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viernes, 06 de mayo de 2016cermi.es semanal Nº 211

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Cuarto de invitados

Andrés Barba, escritor

“La naturaleza misma de la risa está en el límite”

Por Esther Peñas

06/05/2016

Imágenes: Jorge Villa

Andrés Barba (Madrid, 1975) conquista aquellos géneros que transita, sea la narrativa (‘Agosto, octubre’, ‘Versiones de Teresa’, ‘Memorias de un payaso’…), las historias infantiles (‘Arriba el cielo, abajo el suelo’, ‘La microguerra de todos los tiempos’), o el ensayo (‘La ceremonia del porno’, escrito de la mano de Javier Montes, ‘Caminar en un mundo de espejos’). Su último trabajo es una reflexión sobre la risa, sus límites, su origen, su manifestación y su matiz. ‘La risa caníbal’ (Héroes modernos) propone un viaje sin prejuicios a través de un discurso lógico, no sentimental, de esta peculiaridad que nos salva –de tantas cosas y de tantos modos-, el humor.

Andrés Barba, escritor ¿Usted se ríe mucho?
 
¿Yo? Sí, claro, todo lo que puedo.  
 
¿A quién no le haría ni pizca de gracia este ensayo?
 
Al juez que trata de reabrir una y otra vez el caso Zapata, el juez Pedraz, a todos los infectados por esa enfermedad contemporánea del puritanismo salvaje, a todos los enemigos de la risa, en cualquiera de sus modalidades (religiosa, política, cívica)...
 
 
¿Nos hemos vuelto unos sentimentales (en el aspecto más peyorativo del término) y por eso ahora no sabemos muy bien sobre qué puede bromear uno?
 
Claro, en realidad, el problema es que, a diferencia de lo que suele creer la gente, el lenguaje de la risa está radicalmente anclado en la confianza en la razón y en las ideas, pero casi todos los ataques de la risa vienen desde una perspectiva sentimental de los discursos. Cuando alguien se ofende por la risa es porque ha utilizado una dialéctica sentimental, que es, en términos generales, lo que estamos viviendo a diario, la marca de la casa de nuestro tiempo, la sentimentalización de todos los discursos. Al sentimentalizar los discursos se produce un doble efecto bastante particular, por un lado, se vuelven, los discursos, inexpugnables, porque no exponemos ideas sino sentimientos, y no hay nada que hacer ni que decir al respecto. En ese sentido se vuelven onanistas, no discuten más que consigo mismos, acaba el diálogo. Por otro lado, comienza la afrenta constante de ese diálogo inexpugnable. Los discursos nacionalistas, por ejemplo, emplean el lenguaje de lo sentimental porque no hay manera de dialogar con la pertinencia de algo que es sentimental; si tú expones un sentimiento, lo único que puedo hacer es aceptarlo o no, pero no discutir con él. Si discuto con tu sentimiento, lo tomarás como una enmienda a la totalidad, como si te estuviera atacando de manera personal. Eso es lo que sucede cada vez que la risa intenta entrar en cualquier tipo de dialéctica. Hay una manera muy fácil de negar que la risa se convierta ella misma en una dialéctica, poniendo la ofensa moral (generalmente hacia los desprotegidos, etc.), y da comienzo entonces el circo teatral, en donde todos jugamos a ofensores y ofendidos, de alguna manera.
 
Lo que pervierte el discurso…
 
Andrés Barba, escritor En la teatralidad de la ofensa todo el mundo finge victorianamente haberse escandalizado mucho y, además, genere la teatralidad inversa, en la que el supuesto ofensor tiene que fingir también bastante teatralmente un arrepentimiento absoluto por aquella atrocidad que ha cometido en un momento de dislate mental. Esa especia de estado de la teatralidad permanente provoca una falsificación total del discurso.
 
Pero nuestra cultura que incluye toda una caterva de humoristas, con retranca, oscuros, malsonantes y ofensivos en ocasiones, Baroja, ChumiChuméz, Quevedo...
 
No nos tenemos que equivocar, a los españoles nos pasa que creemos tener más sentido del humor del que en realidad tenemos. Hay que decirlo. Por un lado, tenemos un humor muy oscuro, es cierto, el humor tradicional tiene dos variantes muy claras, el humor costumbrista, un humor muy vivo hoy en día en nuestro país a todos los niveles (los Morancos o Joaquín Reyes, pongo por caso) y, por otro, el humor negro, una marca de la casa muy nacional, el humor de la muerte, del deforme, etc. Pero, curiosamente, también tenemos un extraordinario sentido de la dignidad que se ve muy bien desde el teatro del Siglo de Oro, precisamente por eso está tan envejecido esta dramaturgia, porque se apoya en unos pilares que casi ya no reconocemos, sobre todo en el honor, a diferencia del de Shakespeare, que se sustenta en valores muy actuales, la ambición, la codicia, los celos, etc. El nuestro ha quedado demodé, pero lo que se mantiene vivo es ese sentido de la dignidad. Está en nuestra literatura clásica, y eso genera que nos sintamos ofendidos con tanta facilidad y que sintamos tanta vergüenza colectiva, nos avergüenza hablar en público, vestirnos distintos, todo eso afecta necesariamente al humor. Por un lado, nuestro humor es extraordinariamente salvaje y, por otro, tibio. Tampoco hemos integrado el humor en la dialéctica política, es muy interesante ver cómo ahora los partidos emergentes están incluyendo el humor en el Congreso, eso genera una enorme sensación de que se está dialogando con ideas, curiosamente. El humor es algo para lo que uno tiene que tener la razón muy, muy fría. Cuando aparece el humor es buena señal, estamos pensando mucho más. El lenguaje de lo sentimental es conflictivo, por lo general, porque pensamos mucho menos.
 
Así como las mentiras también nos cuentan porque nos colocan en un lugar determinado, ¿Hay humor inocente?
 
Andrés Barba, escritor No, es imposible un humor absolutamente blanco, inofensivo para todos... el libro parte de la idea de que no, de que la risa es caníbal, necesariamente. Cuando alguien se ríe está comiéndose a otro hombre. Una de las tesis que manejo es la risa vista por Thomas Hobbes en ‘Leviatán’, que dice que cuando un hombre se ríe de otro está triunfando sobre él. ¿Por qué se despiertan todas nuestras alertas cuando alguien se ríe de nosotros? Porque es como si estuviera, de alguna manera, triunfando moralmente sobre nosotros, la risa impone una perspectiva de arriba a abajo, y eso es lo que nos inquieta al instante. Por otro lado, la risa tiene una cualidad muy particular, la de su veracidad. Cuando alguien ríe estamos absolutamente convencidos de que algo cierto ha sucedido. Y a veces algo cierto que ha sucedido, incluso, en contar de quien se ha reído, del reidor, porque en ocasiones la risa pone de manifiesto algo en nosotros que nos gustaría que permaneciera oculto, y eso es muy interesante también, la forma en que nuestra risa nos delata, pone en lo público nuestra verdadera conciencia. 
 
Usted le dedica un capítulo a las tautologías de Bush, pero las de Rajoy no le van a zaga...
 
Es maravilloso, debe tener la medicación mal corregida, porque es maravilloso lo que sucede en ese cerebro, entre él y Trump uno no puede dejar de reírse.
 
Es curiosa esta paradoja de que la risa combate al poder pero, al mismo tiempo, lo legitima.
 
El chiste es un dilema porque niega su propia posibilidad, y la consume, en este sentido es más breve que la actualidad... desaparece, poéticamente... El chiste, el tema de la risa, ha atraído a todos los filósofos desde el origen del pensamiento, pero es interesante que el chiste haya vuelto locos a los racionalistas, Hegel, Kant, Shopenhauer... el chiste, esa especie de artefacto extraño que brota como de la nada y genera un discurso mágico casi instantáneo. Una sociedad produce chistes al instante de un drama. Freud escribió un larguísimo tratado sobre el chiste, analizando cómo el subconsciente se manifiesta en él, sobre todo en temas complejos. El chiste es fascinante... Como tengo estudios de Filología también me atrae esa parte, y cómo el chiste está vivo y se va deformando, incluyendo variantes, tomando matices... Son criaturas autónomas. 
 
Pienso en la anécdota de la humorista Joan Rivers bromeando sobre Hellen Keller. ¿Hay asuntos sobre los que conviene no reírse? ¿Hay gente más legitimada para hacer el humor de ciertas cosas?
 
Andrés Barba, escritor Todas las comunidades minoritarias han sido objeto de burla. El objeto natural de la burla es lo que queda fuera de la norma, todas las minorías (sexuales, políticas, nacionales) son objeto natural de burla por parte de la comunidad, ya que la risa refuerza el espíritu de grupo, de pertenencia de un modo evidente. ¿Qué es lo que han hecho esas minorías en muchas ocasiones para dialogar seriamente con la burla que le viene de la comunidad? Utilizar el insulto como término legitimador en el orgullo. De ahí que términos despectivos en origen, como ‘marica’, ‘negro’, ‘judío’ han sido resignificados por las minorías desde el orgullo. También esto es muy interesante. Decimos que un homosexual está más legitimado para hacer chistes sobre la homosexualidad. ¿Esto es verdad? Es una pregunta estimulante. Desde una perspectiva un poco tonta la respuesta es que sí. Zapata ha hecho un chiste que todo el mundo conocía, de ahí la doble moral del chiste, donde en privado le reconocemos un valor, en la esfera pública nos escandaliza. Lo fascinante es que Irene Villa, el objeto del chiste de Zapata, reivindica la gracia del mismo y, de repente, en el colmo de la locura, la gente insulta a Irene Villa por no ofenderse. Cuando la persona más legitimada para ofenderse no lo hace nosotros nos convertimos en los abanderamos de llama sagrada victoriana para imponer unos términos morales determinados. Da igual quién está legitimado y quién no, porque el puritanismo no legitima a nadie. Ni siquiera los directamente implicados, por eso todo el mundo ahí se quita la careta y se ve que el enemigo de la risa es un enemigo total de la risa, no parcial. Y, seguro, esos enemigos públicos de la risa habrán utilizado ese mismo chiste en su privacidad. 
 
Las bromas (como la del ventrílocuo Alexandre Vattemare a sus estudiantes de medicina mientras diseccionaban cadáveres, haciéndoles pensar que hablaban los muertos), ¿cuándo dejan de serlo?
 
Andrés Barba, escritorSi fuera tan sencillo dilucidar eso no llevaríamos casi tres mil años discutiendo, si los límites entre lo que es razonable y lo que es un atropello fueran tan evidentes, haría tiempo que nos habríamos dejado de pelear. Pero no están claros. Por un lado, Aristóteles decía que, de la misma manera que se impiden ciertos atropellos, habría que impedir cierto tipo de risa, pero, por otro, la naturaleza misma de la risa está en el límite, siempre. La naturaleza vive en el límite, se parece un poco a lo que decía Bataille sobre que el tabú solo existe para ser transgredido y que el propio trasgresor del tabú es el menos interesado en que el tabú deje de existir; eso se ve muy bien en la propia pornografía, que es la menos interesada en ocupar la esfera pública, porque sabe que cuando una imagen llegue a la plaza se desactivaría. Funciona la semiprivacidad, y con la risa ocurre lo mismo, juega con el tabú, juega a la trasgresión del límite constantemente, está en ese lugar. ¿Por qué es tan interesante, desde el punto de vista dialéctico la risa? Porque es la ampliadora del límite. La vocación de la risa es golpearse contra el techo una y otra vez para ampliarlo, para cuestionar la existencia de ese techo, no olvidemos que hay muchos techos dialécticos que se han roto a lo largo de la historia gracias a la inclusión de un pensamiento cínico o de la risa misma. 
 
¿Cuándo es preferible una sonrisa a una carcajada?
 
Es una pregunta con trampa... la sonrisa puede relacionarse con muchos sentimientos, como la ternura, pero la risa es unívoca. Lo que es interesante con respecto de la fisicidad, es que hay algo que ni siquiera la neurociencia ha conseguido explicar: por qué hacemos algo tan bizarro como llenarnos los pulmones de aire para expulsarlo abruptamente. La risa, la carcajada. Fíjate que extraño, es algo muy loco, evidentemente es un proceso mental ante el que reaccionamos con un gesto físico tan aparatoso, tan extemporáneo y tan brutal. Hay pocas cosas con las que reaccionemos con un gesto así. La sonrisa, en cambio, puede manifestar comprensión, simpatía, incluso tristeza, pero la carcajada solo significa una cosa. Qué hay en nuestro cuerpo que nos obliga a reaccionar así... Por eso tenemos tanto miedo tradicionalmente a la risa, porque nos delata, y manifiesta que algo se ha movido en nuestro interior, una sonrisa se puede falsear, una carcajada no. 
 
¿Qué le pediría usted a Momo, dios de la burla?
 
Momo es un personaje que utiliza Luciano, y lo utiliza como el gran organizador... Le pediría que nunca nos faltasen motivos para reírnos a mandíbula batiente.
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