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viernes, 13 de enero de 2012cermi.es semanal Nº 17

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Cuarto de invitados

Víctor Márquez Pailos, escritor y prior del Monasterio de Silos

“Es interesante que los conflictos no siempre se resuelvan”

Por Esther Peñas

12/01/2012

Hay una sutil y bella cadencia entre la frescura y la convicción con la que habla. No trata de convencer, sino de compartir. Acoge las palabras del otro como un regalo que, aunque no gaste sus frutos, los cultiva. En todo, lo distinto le agrada. Le motiva. Le hace reflexionar. Víctor Márquez Pailos (Gijón, 1968) es un monje poeta. O poético. Como sus escritos, de corte filosófico, acomodados en un lecho hondamente lírico.

Víctor Márquez Pailos, escritor y prior del Monasterio de Silos

En su último libro, ‘Conversaciones en Silos’ (Kailas) no escribe, habla. Es el periodista Jesús Fonseca (Huesca, 1952) quien le estimula. Nos responde el prior de uno de los monasterios más expresivos, pero también el hombre, Víctor, a secas.
 
¿Por qué escribe uno?
Para tener más amigos de los que ya tengo…
 
Se agradece esta larga conversación en unos tiempos en los que abundan los monólogos intercambiados que dejan un poso yermo. Hoy en día se conversa menos ¿porque el tiempo apremia, porque nos resulta dificultoso escuchar o porque no tenemos mucho que aportar?
Juan de Mairena, ese gran personaje de Machado, afirma que en España nadie pregunta. Y donde no hay preguntas no puede haber diálogo; si todo el mundo cree saber todo, tener ya la respuesta a cada interrogante, el diálogo queda impedido desde la raíz, degenerando en una yuxtaposición de monólogos, como apuntas, de discursos que se desoyen y se excluyen. La verdadera comunicación no empieza en la palabra sino en el silencio, en la escucha en algo que es. 
 
No preguntamos ¿por pudor, por soberbia, por desidia..?
La soberbia no me gusta, creo que casi nadie peca de soberbia… más bien no se pregunta por miedo, por pudor también, pudor por mostrarnos como somos, pudor de decir lo que pensamos, pudor por manifestar nuestra fragilidad… en una sociedad competitiva como la nuestra hay que ir por la vida de fuertes y rompedores, de resolutivos. Nos enseñan que hay que afirmarse anunciando lo que eres, lo que quieres, lo que crees, lo que bebes… hay que etiquetarse hasta la extenuación, sin dejar siquiera un mínimo margen a la duda respecto de uno mismo, y así es imposible que haya desnudez, fragilidad, vulnerabilidad. Es importante ser vulnerable ante el otro. Dejar que lo que el otro haga o diga nos transforme. 
 
Una de las reflexiones que hace en el libro es la reivindicación del juego como planteamiento de partida, un juego que exige respeto, imaginación y sensibilidad. Me resulta interesante, sobre todo porque el juego en cierto modo adolece de mala prensa, resulta algo despectivo por lo pueril o se le presupone como algo frívolo.
Siempre recordaré un pasaje de San Agustín, en sus ‘Confesiones’, en el que recuerda cómo sus padres le reñían de niño cuando le veían jugar porque creían que perdía el tiempo, “mientras ellos jugaban a juegos mucho más peligrosos que los míos”, apunta el filósofo. Si la niñez nos salva, el juego, el juego no competitivo, el que no busca otro fin fuera de sí mismo, salva nuestra civilización.
 
¿De qué nos salva?
De peligros mayores. Afortunadamente, aunque cada vez los niños se convierten antes en adultos, sigue celebrándose, por ejemplo, la festividad de los Reyes. Es decir, pese a todo, se conserva la ilusión. La magia. El misterio. El mercado explota la ilusión de los niños, es cierto, pero no menos que el hecho de que no la explotaría si no la hubiera. La ilusión es esa luz que no ha dejado de arder, que nos alumbra desde la penumbra.
 
Le cito: “las cosas aparentemente menos importantes son las más profundas”.
Estoy convencido de ello. La comunicación no verbal, la que se despliega en el silencio, aparentemente insignificante, es decisiva para el entendimiento. 
 
Hay máximas a lo largo de esta charla que bien podrían convertirse en jaculatoria moderna que ensanche el corazón. Por ejemplo: “Hay que salvar lo gratuito de  la vida”.
El juego, el silencio, la mirada, la sonrisa… todo lo que no cuesta nada y, sin embargo, es maravilloso y decide nuestra felicidad, nuestro bienestar y nuestro nivel de satisfacción con la vida.
 
Víctor Márquez Pailos, escritor y prior del Monasterio de Silos¿Es posible una vida al margen de lo sagrado?
Creo que no. De hecho, lo sagrado sigue estando muy presente, tanto en el sentir religioso propiamente dicho, como en el lado más laico de la sociedad, que se manifiesta de otra manera, más difusa y confusa, de una manera más bien subterránea, a través de creencias, fetiches, supersticiones y temores. 
 
Es usted admirador de una de las mujeres más interesantes y fructíferas que alumbró el siglo XX, María Zambrano, una filósofa que se decía espiritual, pero no religiosa…
Ser espiritual significa aceptar lo sagrado, convivir con una presencia misteriosa que está viva, en tanto que el ser religioso tiene más que ver con una profesión de fe, una confesión, una adhesión cordial e intelectual con un credo. María Zambrano utilizaba ese término, espiritual, desde un punto de vista más universal, más generoso si quieres, pero que no deja de constatar la presencia de lo sagrado en nuestra vida. El hombre o la mujer espiritual puede darse a entender con más facilidad que el hombre o la mujer que profesa una fe religiosa. En cualquier caso, la religiosidad implica, o debería implicar, un camino espiritual, el credo al que uno se adhiera nos invita siempre a descubrir el lenguaje universal del espíritu.
 
Acaba de concluir la Navidad. ¿Qué supone para un monje esta festividad? ¿Acaso un instante vital de reposo en el que el corazón mire en derredor y siga caminando sin temblar?
Leí hace poco un artículo de Luís Antonio de Villena en el que decía que a él se le hacen muy largas las navidades. En España coexisten hoy en día varias maneras de celebrar la Navidad y todas tienen su espacio, máxime aquellas que necesitan de nuestra comprensión o compasión por ser la expresión de quienes cuando llegan estas fiestas las rechazan. Para un cristiano, la Navidad tiene que ser un momento de intensa esperanza, en el que el corazón ha de ser especialmente sensible al sufrimiento de quienes no pueden celebrar estas fechas. Las navidades han adquirido muchos matices que la enriquecen, la aportan matices, contenidos, silencios, pero también vacíos, cierta amargura, malos recuerdos… Un cristiano nunca puede permanecer insensible al otro, a su prójimo, pero menos que nunca en Navidad.
 
Ahora que roza el asunto, ¿quién no sufre no vive? ¿Por qué parece necesario el aprendizaje a través del dolor?
Para no atascarnos en él, no hundirnos en él. Necesitamos que alguien nos ayude a trascenderlo, y Cristo nos enseña que en el dolor hay conocimiento, y hasta felicidad. Él confiere a la muerte un significado. La vence. Estamos hechos para la vida y para la felicidad, por eso necesitamos encontrar un sentido al sufrimiento. Y ése no es otro que saberse acompañado.
 
¿De ahí que usted distinga entre heridas de sangre y heridas de luz?
Fue una metáfora casi improvisada, espontánea. La vida es una lucha permanente entre contrarios, ya lo apuntó Heráclito de Éfeso. Por eso en la sangre, en el dolor, en el sufrimiento, también está la posibilidad de la fraternidad, de la luz, del significado. De ahí que las heridas de sangre puedan convertirse en heridas de esperanza.Víctor Márquez Pailos, escritor y prior del Monasterio de Silos
 
A lo largo del libro se ahonda en temas, digamos, delicados, ante los cuales, en ocasiones, como por ejemplo cuando surge la cuestión de la homosexualidad, usted disiente de la opinión taxativa de la Iglesia. Antiguamente, las polémicas teológicas entre benedictinos, agustinos y jesuitas resultaron enriquecedoras para la Iglesia. ¿Hoy en día la jerarquía  eclesiástica encaja peor la crítica y las voces críticas?
Todos tenemos un problema con la crítica, a nadie nos gusta que se le critique. Sí, a la Iglesia le cuesta aceptar la crítica, pero es cierto que parece que hemos olvidado la posibilidad de ejercer una crítica constructiva, y por ello, ante la crítica, a menudo las personas e instituciones adoptan una postura defensiva. Las críticas de hoy en día suelen ser feroces, frívolas, despiadadas. Por otro lado no me siento un disentidor, ni creo que exprese un disenso particular respecto de las doctrinas magisteriales; hay más bien una interpretación en particular del fenómeno de la sexualidad en general y de la homosexualidad en particular que no se opone de manera directa a ninguna doctrina religiosa, aunque en algunos puntos hay expresiones o pensamientos no coincidentes con los comunes dentro del magisterio católico. Pero no coincidente no es confrontante. Al contrario, la no coincidencia puede ser fuente de enriquecimiento, no de hostilidad. Por último, me gustaría observar que la confrontación es el fruto de un esfuerzo por dejar de parecerse a lo que uno se parece, dejar de ser lo que uno ya es. La diferencia y la libertad se conquistan desde el respeto hacia el otro. 
 
Sin ánimo de resultar impertinente, de todos los temas menos amables que se tocan, echo falta una cuestión, la mujer y el sacerdocio…
Escribí hace tiempo una columna en ‘La Razón’ sobre este asunto que, curiosamente, al día siguiente la reprodujo una página feminista. En Salamanca hay una comunidad anglicana en la que la hondureña Cruz Zenaida desempeña el sacerdocio. Escribí sobre esta mujer recordándole la riqueza de la diferencia, y partiendo de una vivencia constatada: la fascinación de las mujeres por los curas, esa complicidad de la mujer soltera (y también casada) con el párroco, con su confesor, con su director espiritual, tiene mucho que ver con la presencia de lo sagrado en la mujer, en tanto que alberga la vida. Me parece admirable y respetable la vocación de Cruz Zenaida, la animo a que continúe, pero ¿por qué no respetar la diferencia entre mujer y sacerdocio? Es interesante que los conflictos no siempre se resuelvan. Respeto ese deseo profundo y atávico de la mujer hacia el sacerdocio. Es conflictivo, ambiguo, como todo deseo humano. 
 
Coincide, como escribió el poeta jesuita nicaragüense Ernesto Cardenal, en “la violencia de la paz”, en que hay ocasiones en las que “uno puede sentir como necesario el uso de la violencia al carecer de interlocutor”... 
Hay situaciones estremecedoras, desde luego. Máxime en países convulsos. Incluso en nuestra sociedad, más amable, hay que actuar. Y toda decisión es un acto de violencia. No podemos ser tan ingenuos como para creer que basta sólo ser buena persona. No actuar nos convierte en cómplices. Ser una buena persona no es fácil. Para empezar, hay que ser inteligente, hay que tener capacidad de entendimiento, como explicó Aristóteles, y tener decisión. Ser buena persona significa actuar, no resultar pasivo. Una cosa es ser pacifista en el sentido pietista, y otra ser bueno y pacífico, que puede costarnos muy caro.
 
“Humor, santa disconformidad del que ha descubierto que en la vida hay más de lo que se ve a simple vista”. ¿Cómo es posible entonces que no haya un solo testimonio de la risa de Jesús en los Evangelios?
Se ha hablado mucho de la gravedad o seriedad de Jesús. Dado que los Evangelios son catequesis o escritos de fe en los que se escoge, a partir de la cultura de la época, lo más importante, nada nos impide deducir que Jesús tuvo momentos de juego, de sonrisa, de distracción. Los occidentales somos la cultura de la seriedad, y el humor nació en la sombra; los epigramas, la sátira o comedia quedaron en un segundo plano frente a los grandes géneros como tragedia.
 
Recalo en ‘El rostro de la soledad’, su último ensayo, para terminar con una cita suya: “darse es un milagro que solo tiene lugar cuando el que ansía hacerlo encuentra a la persona capaz de acogerle como es”. ¿Por qué nos cuesta no tratar de cambiar al otro?
Lo contrario, aceptarlo tal cual es, es escandalosamente permisivo, o provocativo, pero ha de ser así. Alguien que te quiere querrá tus defectos, no por sí mismo, sino porque conjugados con tus virtudes conforman un cuadro inigualable, el tuyo. Es entonces cuando, como dice Pablo d’Ors, la belleza simplemente sucede.
 
¿La elección del próximo abad ha trastocado la rutina monacal?
Nos perturba un poco, la verdad.
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