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viernes, 23 de julio de 2021cermi.es semanal Nº 446

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Reseña

El loco de Nueva York

Por Víctor San José

Portada de El loco de Nueva York (The Fool of New York City, de Michael D. O’BrienLa colección Empero (Ediciones Cinca y CERMI) vuelve con sus raros. En esta ocasión, El loco de Nueva York (The Fool of New York City, de Michael D. O’Brien, Ignatius Press, 2014; traducida ahora por Julio Monteverde). Entendidos los raros en el sentido de los distintos, los extraños, incluso los incómodos, o los Cristos, metafóricamente hablando. Si se repasa la colección, vamos de Foucault a Concepción Arenal, de Léon Bloy a Hoyos y Vinent, de Santa Liduvina de Schiedam a Villiers de L’Isle-Adam. Vidas dramáticas y voces insólitas. A veces no tanto para el mundo sino contra el mundo, pero intensas de vida. Ahora, después del reciente Los orígenes del genocidio Nazi, obra esencial para esclarecer las raíces del Holocausto (en las personas con discapacidad, y no en exclusiva como tragedia judía), la colección Empero nos ofrece una novela actual, no solo por reciente, sino porque habla de nuestro mundo presente.
 
El “loco” del título bien se puede entender en sentido metafórico o alegórico, pues el protagonista no pasa de ser un amnésico temporal (un tópico además en el cine popular). Un amnésico que, a la espera de descubrir o recuperar su auténtica identidad, se da en llamar Francisco de Goya, como el pintor. Pero esto no lo hace con convencimiento interno, sino como tabla de salvación u ocasional recurso o consuelo (él mismo también es pintor, al igual que el autor de la novela) en medio de la ignorancia sobre sí mismo en la que vive. Así, el compañero con el que se encuentra en la gran ciudad, al que reconoce como “gigante”, antiguo jugador negro de baloncesto que también sufrió un episodio de amnesia, lo ayuda a buscar su identidad pero sin negarle el tratamiento de Francisco de Goya. Estamos, pues, alejados del plano de la sátira. Apenas rozamos la ironía. Y nos encontramos más cerca del perdón, de la sutil alegoría. La relación que va creciendo entre ambos nos habla de una historia de amistad.
 
Pero la rareza o la aparente o metafórica locura que caracteriza en esencia al protagonista no es darse en llamar Francisco de Goya. En realidad, como hemos dicho, no parece que se reconozca como tal, simplemente lo enuncia a manera de alivio, de anclarse en el ser, antes de precipitarse por el abismo de la nada, nostalgia nebulosa de pintor como él mismo es/fue. Poco importa si imagina ser el famoso pintor español nacido en 1746, autor de las pinturas negras, pues desde el primer momento él y su compañero, como Quijote y Sancho más tranquilos, salen en busca de su verdadera identidad. Y esta es la cuestión que se dirime, la identidad del protagonista, no solo nominal y familiar, sino de su ser en el mundo. Y en este sentido su rareza se hace esencial y primordial, bajo la que el nombre de Francisco de Goya, no así la figura del pintor, modelo apasionado del protagonista, se queda en una anécdota, en un recurso novelesco.
 
Abundando en la línea de la identidad, encontramos otros dos recursos más. Uno es el tiempo. En realidad el tiempo de la fábula es corto, unos dos años, 2013-2014. Pero el tiempo narrado es mayor, más amplio, al entremezclarse en la trama el tiempo de la memoria, desde la niñez, pasando por la adolescencia hasta la madurez alcanzada, con recuerdo especial para la época del 11-S (2001). Esto nos da idea de un tiempo profundo, mucho más moral que cronológico, sima en la que se debate el ser con sus traumas y conflictos.
 
El otro recurso que apela a la identidad es el monólogo o pensamiento interior en segunda persona con el que se inicia la novela y que, con el discurrir de los sucesos (en primera instancia, el encuentro y trato con el “gigante”), desemboca en la narración en primera persona. Este recurso, que al principio da una idea de texto más vanguardista, en el que la identificación del personaje es difusa, nebulosa que además caracteriza el olvido de sí mismo del personaje, sugiere algo así (entenderemos) como el proceso de nacimiento, de la oscuridad a la luz. El reconocerse y llegar a ser uno mismo después de pasar por el trance de la ignorancia, de la amnesia y su trauma. Conseguir por fin el nombre propio, que en absoluto puede ser el de otro que ya fue, aun cuando este sea Francisco de Goya.
 
Por otra parte, ante las vicisitudes que no solo han llevado y llevarán al protagonista a la amnesia sino a recuperarse a sí mismo, podríamos considerar que estamos ante una novela de aprendizaje, y, en este sentido, de tesis, ideológica. En la línea calderoniana de El gran teatro del mundo poco importa el papel que cada uno represente en la vida, sino portarse bien, para lo cual la voluntad ocupa un lugar esencial.
 
Pero la novela va un poco más allá, pues este portarse bien no aparece solo referido a la relación con el prójimo, que sí, sino a la manera de sentirse y de estar en el mundo, a la manera esencial y global de situarse en la realidad, de ser uno consigo mismo, de “llegar a ser uno mismo”, como se dice por veces, una especie de mística profana, hasta alcanzar una esencial concepción de la vida o ideología de vivir como síntesis de todo este afán de reconocer y reconocerse.
 
He aquí, entonces, donde la peculiaridad del protagonista toma una senda no ajena o extraña, pero en ningún caso concomitante, con respecto a ciertas tendencias o intenciones sociales relativas a la relación del individuo con la gran ciudad no solo como conglomerado urbano y humano, sino como forma de vida, como fin y principio último de nuestra realidad y actualidad, de la modernidad y sus distorsiones, frente a todo lo que no lo es, lo ajeno o alternativo, sea rústico, antiguo, natural, perdido, lento u olvidado. Simón del desierto (Buñuel) no pudo resistir las tentaciones que le abocaron al deleitoso y aburrrido infierno de la ciudad y su agitada vida moderna. La huida de la ciudad/modernidad también se ensaya ahora entre nosotros, pero en sentido completamente distinto, en absoluto ideológico, en novelas como Los asquerosos, de Santiago Lorenzo.
 
El caso de El loco de Nueva York es distinto: recuperar tradicionales modos de vida, supuestos mundos perdidos que siempre fueron mejores, supuesta edad de oro humana enajenada actualmente por las extrañas contorsiones de la actualidad y la modernidad. Lo humano como contrario a la síntesis de ciudad y modernidad y a emblemas suyos como lo excesivamente científico, intelectual o edonista: “un derecho de nacimiento del ser humano que era por completo natural pero que en nuestro mundo está en declive”; “Si una planta no puede vivir según su naturaleza, muere; lo mismo ocurre con el hombre”; “Una chica del pueblo, supuse, aferrada a los últimos restos de integridad en una época hastiada”.
 
El loco de Nueva York podrá ser el loco de Nueva York, no solo como urbe sino como mundo y su moral, pero no lo quiere ser de sí mismo: “Me siento más pobre y más alegre, y en el proceso he aprendido que la privación puede ser buena para el alma, como el nuevo rico que vuelve a su forma esencial.”
 
En el mundo complejo en el que vivimos, David, así es el nombre del protagonista, opta por que la complejidad actual, con todos sus aciertos y torpezas, no lo asole; por recuperar lo que considera básico y esencial en las relaciones humanas y en la forma de estar en el mundo.
 
Relato moral y poético de una alternativa que se parece a la dulzura de un sueño posible: “lo imposible entró en mi vida”, dice en su redención, en la recuperación de sí mismo o en el momento de elegir su consuelo vital. El instante final nos hará recordar al de Sobre los acantilados de mármol, de Ernst Jünger, donde se concluye con algo así como: y regresamos a la casa del padre.
 
Publicado por ladesmemoria.com
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