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viernes, 11 de julio de 2014cermi.es semanal Nº 131

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Los raros

Norma Jeane, la mujer sin noche

Por Esther Peñas

09/07/2014

“En este preciso instante, al asomarme a la ventana del hospital, donde la nieve lo ha cubierto todo, de pronto todo aparece de un verde apagado. Hay hierba y unos arbustos raquíticos, aunque los árboles me dan cierta esperanza...y las ramas peladas prometen que tal vez habrá primavera y tal vez esperanzas (...) Anoche tampoco pude pegar ojo. A veces me pregunto cuándo es de noche. Para mí la noche casi no existe... Todo parece un día largo y horrible”.

Marilyn MonroeLa reflexión perturbadora fue escrita por una de las actrices más seductoras, tentadoras y cautivadoras de Hollywood, Norma Jeane Mortenson, o lo que es lo mismo, Marilyn Monroe (Los Ángeles, 1926-1962). Aunque no es lo mismo. En realidad, entre una y otra, el abismo. Norma, frágil, quebradiza, incierta, inconstante, indecisa. Marilyn, contundente, curvilínea, deseo que prende, belleza que dinamita la razón y hace perder la cabeza. 
 
Esas palabras iniciales se desgajan de una carta dirigida a su psicoanalista, Ralph Greenson. Estaba internada en un psiquiátrico, aislada en la zona destinada a los pacientes más extraviados. Todo apuntaba a un brote maníaco-depresivo. Trastorno bipolar.
 
Había acabado su última película, la perturbadora ‘Vidas rebeldes’, en la que coincidió con otro ser delicado, Montgomery Clift, y un recio de rostro cínico, Clack Gable. La dirigió un inmenso John Huston sustentado en el guión de Arthur Miller. Marilyn había decidido divorciarse del dramaturgo. Su tercer divorcio, después de James Dougherty y Joe DiMaggio. Otro nuevo fracaso. Otro de tantos que se le abalanzaron poderosos e imperiales.
 
Marilyn Monroe
En el psiquiátrico, Marilyn sólo recibe “una inhumanidad arcaica”. Estaba en un sexto piso, como aquel del que habla el tango, y tenía más que miedo desconcierto, decepción acaso. ¿Sonreiría en aquellos momentos? Ella que hizo de su sonrisa un edén donde todo aquel que la mirara tenía cabida, ella que sonreía y rescataba la esperanza del arca de Alianza... Ella, ¿sonreiría?
 
Las vicisitudes que sorteó para conseguir su primer papel fueron las de siempre: ruegos, cambios de imagen, expectativas que se empañan, esfuerzos, favores, promesas que tropiezan... Pero llegó. Apenas nadie reparó en esa muchachita un tanto envarada e imprecisa. Habría que esperar a su aparición en ‘Amor en conserva’, de los Hermanos Marx, a su interpretación de Ángela en ‘La jungla de asfalto’ y, sobre todo, al papel de Claudia Caswell en ‘Eva al desnudo’.
 
En 1953 el éxito la sacó a bailar tras el estreno de ‘Niágara’, cuyo papel se pensó originalmente para otra mujer turbadora, Anne Bancroft. ¿Recuerdan aquella escena en la que ella baja al encuentro de Joseph Cotten con ese vestido sonrosado, ceñido como cuando se hace el vacio de la luz? De esta película tomó Warhol la imagen de la actriz (devenida con el tiempo en hartazgo por reiteración).
 
También ‘Los caballeros las prefieren rubias’ (donde recrea ese número musical en el que convence de que los ‘diamantes son los mejores amigos de una mujer’, y se la perdona la frivolidad y se la absuelve y se regresa para adorarla de nuevo), ‘Cómo casarse con un millonario’, ‘Río sin retorno’, ‘Luces de candilejas’. 
 
Más tarde trató de que la corriente del suburbano no dejara a la vista su ropa interior en ‘La tentación vive arriba’, una escena no apta para dolientes cardíacos. De ‘Bus stop’ nos legó otra instantánea incandescente, la de una Marilyn recostada en la acera, mostrando con generosidad unas piernas ajenas a las miradas tramposas.  
 
Marilyn Monroe
“(...) Después de que la chica me dijera que no podía habar por teléfono, volví a mi dormitorio sabiendo que me habían mentido y me senté en la cama intentando imaginar qué habría hecho si me hubieran dado esta situación para improvisar una actuación. Así que me imaginé que era una rueda chirriante a la que se le pone grasa. Reconozco que era un chirrido fuerte, pero saqué la idea de una película que hice una vez, titulada ‘Niebla en el alma’. Cogí una silla un poco pesada y la tiré contra el cristal, a propósito... y fue difícil hacerlo, porque nunca en mi vida había roto nada...” La extensa carta a su terapeuta prosigue. ¿Cómo iba ella a haber roto algo? Ella misma estaba despedazada y no lo supo nunca del todo. Pensó que era posible ensamblarse sin cicatriz. O ensamblarse, a secas.  
 
De ‘El príncipe y la corista’ acaso no habló nunca porque perdió, durante el rodaje, el niño que albergaba. Un aborto espontáneo (el binomio es de por sí desconcertante). El alcohol y los barbitúricos la consumieron; viejos camaradas, se instalaron como funestos huéspedes y la dejaron mella. Su siguiente película, ‘Con faldas y a lo loco’, fue un desastre tras las cámaras. Llegaba tarde a todos los ensayos y grabaciones, tuvo que repetir hasta la extenuación multitud de escenas, volvió a quedarse embarazada (de Tony Curtis, que no la soportaba) y volvió a sufrir otro aborto. 
 
Entró en el descenso sin retorno. Coincidió con Yves Montand en ‘Let’s make love’, y se amaron. Ella, arrebatada de amor, le pidió que abandonara a su esposa, Simone Signoret, pero el cantante y actor francés regresó al hogar sin miramiento alguno para con la frágil mujer enamorada. 
 
Entre líneas (estas que lee y las vitales de la actriz) ocurrieron otras muchas cosas, trabajos teatrales, amores presidenciales, recaídas, resurrecciones a media asta, intentos, descoloques, visitas fugaces a los infiernos, soledad...
  
“El hombre que dirige el lugar, que parece un director de una escuela secundaria, aunque la doctora Kris lo nombra como el ‘administrador’, pudo hablar conmigo, y me hizo preguntas como si fuera un analista. Me dijo que yo era una chica muy enferma, y que había estado muy enferma durante muchos años. Desprecia a sus pacientes. Me preguntó cómo podía trabajar cuando estaba deprimida. Me preguntó si eso se interponía en mi trabajo. Era muy firme y decidido en la forma de hablar. En realidad, más que preguntar, afirmaba, así que le contesté: "¿No le parece que tal vez Greta Garbo, Charlie Chaplin e Ingrid Bergman se sentían deprimidos cuando trabajaban?" Es como decir que un jugador como DiMaggio no podía pegarle a la pelota cuando estaba deprimido. Vaya tontería...” 
Marilyn Monroe en la revista Life
 
El final ya lo conocen. Murió. En el intentó de telefonear. ¿A quién? La autopsia afirma que por ingesta de barbitúricos. La leyenda, que asesinada por los servicios secretos norteamericanos. Hay otras narraciones más macabras, también las conocerán, pero no repararemos en ellas... Tal vez, como cantó el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal en su ‘Oración por Marilyn Monroe’, la matamos entre todos: “(...) La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono. / Y los detectives no supieron a quién iba a llamar. Fue/como alguien que ha marcado el número de la única voz amiga /y oye tan sólo la voz de un disco que le dice: WRONG NUMBER./ O como alguien que herido por los gangsters/alarga la mano a un teléfono desconectado./Señor/ quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar/ y no llamó (y tal vez no era nadie/ o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de Los Ángeles/ ¡contesta Tú el teléfono!”.
 
La mujer que trataba de zafarse de sí misma, de no ser sino alguien feliz, feliz en la felicidad libre de euforia de la que hablan los poetas, la mujer intrusa de sí. Murió. Encontré la noche sin ruido. El descanso de la tierra que cubre.
 
De Norma, de Marilyn, resta decir que es un personaje raro. Raro a la manera que explicó Rubén Darío: “El común de los lectores acostumbrados a los azucarados jarabes de los poetitas sentimentales o solamente de gusto austero y que no aprecian sino la leche y el vino vigoroso de los autores clásicos vale más que no acerquen los labios a las ánforas curiosamente arabescas y gemadas de los cantos ya amorosos ya místicos ya desesperados de este poeta ya que en ellos está contenidos un violento licor que quema y disgusta a quien no está hecho a las fuertes drogas de cierta refinada y excepcional literatura modernísima. Se trata, pues, de un raro”.
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