodías. Se la considera la pianista más importante del siglo XIX. Ella tenía 16 años; él, 25. Se aman. Al principio, de manera clandestina. Después, desafiando al padre de Clara, que le rechaza como pretendiente.  Se casan 1840 con permiso judicial. Tuvieron ocho hijos.
 
Robert Shumann, músicoGracias a Clara, Shumann no se recluyó únicamente en el piano, sino que puso voz a la orquesta, haciéndolo con un primor excepcional. 
 
Shumann sufría arrebatos de humor. Se hundía en la más densa de las melancolías, pero resurgía, súbito, y coronaba de júbilo su rostro, su alma, su persona. Hoy en día, los expertos no coinciden sobre su diagnóstico. Unos sostienen que era esquizofrénico; otros, maniaco depresivo, como se conocía antaño al trastorno bipolar. 
 
Parece que su comportamiento concuerda más con este último dictamen, atendiendo a sus agudos períodos de alta productividad maridados con estados de ánimo de exaltación y aciagos desalientos en los que se sentía incapaz, débil, torpe. Quería morir.
 
Por desgracia, a su enfermedad mental, fuera cual fuese, se unió algo fatal: una lesión cerebral, probablemente causada por una enfermedad venérea contraída en los promiscuos días de su juventud. Una sífilis que permaneció agazapada en su cuerpo y que decidió mostrarse descarada y cruel. 
 
La sífilis intensificó sus desvaríos. Oía otras voces que le azuzaban para que dejara de componer, voces que le castigaban, que le auguraban el infierno y el fracaso. Sufrió, incluso, desmayos causados por el terror de ver animales - hienas, tigres - abalanzándose sobre él. Trató de suicidarse arrojándose al Rhin. Fue entonces cuando lo ingresaron hasta que murió, dos años y medio después, tiempo en el que sólo volvió a ver a Clara una vez más, la víspera de su muerte. Seguía siendo un hombre enamorado. 
 
Queda su hermoso legado, sus impagables lied (reunidos en castellano por la editorial Hiperión), esas composiciones poéticas breves, tan típicas del Romanticismo, a las que se les enfunda música, por lo general de piano.
 
Creo ciega estar; a donde yo miro, lo veo a él solamente. Como en despierto sueño se cierne su imagen ante mí, surge de la más profunda oscuridad más claramente. Lo demás es sin luz y sin dolor, todo cuanto hay a mi alrededor, al juego de mis hermanas ya no más aspiro; prefiero llorar en silencio en mi alcoba; desde que lo vi creo ciega estar”. Es uno de esos poemas escritos y musicados por Shumann. Un lied de amor incierto. Amor en su descargo tuvo a cuenta. 
 
De Shumann resta decir que es un personaje raro. Raro a la manera que explicó Rubén Darío: “El común de los lectores acostumbrados a los azucarados jarabes de los poetitas sentimentales o solamente de gusto austero y que no aprecian sino la leche y el vino vigoroso de los autores clásicos vale más que no acerquen los labios a las ánforas curiosamente arabescas y gemadas de los cantos ya amorosos ya místicos ya desesperados de este poeta ya que en ellos está contenidos un violento licor que quema y disgusta a quien no está hecho a las fuertes drogas de cierta refinada y excepcional literatura modernísima. Se trata, pues, de un raro”.
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