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viernes, 11 de enero de 2019cermi.es semanal Nº 329

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Cuarto de invitados

Annie Le Brun, poeta y crítica

“La fealdad reduce, rebaja y paraliza, como una suerte de reclusión que incita al servilismo”

Por Esther Peñas

11/01/2019

Versada en el perverso mundo literario del marqués de Sade, conocedora de los pasadizos umbríos de la novela gótica, flagelo de feministas lastradas por el puritanismo, cofrade surrealista (del núcleo exacto, el de Bretón, entre 1963 y 1968), Annie Le Brun (Rennes, Francia, 1942) es una de las mentes con mayor longitud de onda en el territorio del pensamiento. La suya es una lengua de alta frecuencia, adictiva, sugerente, virulenta, capaz de diseccionar con una linterna los laberintos de la estafa, a cualquier nivel. Su último ensayo, ‘Lo que no tiene precio’ (Cabaret Voltaire) es una feroz denuncia de la mercantilización del arte.

Portada de "Lo que no tiene precio", de Annie Le Brun, poeta y críticaEn su texto, hay una reivindicación de una cierta ‘épica de lo inútil’, de aquello que no tiene una rentabilidad crematística y que sin embargo “nos une al mar abierto de lo impensado”. ¿Es la indiferencia el gran aliado de este sistema?
 
Sí, por eso no ceder en aquello de lo que todavía es imposible extraer un valor -el sueño, la ensoñación, el silencio, la pasión…- es una de las últimas armas que nos quedan. Es quizá el único medio del que disponemos cada uno de nosotros para combatir esa indiferencia inducida, promovida y cultivada por un capital que aspira a convertir todo en intercambiable para acelerar el flujo de la mercantilización al mismo tiempo que una pérdida fatal del sentido.
 
Si nos arrebatan, si el sistema finalmente consigue desposeernos de cuanto no tiene precio, ¿ya no habrá nada que hacer?
 
La desgracia es que muy pocos son conscientes de esa desposesión. Por eso he hablado de una guerra en la que los más ignoran que son actores, pues no hay un solo ámbito de nuestra vida sensible que no se vea alcanzado por ella. Es un combate proteiforme, cuya extensión y complejidad consiguen demasiado a menudo disimular su verdadero sentido. Sin embargo, depende de cada uno de nosotros escapar a esa dominación, negándonos en cada ocasión a adaptarnos a aquello que buscan imponernos.
 
La fealdad, ¿siempre va pareja a la servidumbre?
 
Así como la belleza viva abre el horizonte, iluminando de repente lo que existe con otra luz, la fealdad reduce, rebaja y paraliza hasta hacer desaparecer toda perspectiva, como una suerte de reclusión que incita al servilismo, pues la imaginación pierde el espacio de esparcimiento que necesita. Ya en 1866, Elisée Reclus se había dado cuenta de ello, constatando que ahí donde el suelo se ha afeado, ahí donde la poesía ha desaparecido del lenguaje, las imaginaciones se apagan, los espíritus se empobrecen, la rutina y el servilismo se apodera de las almas y las empujan a la torpeza. Es lo que, unos decenios más tarde, William Morris confirmará por su parte, convencido de que la fealdad no es neutra; que afecta al hombre y deteriora su sensibilidad, hasta el punto de que ni siquiera nota su degradación, y eso lo predispone a caer aún más bajo. 
 
Ambas visiones fueron premonitorias, como si uno u otro, contrariamente a todos los teóricos de la crítica social, hubieran sentido, de manera intuitiva, el desafío político que suponía todo lo que escapaba a la razón instrumental.
 
¿Qué relación guarda la belleza con los afectos? 
 
Hay que recordar que Freud afirma al principio de Malestar en la cultura que “por desgracia, el psicoanálisis no tiene nada que decir sobre la belleza” pero que esta deriva “de la sensibilidad sexual”. Por otra parte, es significativo que un neurólogo como Jean-Pierre Changeux nos explique hoy que el sentimiento de belleza produciría en el cerebro “una especie de ignición singular y poderosa”, que corresponde a una “síntesis global particular en el seno del espacio neuronal consciente”. Prueba de lo que cada uno de nosotros hemos podido sentir en el fondo de nosotros mismos: la fuerza de la belleza reside precisamente en confundirse con esa ignición, que supone una efracción en el curso de las cosas.
 
Reflexiones como 24/7, de Jonathan Crary, en el que analiza cómo el sistema coloniza nuestro sueño, o este suyo, que advierte de cómo el feísmo y el realismo globalista nos envilece nos llevan a pensar que la nuestra, aún con los ‘avances’ (médicos, políticos), es la peor de las épocas que ha vivido el hombre. ¿Esto es así? 
 
La paradoja es, en efecto, que intentan convencernos de que nunca hemos sido tan libres, cuando en realidad nunca hemos estado más controlados y más alejados de toda soberanía. De hecho, la religión del progreso y de la técnica habrá jugado un papel importante a la hora de convencernos de los múltiples beneficios de ese servilismo. La fuerza del sistema reside precisamente en hacernos esclavos sin que seamos conscientes de ello. Aparentemente, estamos muy lejos de la violencia totalitaria, cuando en realidad nunca el capital ha invadido tanto las profundidades del ser.
 
Siguiendo su ensayo Exceso de realidad, y anudándolo con Lo que no tiene precio, me parece que el exceso de esta sociedad bloquea la posibilidad de lo poético.
 
El peligro no reside tanto en el exceso como en la reducción de todo al orden de lo ponderable, donde, por su puesto, la fulguración poética no tiene cabida alguna. El acontecimiento de este principio del siglo XXI es que estamos logrando transformar la calidad en cantidad. Se ha hablado justamente de la novedad de esa “gobernanza por los números” (Alain Suppiot) que afecta hoy a todos los ámbitos, ya sea político, cultural o erótico…
 
Una de sus propuestas es desactivar el entramado de la representación, de algún modo detectar o desarticular las emociones espectacularizadas, retomando aquello que apuntó Rancière en ‘El espectador emancipado’. Es como don Quijote luchando contra los molinos de viento… ¿el silencio, la atención, la crítica, la vehemencia, sirven para contrarrestar ese “arte de los vencedores”?
 
Annie Le Brun, poeta y crítica (foto de Philippe Matsas)Sí, todo lo que aún no tiene precio pone en peligro potencialmente “el arte de los vencedores” que, por su brutalidad, va a obligarnos a admitir que no hay alternativa a su orden falso. No obstante, resulta difícil neutralizar la ‘espectacularización’ del mundo que deriva de él y que se fundamenta en una estética de efectos especiales con el fin de provocar une especie de sideración. Suscitar sensaciones fuertes en detrimento de toda representación, tal es hoy la causa común del arte contemporáneo y del capital para suspender toda crítica y, así, impedirnos ver más allá de lo que se nos impone. Pocos son hoy capaces de evadirse de esa prisión sin muros. Sin embargo, cada uno de nosotros debemos encontrar, por todos los medios, la formidable clave que nos legó Troxler, el antiguo alumno de Hegel, al descubrir esa estremecedora verdad escondida de la que querrían que olvidáramos hasta el recuerdo: “Hay otro mundo, pero está en este”.   
 
Otra de sus críticas es que el entramado de esta estetización que crea esclavos amenaza el pensamiento, algo que ya ha ocurrido en otros terrenos, en los que, al sentimentalizarse el discurso, es imposible debatir. Uno no puede dejar de pensar que uno de los propósitos del sistema es la infantilización de los ciudadanos…  
 
Así como las marcas buscan acabar con toda belleza singular encerrando a los seres en el simulacro de su belleza formateada, asistimos a la normalización de una caricatura del pensamiento. Y en el reino de la indiferencia que engendra la proliferación de diferencias que se vuelven intercambiables, la coexistencia de opiniones contrarias es la manera más sencilla de impedir todo intercambio verdadero. ¿Infantilización o cretinización? Sin duda las dos cosas a la vez, cuando, so pretexto de objetividad, se nos obliga a asistir sencillamente al hundimiento de la dialéctica.
 
Es curioso cómo el arte moderno, según su tesis, es un reciclaje de basura, con la inmersión de marcas, y cómo hay arte que nos invita a la ensoñación hecho a partir de basura, o deshecho (pienso, aunque hay muchos ejemplos, en Cornell). Y sin embargo, se prefieren los centros comerciales, se prefiere la basura que no se opone a nada. ¿Tanto tememos a enfrentarnos a nuestra propia libertad?
 
En realidad, hay basura y basura. De hecho, so pretexto de reciclar, el arte contemporáneo refuerza el sistema reintroduciendo los mismos materiales en el mismo circuito, hasta la putrefacción incluso, como probó de forma espectacular Damian Hirst con sus montajes de animales en descomposición. Tal es la única certeza que nos aporta el arte contemporáneo: nada cambia si no es a peor. 
 
En el caso de Joseph Cornell, estamos ante algo completamente distinto. Los objetos o fragmentos que reutiliza vienen de lo que el mundo mercantil ha eliminado del circuito del valor. Precisamente por eso han sido, por así decirlo, liberados. Y el genio de Cornell consiste en haberse dado cuenta de ello de manera intuitiva, jugando con su libertad nueva para abrir un espacio hasta entonces desconocido que, como un soplo de aire fresco, hace que todo lo que nos rodea se tambalee hasta llevarnos a otro universo. Eso es precisamente lo que teme todo el mundo. 
 
Que las fundaciones de arte contemporáneo sustituyan a los museos tradicionales, a los que usted califica “en vías de extinción” ¿abre la posibilidad de que el arte (Velázquez, El Bosco, Magritte…) quede en recintos privados y se nos prive definitivamente de él?
 
Indudablemente, hay un ‘secuestro’ del pasado artístico por el capital que busca explotar todo lo que, hasta hoy, los museos habían conseguido mantener apartado del circuito mercantil. Son las últimas fortalezas de gratuidad sensible que ahora debe aniquilar para poder concluir la colonización de nuestros paisajes interiores. La desgracia es que muchos conservadores de los grandes museos no ven la amenaza que pesa ya sobre lo que supuestamente tienen que preservar. Al contrario, puesto que ellos mismos participan de los estragos ya en marcha, con esa moda museística de hacer “dialogar” el arte contemporáneo y las obras de arte del pasado. Por supuesto, no se produce ningún “diálogo”. Significativa a otro nivel es la promiscuidad de algunas de esas intervenciones cuya insignificancia es proporcional a su grosería a menudo multiplicada por su gigantismo. La primera consecuencia es la aniquilación del aura de las obras de referencia, alcanzadas por la brutalidad del arte contemporáneo. Y no se trata simplemente de una impresión, porque la intención de esa presencia recíproca es hacernos asistir a la gran transmutación del arte en dinero y del dinero en arte. Ejemplo notable de la manera en que la violencia del dinero está reconfigurando nuestra mirada al tiempo que nuestra sensibilidad.
 
¿Hasta qué punto la vulgaridad existencial nos degrada?
 
Hasta hacer que nos dé miedo pensar y que olvidemos que la invención del aquí es lo que llama al allá.
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